El nuevo reality viral de YouTube que causa sensación entre jóvenes, La casa de los gemelos, de los hermanos Daniel y Carlos Ramos, famosos en las redes por hacer tertulias de frikis, consiste en encerrar en una casa, con visionado a tiempo real, a los personajes más abyectos, contrahechos y estólidos de los bajos fondos de internet, siempre al borde de un ataque de nervios. Son sujetos cuyo único mérito sería no pasar ningún psicotécnico y que asumen libremente el requisito de no esforzarse por filtrar, a cambio del dinero que proporcione una buena audiencia. Incluye una concursante con síndrome de Silver-Russell con aspecto de niña putita. Todo mal. Lo mismo les da por morrearse con una lámpara de techo que engullir espaguetis de la cazuela a manos llenas, hacer un trío bajo un edredón, enzarzarse a embestidas de lorzas, estirones de pelos y escupitajos, cuando no, arremetidas a pedos y eructos, insultos y burlas repetitivas con voz engolada cual Regan MacNeil, con el papel triunfante de la loca del coño como arquetipo ganador. Y así es como la primera edición de La casa de los gemelos murió de éxito, con millones de seguidores y nueve horas de emisión a través de las plataformas Kick y YouTube, tras haber traspasado todos los límites posibles del decoro, la decencia y la higiene. A la semana, empezó la segunda edición.

La casa de los gemelos es un ejemplo de trash stream o, lo que es lo mismo, transmisión basura, pero no es un caso aislado. Simón Pérez, el analista de la bolsa de valores que cayó en desgracia por sus adicciones, pasó a dedicarse a este formato en solitario, para conseguir donaciones en riguroso directo a cambio de afeitarse las cejas, beber su propia orina o tirar la impresora por el balcón, mientras los hermanos Ramos lo invitaban a sus tertulias para captar audiencia. Pero es que el pasado agosto, conmocionó a Francia el caso del streamer Jean Pormanove, que murió en un directo en la plataforma australiana Kick tras casi 12 días de emisión continua en los que otros streamers con los que convivía lo sometieron a humillaciones y agresiones sorpresivas. Estos casos han tenido su reflejo en la ficción, lo cual nos puede dar una pista de su generalización. En Gente común, el primer episodio de la séptima temporada de Black Mirror, una mujer llamada Amanda sobrevive a un tumor cerebral gracias a un implante conectado a servidores en la nube, pero su conciencia queda atada a un modelo de suscripción que acaba incorporando publicidad. Su esposo Mike, desesperado por mantenerla “activa” en modo premium, recurre a sesiones de autohumillación monetizadas que terminan por llevarle a un punto de no retorno.

Pero si nos preguntamos por qué la gente es capaz de ver semejantes bajezas, deberíamos tener en cuenta que el paroxismo y atracción por lo sórdido no es nada nuevo. Baste pensar en El jardín de las delicias y cómo nos convertimos en observadores de intimidades. Miramos lo deforme y lo excesivo para sentir una distancia segura y confirmación de nuestros límites. Frente a lo inhóspito freudiano, entendido como lo familiar que revela un secreto interno reprimido por el decoro, lo grotesco es la irrupción exterior de algo extraño que descoloca nuestras categorías al imponer como verosímil una deformación que no creíamos posible. Umberto Eco recuerda que la sátira medieval que hay en los Cuentos de Canterbury o en la pintura de Brueghel el viejo dejaba ver una burla a una vida miserable de aquellos que por su pobreza vivían en familia de forma promiscua, dormían juntos en la misma estancia y hacían sus necesidades en el campo sin conciencia de intimidad. Sin embargo, lo grotesco ha servido también en ocasiones para la crítica social. En Gargantúa y Pantagruel de Rabelais, no hay solo deformidad, sino gloria carnavalesca que ridiculiza a teólogos y rectores, incluso mediante escarnio escatológico de la fuerza productiva de sus propias ventosidades. Paradójicamente, un autor como el Marqués de Sade invertiría ese repertorio, reservando lo más repugnante para retratar a los poderosos, mientras la figura del salvaje o del menesteroso quedaba relativamente exculpada. Paralelamente, la locura dejaba de ser mera comparsa de fiesta para adquirir valor crítico. Así, en La nave de los necios de Brant, la estulticia organizaba todo un catálogo de vicios, mientras que en Erasmo se convertía en voz satírica y azote de costumbres e instituciones.

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Pero lejos de toda intención crítica, lo que se da en La casa de los gemelos responde a la competencia salvaje en el mercado de la atención. Se trata de una vuelta más a programas televisivos como La isla de las tentaciones y Hotel Glam, con un giro “aguántame el cubata” hacia la película Freaks, La parada de los monstruos de Tod Browning, en cuyo rodaje su director pretendía ya mostrar la manera de vivir de gente anormal, mediante escenas cotidianas con sus miserias humanas y lejos de victimismos, aunque más tarde se volvería de culto como crítica de la “normalidad”. Lo importante ahora en las redes es que pase algo de vez en cuando, que empaticemos con algún personaje y se nos dosifique un chute de serotonina y permanezcamos expectantes para no perdernos el siguiente. Así, el streaming combina largos momentos de inactividad doméstica, que dan a la conexión un aura de autenticidad, con momentos de explosión desatada y con la estetización de la bajeza; donde lo tosco, lo excesivo y lo descontrolado se presenta como más real que lo guionizado, pese a que a nadie se le escapa que se trata de pseudoeventos incitados y provocados.

Foto: Matías Prats. (Atresmedia)

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Pero la economía de la atención no lo explicaría todo. A la participación monetizada hay que sumarle el componente de interacción directa de la audiencia que, a cambio de donaciones o tiempo de visionado, ve cómo sus demandas en chat definen el desarrollo del show y afectan al protagonista a tiempo real, poniéndolo a prueba y dando rienda suelta a lo más turbio de su interior. Esta suerte de complicidad convierte la participación en un sadismo blando que despliega relaciones de dominación y sometimiento, que van más allá del lustre que proporciona la renuncia voluntaria de la privacidad por parte de los concursantes, puesto que provoca daños psicológicos como ansiedad y deterioro emocional, cuando no físico. Nada que no se debata ya en asuntos como el consentimiento y la culpa en el BDSM o la prostitución. Pero en el caso del streaming basura, la interacción convierte al que se cree un simple mirón anónimo en un colaborador necesario, con el límite difuso y difícil de delimitar dentro de un formato de juego adictivo. La facilidad con la que es posible conectar y en teoría desconectar de la plataforma, transforma la bajada a los infiernos en la posibilidad de un instante aparentemente inocuo, con la suficiente distancia y anonimato como para sentirnos a salvo de que nada nos salpique y nos manche, al modo en que Mijail Bajtín entendía el carnaval, como una excepción de la vida antes de volver al orden del día a día.

Quizá deberíamos plantearnos que el hecho de que la gente experimente que su capacidad de participación es efectiva en estos formatos, supone un problema que revela que nuestra participación real en la política deja mucho que desear.

El nuevo reality viral de YouTube que causa sensación entre jóvenes, La casa de los gemelos, de los hermanos Daniel y Carlos Ramos, famosos en las redes por hacer tertulias de frikis, consiste en encerrar en una casa, con visionado a tiempo real, a los personajes más abyectos, contrahechos y estólidos de los bajos fondos de internet, siempre al borde de un ataque de nervios. Son sujetos cuyo único mérito sería no pasar ningún psicotécnico y que asumen libremente el requisito de no esforzarse por filtrar, a cambio del dinero que proporcione una buena audiencia. Incluye una concursante con síndrome de Silver-Russell con aspecto de niña putita. Todo mal. Lo mismo les da por morrearse con una lámpara de techo que engullir espaguetis de la cazuela a manos llenas, hacer un trío bajo un edredón, enzarzarse a embestidas de lorzas, estirones de pelos y escupitajos, cuando no, arremetidas a pedos y eructos, insultos y burlas repetitivas con voz engolada cual Regan MacNeil, con el papel triunfante de la loca del coño como arquetipo ganador. Y así es como la primera edición de La casa de los gemelos murió de éxito, con millones de seguidores y nueve horas de emisión a través de las plataformas Kick y YouTube, tras haber traspasado todos los límites posibles del decoro, la decencia y la higiene. A la semana, empezó la segunda edición.