Domingo, 30 de noviembre 2025, 00:32
El romance entre Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg –Ena, como la llamaban familiarmente en la Corte inglesa– se fraguó mucho antes de bodas reales y ceremonias de Estado; se gestó en casi un centenar de postales que la princesa inglesa, nieta de la reina Victoria del Reino Unido, envió al joven monarca español entre junio de 1905 y enero de 1906, cuando se comprometieron, él con 19 años y ella con 17. Este tesoro epistolar verá la luz en la exposición dedicada a la futura reina consorte de España y bisabuela del rey Felipe VI, que Patrimonio Nacional presentará este lunes con más de 300 piezas –entre ellas una selección de media docena de postales–, que se exhibirán en la Galería de las Colecciones Reales.
«En estas tarjetas no solo está la historia de un romance de Estado, sino también la evolución de dos jóvenes que se van conociendo a través de la postal ilustrada, que vivió su edad de oro entre 1900 y 1914», explican las comisarias de la muestra, Arantxa Domingo y Reyes Utrera.
La historia comienza en Londres, en junio de 1905. Alfonso XIII, recién cumplidos los 19 años, realizaba una gira por las cortes europeas en busca de esposa. En una cena de gala ofrecida por Eduardo VII había una candidata preferida, la princesa Patricia de Connaught. Pero no hubo sintonía entre ellos. En cambio, otra joven llamó su atención: Victoria Eugenia, sobrina del rey inglés. El primer comentario que Alfonso XIII dirigió a Ena resulta, visto en perspectiva, casi premonitorio: «¿Colecciona tarjetas postales?». Aquella pregunta fue la tinta que inició un intercambio epistolar que sellaría su destino.
Para los jóvenes Alfonso y Ena, este pequeño cartón ilustrado se convirtió en un espacio privado donde construir una relación alejada de la rígida etiqueta de la corte y un puente perfecto para salvar la distancia geográfica. «Se escribían casi a diario. No había teléfono y la relación necesitaba de una vía constante. La postal era ese hilo, porque no había otra forma de comunicarse», detallan las comisarias.
Todas las postales están escritas en francés, la lengua que ambos dominaban ya que ni él sabía inglés ni ella español… todavía. La selección para la exposición incluye solo seis tarjetas, pero entre las 92 que Ena envió a Alfonso XIII (conservadas en el Archivo General del Palacio Real) hay todo tipo de ilustraciones a blanco negro y coloreadas: desde retratos fotográficos de la princesa, a paisajes típicamente ingleses, regatas en el Támesis, vistas de monumentos de Londres o escenas cotidianas, como ella jugando al golf o en un carruaje junto a su madre, la princesa Beatriz, hermana del rey Eduardo VII.
Pero es en el mensaje manuscrito donde se aprecia cómo entre la primera postal y la última (con apenas siete meses de diferencia) el tono evoluciona de la cortesía distante que exige una dama sin compromiso al afecto contenido y, finalmente, a una intimidad más evidente, aunque no total, «puesto que todavía no se habían comprometido y había que guardar las formas», señala Arantxa Domingo.
«Goodbye darling»
Las primeras misivas empiezan con un respetuoso «Mon cher ami» (mi querido amigo), pero la cautela se suaviza a medida que avanzan los meses. En las últimas tarjetas, antes de sellar el noviazgo, Ena se despide con expresiones como «te echo de menos» o «mil besos» acompañadas de circulitos dibujados a mano que representan besos. Igual de revelador que otra despedida en la que, en esta ocasión en inglés, Ena le dice «goodbye darling» (adiós querido).
Algunas de las postales enviadas por Ena; arriba una ilustración de una escena de caza, a la que la princesa era aficionada; en el medio, una foto de ella en un carruaje junto a su madre, la princesa Beatriz; sobre estas líneas, Osborn House, en la isla de Wight, donde Ena pasaba los veranos.
Virginia Carrasco



El contenido también permite asomarse al coqueteo femenino propio de una chica de 17 años. «Están jugando a descubrirse», comenta Reyes Utrera. En una postal ilustrada con su retrato, Ena le pregunta «¿Me encuentras bonita? Seguro que ya te has olvidado de mi cara. Yo no me he olvidado de tu cara». En otra ocasión, se interesa con ingenuidad por quién se esconde tras las misteriosas XXX, que él había escrito como nombre provisional de su nuevo velero. Alfonso quería llamarlo «Victoria Eugenia», pero no podía hacerlo antes de que el compromiso fuese oficial, así que ocultó el nombre. Ella, entre divertida y contrariada, le insinúa que quiere saber la verdad.
Con una caligrafía clara, de letra redondeada y renglones rectos, Ena narra su vida cotidiana con una naturalidad sorprendente: excursiones de caza, reuniones sociales en el Palacio de Kensington o en Osborn House, su residencia estival en la Isla de Wight, o visitas a museos –la National Gallery o el Louvre–. Y agradece con entusiasmo los pequeños regalos que recibe del rey español, como una caja de caramelos, que –le confiesa– devoraron sus hermanos antes que ella.
Uno de los aspectos más reveladores de la correspondencia es el interés temprano de Victoria Eugenia por aprender español (ya hablaba francés y alemán). «Todo lo que sé lo he aprendido yo solita, por mis libros», le escribe para, mas tarde, mencionar al profesor con el que toma clases, Juan Peña, recomendado por la embajada española.
A comienzos de 1906 Ena remite sus últimas tarjetas al rey. El 25 de enero ambas familias se reúnen y oficializan el compromiso en Biarritz. Las postales dejan paso a cartas de un tono más íntimo. Ya no es un romance ‘clandestino’, sino un matrimonio de Estado hecho público, «pero también un matrimonio por amor» –aseguran las comisarias–, que nació de un pequeño universo de tinta, cartón y emociones.
Reporta un error
