El año de Mathieu van der Poel redunda en lo ya logrado para ser leyenda en lo suyo

Hubo un instante, en la campa helada de Liévin, viendo a Wout van Aert perseguir con el muslo abierto, en el penúltimo giro del Mundial, en que sentimos un déjà vu perfecto: el celeste, una vez más, intentando domar al ciclón llamado Mathieu van der Poel.

Allí, en ese barro congelado, el neerlandés conquistaba su séptimo arcoíris, igualando a Erik De Vlaeminck y, al mismo tiempo, superándolo en la profundidad del legado.

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No solo acumula títulos: ha llevado el ciclocross, y con él todo el ciclismo, a otra dimensión.

Y mientras volvíamos a respirar tras aquel dominio helado, ya mirábamos hacia la primavera, porque este año Van der Poel ha gobernado como muy pocos lo han hecho en vida.

San Remo, la más loca en décadas, cayó por pura superioridad: aguantó cada embestida de Pogacar y remató con una precisión quirúrgica en el Poggio.

Días después, en Harelbeke, volvió a repetir aquella vieja liturgia flamenca: ataque largo, demoledor, casi insultante, más de 40 kilómetros solo ante Flandes, rodando más fuerte que Ganna, como si la carretera se plegara a su voluntad.

En Roubaix firmó su tercera consecutiva, como Moser medio siglo atrás.

Donde Pogacar se estrelló en una curva, Van der Poel voló.

No por azar, sino por ese conocimiento casi místico de cada piedra, cada surco, cada cambio de viento del Infierno del Norte.

Y aun así, la grandeza también sabe torcer. En el Tour de Francia, tras su mejor edición, después de fugas interminables, maillots de líder y una victoria de etapa, una neumonía lo apartó del sueño justo después del Ventoux.

Se marchó con fiebre, pero dejó luz: la certeza de que, incluso enfermo, había firmado su Tour más completo.

Porque esta es la verdad de nuestro tiempo: Pogacar reina en los puertos, Evenepoel gobierna el crono, pero cuando la carretera se hace ancha, explosiva, peligrosa, Van der Poel impone su ley.

Él marca el límite del ciclismo moderno. Él es la bisagra entre eras.

Todo esto —barro, adoquines, monumentos, fiebres, prodigios— ha tejido la mejor primavera ciclista de nuestras vidas.

Y lo más inquietante es que el neerlandés parece no haber tocado techo.

Imagen: A.S.O./Pauline Ballet