«Cuando el problema es el mismo para todos y todos comparten la misma preocupación por resolverlo, las diferencias y las sospechas desaparecen«. Palabras de Jean Monnet que nos recordaba el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, en su cuenta de X el pasado jueves, antes de empezar una de las reuniones de líderes europeos más complicadas en los últimos tiempos. 

Unas palabras necesarias ante los ríos de tinta que han corrido estos días sobre perdedores y ganadores de la última reunión del EUCO así como de la incapacidad de la Unión Europea para ser una potencia mundial. Creo que tenemos que elevar la mirada y superar la estrategia del clic que buscan los que hablan de ganadores y perdedores así como analizar justamente los pasos que va dando la UE desde que todo saltó por los aires cuando empezó la invasión rusa de Ucrania y aún la OMS no había decidido que la COVID-19 ya no constituía una emergencia de salud pública de importancia internacional. Lo hizo el 5 de mayo de 2023.

«Tenemos que elevar la mirada y superar la estrategia del clic que buscan los que hablan de ganadores y perdedores así como analizar justamente los pasos que va dando la UE desde que todo saltó por los aires cuando empezó la invasión rusa de Ucrania»

Me quedo con una frase de la presidenta del BEI, Nadia Calviño, a la que entrevisté el pasado viernes: «El presidente del Gobierno habló de la necesidad de un Plan Marshall, que se concretó en los fondos Next Generation. La clave fue contar con Ursula von der Leyen y Olaf Scholz, que por entonces era el ministro de finanzas alemán, lo que permitió una respuesta socialdemócrata a la pandemia». Las cantidades del apoyo económico que recibimos los países más afectados por la pandemia son tan grandes que no nos podemos imaginar lo que suponen pero sí podemos afirmar hoy que nuestras economías no funcionarían como lo hacen si no hubiera sido por este apoyo
Y es necesario recordar, cuando nos da por la vena autocrítica, lo que nos dice el Kiel Institute y que pocas veces se recuerda en el debate público europeo: la UE y sus estados miembros han igualado o superado el total de ayuda estadounidense a Ucrania en varios agregados, especialmente cuando se suman diferentes tipos de asistencia: militar, financiera y humanitaria.
¿Cómo no va a ser difícil para los líderes europeos gestionar que en menos de 4 años, una pandemia y una guerra han puesto patas arriba la Europa y el mundo que conocemos? 
Durante décadas, la Unión Europea ha avanzado gracias a una combinación singular de pragmatismo, inercia institucional y una confianza casi tácita en que el proceso de integración, por sí mismo, produciría estabilidad y prosperidad. No era un proyecto exento de conflictos, pero sí uno marcado por un consenso pasivo: los Estados miembros aceptaban decisiones sin un debate político intenso, confiando en que el engranaje europeo —reglas, tratados, procedimientos— seguiría funcionando. Hoy, ese modelo se ha agotado. Europa está entrando en una fase política.

«El consenso pasivo no fue una anomalía, sino una solución funcional para un tiempo concreto. Durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI»

El consenso pasivo no fue una anomalía, sino una solución funcional para un tiempo concreto. Durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI, los asuntos que dominaban la agenda europea eran en su mayoría técnicos: armonización de mercados, regulación, ampliaciones graduales, fondos estructurales. Exceptuando hitos como la creación del euro, pocas decisiones tenían un carácter existencial o geopolítico inmediato. En ese contexto, era razonable que muchos países aceptaran lo que proponían los grandes Estados fundadores, en particular Francia y Alemania, cuyo liderazgo actuaba como estabilizador del sistema.
Ese liderazgo franco-alemán operaba menos como imposición que como referencia. Cuando París y Berlín coincidían, el resto tendía a alinearse, no por sumisión, sino por cálculo: el coste de discrepar solía ser mayor que el de acompañar. El resultado ha sido una Europa eficaz para gestionar la integración económica, pero relativamente despolitizada, donde el conflicto se amortiguaba y la deliberación estratégica profunda se posponía.
El problema es que ese modelo funcionaba mientras el mundo también lo hacía. La globalización, el paraguas de seguridad estadounidense, la estabilidad relativa del orden internacional y el crecimiento económico sostenido permitían a Europa avanzar sin preguntarse demasiado por el poder, la seguridad o la autonomía estratégica. El consenso pasivo era posible porque los riesgos parecían lejanos y los beneficios, evidentes.
Ese equilibrio se rompió en varias fases. La crisis financiera primero, la pandemia después y, finalmente, la guerra en Ucrania marcaron el final de la Europa automática. De repente, las decisiones ya no eran técnicas ni de segundo orden: implicaban mutualizar deuda, financiar cierres masivos de la economía, apoyar a un país en guerra, replantear la defensa y la seguridad energética. 
Ya no basta con seguir a los grandes. Además, en el caso alemán hemos visto decisiones tomadas con una visión cortoplacista —como la dependencia del gas ruso— que no siempre han sido las más acertadas. Y, pese a que esas decisiones nos afectaban a todos, el resto de Estados miembros apenas alzó la voz. 
Hoy se impone decidir políticamente y asumir responsabilidad colectiva. Y eso podemos verlo como un problema, como una incapacidad de la UE, o como una forma de dirimir los intereses nacionales y convertirlos en voluntad común. 

«A diferencia de lo que sucede en los sistemas autocráticos, los líderes europeos necesitan justificar cada paso ante múltiples audiencias: parlamentos, mercados y ciudadanos»

Aquí emerge una de las paradojas más criticadas —y peor entendidas— de la Unión Europea: su lentitud. Frente a líderes fuertes que se han puesto de moda y que presumen de decisiones rápidas y espectaculares, la UE parece dubitativa, atrapada en procesos interminables. Sin embargo, esa lentitud no es simple burocracia; es el reflejo de un sistema diseñado para construir consenso activo, no aceptación pasiva. Las decisiones europeas tardan porque requieren alinear intereses nacionales, legitimar el reparto de costes y beneficios y generar confianza entre instituciones y Estados.
Y esa confianza es el verdadero capital político de Europa. Las decisiones lentas suelen ser, precisamente por eso, más sólidas a medio plazo. El programa Next Generation, impensable pocos años antes, no habría sido posible sin semanas de negociación y fricciones abiertas. Lo mismo puede decirse del uso de deuda común para financiar prioridades estratégicas o del apoyo sostenido a Ucrania. Europa tarda, pero cuando decide, lo hace de forma creíble y duradera.
La autocrítica permanente debe evolucionar hacía la interpretación permanente de las claves del funcionamiento de la UE. Europa se cuestiona a sí misma incluso cuando actúa con éxito; revisa procedimientos, duda públicamente, expone sus desacuerdos. Se trata, en realidad, de una emergente naturaleza política de las decisiones de la UE. A diferencia de lo que sucede en los sistemas autocráticos, los líderes europeos necesitan justificar cada paso ante múltiples audiencias: parlamentos, mercados y ciudadanos. Y, por cierto, si no lo hacen, y aunque parezca contradictorio, seguirán creciendo los extremos. El consenso pasivo, en realidad, puede haber sido percibido por una parte de la sociedad como la inexistencia de diferencias que sabemos que puede llevarnos al «todos son iguales»
Este rasgo explica también por qué el consenso pasivo ya no es suficiente. Cuando las decisiones afectan a la soberanía fiscal, a la seguridad o al modelo social, la aceptación automática se vuelve políticamente insostenible. Los Estados pequeños y medianos ya no se conforman con seguir; exigen participar. Y los grandes ya no pueden liderar sin persuadir. El resultado es una Europa más ruidosa, más conflictiva y, paradójicamente, más política.
El tránsito no está exento de riesgos. Una Europa politizada es también una Europa más expuesta a bloqueos, vetos y tensiones internas. Pero la alternativa —volver a la inercia del consenso pasivo— ya no existe. El mundo exterior es demasiado volátil, y las decisiones demasiado importantes, como para esconderse.

«La Europa política es necesaria tanto para que Merz deba aceptar el endeudamiento colectivo europeo para financiar a Ucrania como para que la Comisión Europea tire del artículo 122 del tratado para inmovilizar los activos rusos sin el apoyo de Hungría»

En este sentido, la lentitud europea es una forma de prudencia estratégica. Vuelvo a mi conversación con Nadia Calviño. Frente a los bandazos que generan incertidumbre, la UE apuesta por procesos que, aunque algunas veces son exasperantes, tejen relaciones de confianza entre personas e instituciones. Esa confianza explica por qué, una vez adoptadas, las decisiones europeas tienden a resistir el paso del tiempo mejor que muchas políticas adoptadas con rapidez.
Todo está en cuestión y eso nos obliga a deliberar. Ya no podemos dar por garantizados los mercados abiertos, la alianza militar transatlántica, el Estado de bienestar o incluso la estabilidad democrática. El consenso pasivo fue útil cuando la historia parecía lineal. La Europa política es necesaria ahora que la historia ha vuelto y es necesaria tanto para que Merz deba aceptar el endeudamiento colectivo europeo para financiar a Ucrania como para que la Comisión Europea tire del artículo 122 del tratado para inmovilizar los activos rusos sin el apoyo de Hungría y por razones de emergencia y extraordinaria necesidad. También para que puedan existir, como ha planteado el diplomático Pablo García-Berdoy, algo parecido a unos «reales decretos europeos» que permitieran aprobar legislación provisionalmente, con ratificación posterior. 
La Unión Europea está aprendiendo, a veces torpemente, a ejercer poder. No con gestos grandilocuentes, sino con decisiones lo más colectivas posible, lentas y discutidas hasta el agotamiento. En un mundo impaciente, esa puede ser su mayor ventaja.
Bonus: Una Europa política que quiera dejar atrás el consenso pasivo también tiene que aceptar que los italianos puedan opinar sobre las decisiones de los líderes alemanes, que una cabecera americana de capital alemán intervenga en el debate público europeo y sobre todo necesita que España sea parte activa de esta nueva Europa política. Aquí nuestros partidos y los medios tienen una alta responsabilidad.