Pisos pequeños: la casa milanesa de 70 m2 de Mariuccia Casadio

Si uno se fija bien, es fácil reconocer dos tipos de personas entre los visitantes de un museo: aquellas que viven del arte (soñadoras, con el rostro pegado al lienzo) y aquellas que viven en el arte (sabias, teatrales e, incluso a veces, demasiado seguras de sí mismas). Pero son muy pocos los que han tenido ocasión de posar sus ojos sobre una tercera categoría: aquellas que, por razones todavía objeto de estudio, nacen destinadas al arte. No existen señuelos que las atraigan, ni tampoco lentes lo bastante gruesas como para delinear sus contornos. Son una especie de rara avis. Se distinguen de las otras por anidar en lugares imprevisibles, a menudo remotos y excepcionales, por no mencionar el cuidado minucioso con el que componen su refugio. La periodista y coleccionista Mariuccia Casadio es, indudablemente, una de ellas.

Mariuccia Casadio en su casa de Miln

Mariuccia Casadio ante obras de Osama Al Rayyan, Jonathan Penca, Sue Williams y Takashi Murakami. En el sillón, una pieza de Penny Goring.

© LEONEUn refugio de memorias y liebres

Autora en las cabeceras más respetadas, su carrera ha orbitado entre Interview y Vogue Italia –para esta última ha trabajado como consultora de arte durante años–, y su vida ha transcurrido entre Bolonia, Nueva York y Milán. Casadio no ha descansado nunca sus alas; siempre regresando con plumas jaspeadas, botones, abalorios y tamagotchis que encajar entre las ramas de su madriguera: un apartamento de 70 metros cuadrados en el centro histórico de la capital lombarda que dista mucho de ser uno de esos pisos pequeños urbanos y convencionales. “La llamo ‘mi tronco hueco’ porque me protege; es un escondite secreto y acogedor, hecho a mi medida”, explica.

Estancia verde con sof de terciopelo

En la pared de la izquierda, obras de Riccardo Paratore, Gianfilippo Usellini, Judith Hopf y Daniele Milvio. En la puerta, otra de Allison Katz. A la derecha, cuadro de Jannis Kounellis y, debajo, uno de Jim Dine. En el techo, Gioiello per lampadina (joya para bombilla), de Cinzia Ruggeri.

© LEONEEstancia con papelera con emoji

Detalle de la sala, con una obra del artista Jim Dine en la pared.

© LEONEPared llena de cuadros

En la pared del comedor, una selección de dibujos y una obra de Francesco Vezzoli.

© LEONESalón con sof verde de terciopelo

En el salón, una lámpara de mesa art nouveau; sobre el sofá, tapiz Divine Astrazioni, de Alighiero Boett

© LEONERenacer tras el incendio

Más que una vivienda, este es un cruce de caminos que desde 1987 no ha dejado de acoger artistas, obras y objetos de todas partes, camuflados entre nubes de humo de tabaco y avalanchas de libros. Cada elemento habla de ella, como un testimonio revelador de su condición de eterna compañera de viaje de algunos de los más grandes genios del siglo XX. De Sol LeWitt, Jean-Michel Basquiat, Alighiero Boetti o Luigi Ontani, hasta los más contemporáneos como Sylvie Fleury y Francesco Vezzoli. Imposible nombrarlos a todos. Estas paredes son la prueba de cómo una morada puede ser la fiel imagen de una vida que es un palimpsesto de combustión y regeneración, de recogimiento y síntesis, de abstracción y figurativismo. Un refugio de escritos preciosos y diseño experimental que Casadio ha modelado al milímetro después de que un incendio, hace años, destruyera su aspecto original. Aún chamuscado aparece el marco de la puerta que separa el comedor del salón, vigilado día y noche por la lámpara Gioiello per lampadina, de Cinzia Ruggeri, y por Wrong Rabbit, una escultura acolchada de Penny Goring.