El Giro 2026 nace mirando al mar Negro y terminará frente al Coliseo, pero su verdadera alma se cuece lejos de los focos del Grande Partenza.
Pese a sus siete finales en alto y los 49.000 metros de desnivel, el recorrido tiene dos momentos que pueden decidir la carrera: la larguísima contrarreloj de Viareggio a Massa,
40 kilómetros que sacarán las costuras a más de uno, y la jornada de Alleghe, la etapa reina sin discusión, donde el Giro de Italia vuelve a esa tradición tan suya de destruir las jerarquías a golpes de montaña.
Porque sí: el Giro 2026 se ha vendido como edición para escaladores.
De Blockhaus a Pila, de Corno alle Scale a Piancavallo, la carrera acumula paredes, muri, subidas infinitas y altitudes que rozan lo improbable.
Pero ahí, en pleno ecuador de carrera, aparece una rareza para los tiempos modernos: una contrarreloj plana, larga y sin misterio, un homenaje a una época en la que los grandes jefes del Giro debían defenderse sin excusas ante el reloj.
Esa crono de 40,2 km paralela al Tirreno será un punto crítico para cualquier escalador puro que venga a por la maglia rosa.
No es terreno para esconderse: viento, rectas interminables y un ritmo de 50 km/h que obliga a los aspirantes a la general a exprimirse al límite.
Aquí Evenepoel, Roglič o Vingegaard podrían hacer caja, mientras Yates, Del Toro o Pellizzari tendrán que minimizar pérdidas.
Es el tipo de crono que destapa grandezas y debilidades, una etapa donde las diferencias pueden acercarse al minuto y donde el Giro puede tomar una primera forma reconocible antes del vendaval alpino.
Pero si la crono afila jerarquías, la montaña las dinamita.
Y ahí entra Alleghe, la etapa 19, 152 km que encadenan cinco colosos: Duran, Staulanza, el mítico Giau como Cima Coppi, Falzarego y finalmente Piani di Pezzè.
Más de 5.000 metros de desnivel en un día rabiosamente giroesco, de esos en los que el líder puede ganar la carrera… o perderla para siempre.
La subida final no es la más larga, pero en un día así no hace falta que lo sea. El Giro conoce perfectamente este terreno emocional: fue aquí donde un joven Pantani enseñó los dientes en 1992.
Alleghe no se gana por fuerza, sino por acumulación.
Es la típica etapa en la que veríamos a un equipo partir la carrera a 80 km de meta, donde los capos suben aislados y donde el Giau —un juez implacable, siempre duro, siempre cruel— puede abrir huecos que ningún coche neutro sueña con cerrar.
Entre la crono que ordena y Alleghe que sentencia, el Giro 2026 perfila un relato clásico: los escaladores deberán sobrevivir al reloj, y los rodadores sobrevivir a las montañas.
La batalla final quedará para Piancavallo, pero será Alleghe quien marque quién llega vivo, quién llega roto y quién ya no llega.
Un recorrido moderno que huele a Giro antiguo: imprevisible, largo, traicionero. De los que hacen historia.

