El oro olímpico puede ser el gran pero de Pogačar
La pregunta parece sencilla, pero en realidad esconde un pequeño universo.
En la escala Pogačar, ese catálogo imposible donde casi todos los grandes sueños de un ciclista ya llevan su marca, todavía quedan algunas asignaturas pendientes.
Pocas, pero muy reveladoras sobre el punto exacto donde se encuentra este corredor único, capaz de hacer compatibles potencia, carisma, ambición y un amor por competir que roza lo irracional.
La primera casilla, la más cercana, casi al alcance de la mano, es la Vuelta a España.
La grande que le vio debutar, tercero en aquella edición en la que ganó tres etapas y nos dejó boquiabiertos, anticipando todo lo que vendría después.
Da la sensación de que la Vuelta caerá cuando él quiera: es el tipo de carrera que encaja con su hambre constante, su capacidad para ganar en cualquier terreno y su gusto por correr sin calculadora.
Un escalón más arriba aparece París-Roubaix, obsesión reciente, declaración de intenciones.
Sobre el papel es el monumento menos “Pogačar” de todos: el territorio más crudo, más incierto, más de gladiadores que de genios.
Pero ya nadie duda de que puede ganarla.
La gran incógnita no está en él, sino en Mathieu van der Poel, el único capaz de ponerle freno en un escenario donde su superioridad física se combina con un dominio técnico casi perfecto.
Si el neerlandés no está o no tiene el día, Roubaix puede estar más cerca de lo que parece.
Después viene Milán-San Remo, un caso aparte.
Allí la dureza no llega por los puertos, sino por la imposibilidad de seleccionar realmente la carrera.
Es un monumento que desespera a quienes quieren decidir en la carretera, no en el último kilómetro.
Y, de nuevo, aparece el fantasma de Van der Poel, que en este terreno es un muro casi infranqueable.
Y luego está el Everest: los Juegos Olímpicos.
Pogačar fue tercero en Tokio, estuvo ausente en París por despecho —la no convocatoria de su pareja en el equipo femenino dejó cicatriz— y quizá algún día se arrepienta.
Era un recorrido que le podía ir como un guante, una jornada en la que podía haber discutido el oro a Evenepoel.
Pero el amor mandó más que el calendario.
Sea como sea, Tadej no vive obsesionado con completar el álbum.
Pero todos sabemos que lograrlo le pone, y mucho.
Porque él es así: competitivo, imprevisible y capaz de hacer posible lo que antes parecía mito. Cada casilla caerá cuando él decida. Tiempo al tiempo.

