Detrás de esta obra está Josep María Jujol, un arquitecto brillante al que la historia tardó demasiado en hacer justicia. Se le recuerda como colaborador de Gaudí, y es cierto, dejó su huella en el Parc Güell, en La Pedrera, en la Casa Batlló. Pero Jujol no vivía a la sombra de nadie. Tenía un lenguaje propio, más desnudo, más espiritual, más impulsivo. El santuario de Montferri es un ejemplo precioso de esa libertad creativa, un edificio que no quiere imitar a Gaudí, pero que sí respira esa energía modernista que transforma la arquitectura en un gesto poético.