Las de Nazaret y La Punta, en la Valencia junto al mar que, camino al sur, se pierde entre el puerto, fueron las batallas que de manera más sonora perdió la ciudad en su expansión marítima. Si la relación entre la ciudad y la autoridad portuaria fuera una confrontación -y muchas veces así lo parece- en Nazaret y en La Punta quedó claro que el puerto hacía sucumbir a la ciudad.

Primero Nazaret, el viejo pueblo marinero con playa que, de repente, se quedó sin playa. La tenía hasta 1985, pero las promesas del desarrollismo más rampante convencieron a la realpolitik de que este enclave en el que veraneaba la urbe era un obstáculo en el camino hacia el progreso. Fue la confirmación de un estrangulamiento. Nazaret, como resultado, denotó desde entonces la idea de zona marginal.

La batalla de La Punta vino después, aunque es la misma. Una zona de huerta repleta de alquerías y construcciones agrícolas que, mala suerte, estaba en el lugar inadecuado en el peor momento. Hasta 716.000 metros cuadrados de especial protección agrícola fueron reclasificados como suelo urbanizable al acabar el siglo XX. En 2002, casas y alquerías fueron engullidas por los bulldozers. La Zona de Actividad Logística (ZAL), de nuevo imprescindible para el crecimiento del puerto, lo justificaba. Para hacer tortilla hay que romper huevos. En 2015, el Tribunal Supremo confirmó la nulidad del plan. La Autoridad Portuaria vino a decir que las parcelas ya estaban urbanizadas. Ya era tarde para todo. La Punta y Nazaret ya habían sido despojadas de toda su identidad. Las perdedoras del avance.

Varias décadas después de ambos desenlaces ha ocurrido algo imprevisto. Nazaret y La Punta han visto cómo en sus dominios se levantaban algunos de los ejemplos de mejor arquitectura aplicada al hogar en los últimos años. Como si se cumpliera la profecía de la investigadora Josepa Cuco, quien dijo a propósito de Nazaret: «Un barrio marginado no es un barrio marginal».

Vista del interior de la casa de ‘La casa del filósofo’, en el barrio valenciano de Nazaret. (Mariela Apolonio)

¿Qué significa que en entornos completamente olvidados por la ciudad hayan visto la luz La casa del filósofo (del estudio Jose Costa) y La casa de La Punta (de Viraje Arquitectura)?, ¿es que la ciudad vuelve a abrazarlos? Más bien es un reflejo de la dificultad para abordar proyectos originales en el resto de urbe, así como el sólido aumento de costes en los demás distritos. Es justo este olvido el que ha permitido que sea en estos enclaves donde surja cierto esplendor.

La Casa del Filósofo, en Nazaret, nace precisamente de la exploración de una buena oportunidad. Como reconocen sus arquitectos, el propietario la compró sin tan siquiera saber cómo estaba por dentro, bajo la pulsión de encontrar una joya oculta. A partir de ese momento el estudio tuvo que reconstruir la vivienda como si se tratara de rehacer un lugar echado a perder, en sencilla metáfora con la situación del barrio.

Vista del interior de ‘La casa de La Punta’, en el barrio valenciano de La Punta. (David Zarzoso)

Pudieron basarse en el esqueleto, acompañado de vigas de madera y hormigón armado, para sostener todo su proyecto. Y dar lustre a unas condiciones que, en otros barrios más céntricos o visualizados, hubiera sido realmente imposible. Un patio, una terraza o una biblioteca forman parte de los equipamientos de un lugar excepcional en el que la memoria de la vieja casa permanece. Las capas de pinturas preexistentes visualizan esas cicatrices con las que recordar todas las heridas de la batalla.

El nombre viene dado por la profesión de su propietario, un filósofo profesor en la Universitat de València que encontró algo así como una utopía en el lugar menos previsible de todos.

A poca distancia, La casa de La Punta recoge lo que fue y pudo haber sido: la vida populosa en torno a un núcleo de población agrícola, pegado a la urbe. Tan y tan pegado que alargando la mirada se ve a lo lejos la Ciudad de las Artes y las Ciencias. En esta casa antes había un bar. Era el espacio de socialización del pueblo. Caída La Punta y Nazaret, caídos sus bares.

Foto: valencia-nazaret-parque-desembocadura

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La casa -obra de Viraje- decidió, en lugar de borrar su viejo uso, reconstruirse a partir de él. Al punto de tener un regusto a una casa en un bar. «Un conocido nos contó que en el patio, donde antes se elaboraban las paellas, llegabas con lo que habías pescado tú mismo y allí mismo te lo cocinaban», cuentan sus propietarios.

En la planta baja, sobre la que se tendía el bar, han integrado en un continuo la cocina, el salón, el comedor, el estudio y la terraza. Buscan que su hogar sea un «legado al barrio: un estilo de casa como las que tuvieron antaño junto a la playa. Con la ampliación del puerto dejó de tener esa salida al mar, pero se sigue respirando esencia marítima».

Las de Nazaret y La Punta, en la Valencia junto al mar que, camino al sur, se pierde entre el puerto, fueron las batallas que de manera más sonora perdió la ciudad en su expansión marítima. Si la relación entre la ciudad y la autoridad portuaria fuera una confrontación -y muchas veces así lo parece- en Nazaret y en La Punta quedó claro que el puerto hacía sucumbir a la ciudad.