En los inviernos de antaño, cuando el barro era una lengua sagrada y los campanarios marcaban el ritmo de las batallas, dos nombres empezaron a escribirse sobre la tierra húmeda como signos de un alfabeto antiguo: Wout Van Aert y Mathieu Van der Poel.
No eran solo corredores. Eran fuerzas. Eran estaciones del año.
Eran la eterna dialéctica entre el trueno y la luz, como dijimos un día si Wout es Miguel Ángel, el otro, Da Vinci.
Los viejos del ciclismo cuentan que, cuando Van Aert y Van der Poel se presentaban en la misma línea de salida, el aire cambiaba de textura.
Se hacía más denso, más expectante, como si la propia tierra reclamara silencio para escuchar el latido previo al combate.
Algunos decían que el barro sabía diferenciar sus pasos; que reconocía la cadencia paciente y poderosa de Van Aert y la violencia elegante, casi danzante, de Van der Poel.
Porque lo suyo no era un enfrentamiento común: era un rito, un duelo de espíritus destinados a encontrarse una y otra vez, como si la historia del ciclocross necesitara de ambos para avanzar.
Con el paso de los años, sus choques fueron tomando la forma de leyenda.
Cada curva se convirtió en escenario, cada recta en un juicio. Van der Poel, el artista que moldeaba los circuitos como un pintor flamenco en pleno trance creativo.
Van Aert, el guerrero que abría la niebla y reclamaba el horizonte con la determinación de los héroes nórdicos. Ninguno vencía al otro del todo; siempre quedaba una sombra pendiente, un gesto incompleto, una historia por cerrarse.
Por eso, cuando el calendario del nuevo invierno se acerca y el Adviento ciclista empieza a desplegar sus primeras luces en las cocinas, en los talleres y en las ciudades que huelen a frío, el eco de su duelo vuelve a surgir.
No importa cuántas temporadas hayan pasado ni cuántas copas del mundo se hayan escrito en medio: la memoria colectiva del ciclismo sabe que hay combates destinados a repetirse, como las constelaciones que regresan cada noche de diciembre.
Y así, en este inicio de Adviento, cuando cada amanecer lleva un número impreso y cada día se abre como una pequeña ventana hacia el invierno, el recuerdo de aquellas batallas vuelve a encenderse.
No para hablar del pasado, sino para anunciar lo que vendrá. Porque los duelos que sobreviven al tiempo no son los que se ganan o se pierden, sino los que marcan una era.
Y en la historia del barro, del viento y de los días cortos, esa era sigue teniendo dos nombres: Van Aert y Van der Poel.

