Cada año, más de un millón de estudiantes universitarios europeos aprovechan el programa de intercambio Erasmus para ir a estudiar a otro país. Creado en 1987, su objetivo ha sido desde el principio promover la movilidad de estudiantes y personal universitario y la cooperación entre instituciones de distintos países como medios para fortalecer la excelencia educativa y la identidad europea.
Uno de los objetivos específicos del programa es promover el aprendizaje de las lenguas y aumentar la conciencia de la diversidad lingüística en Europa. Sin embargo, y aunque la mayor parte de la movilidad académica en Europa tiene lugar entre países de habla no inglesa –Italia es, por ejemplo, el destino preferido de los universitarios españoles–, casi todos los estudiantes extranjeros progresan únicamente con el inglés tras hacer un intercambio.
Las lenguas europeas y la lengua franca europea
¿Qué ocurre con la lengua del país visitado? En un estudio reciente hemos observado que la gran mayoría afronta esta experiencia con ganas de mejorar el inglés, pero con poca motivación por aprender la lengua local, que o bien desconocen totalmente o dominan muy poco. Es decir, los universitarios se van “de Erasmus” a Italia sin saber italiano o a Alemania sin saber alemán. Esto no suele preocuparles, ya que suelen confiar en el inglés como lengua franca en el ámbito académico y social.
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Así, la gran mayoría de los estudiantes, independientemente del país de destino, no ve la experiencia como una oportunidad de aprender o mejorar simultáneamente el inglés y la lengua del país visitado. Sin duda, “irse de Erasmus” debe ser motivador por lo que supone vivir en un país distinto, conocer otras culturas y sus gentes. Ahora bien, parece evidente que también debería aprovecharse para potenciar el aprendizaje lingüístico, una de las prioridades del programa europeo.
‘No me hace falta saber el idioma local’
En nuestro estudio preguntamos a los participantes en diversas ocasiones a lo largo de sus estancias en el extranjero si habían percibido necesidad de aprender la lengua del país, y casi la mitad respondieron negativamente. Esta escasa o nula necesidad de la lengua local la experimentaron tanto fuera como dentro del aula.
Por un lado, más de la mitad de los estudiantes recibieron la formación académica exclusivamente en inglés y solo un tercio exclusivamente en la lengua local.
Por otro lado, la mitad de los estudiantes nos dijeron que habían tenido muy poco contacto con la población del país. En estas circunstancias parece lógico que su idea inicial de que el desconocimiento de la lengua local no iba a ser un problema se viera corroborada una vez finalizada la estancia.
‘Al final sí que aprendí la lengua del país’
Aun sin tener esa intención, la mitad de los participantes de nuestro estudio acabaron la estancia habiendo mejorado el inglés y también habiendo adquirido suficientes conocimientos de la lengua del país visitado como para presentarse de manera oral y escrita.
En países donde se habla una lengua románica, como Italia o Portugal, es donde los estudiantes de nuestro estudio más aprendieron este idioma, ya que sus lenguas nativas –el español y el catalán– son también descendientes del latín. Pero incluso en países de habla no románica, como Alemania o Holanda, los estudiantes que acudían con nociones del idioma también mejoraron su nivel.
En el caso de los estudiantes que hacen poco o ningún uso de la lengua del país durante la estancia y prácticamente no interactúan con su gente, podemos suponer que usan el inglés de forma primordial en sus interacciones con otros estudiantes extranjeros, y cuando no usan el inglés es porque pueden recurrir a su lengua materna.
Proteger la riqueza lingüística
Para proteger la riqueza que supone la diversidad lingüística y cultural europea, este último escenario no es ideal. Cuando el inglés (u otra lengua dominante) se convierte en el filtro de acceso a las oportunidades académicas, sociales o económicas, las otras lenguas –y las culturas que representan– quedan marginadas.
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Esto no solo erosiona el patrimonio cultural, sino que también puede derivar de algún modo en una discriminación económica y social de quienes no son hablantes nativos del inglés, ya que a menudo el predominio de este idioma como lengua franca se enmarca en una ideología dominante sobre el aprendizaje de lenguas que considera el hablante nativo como el modelo ideal y la autoridad última sobre el uso lingüístico.
¿Qué pueden hacer las universidades?
A partir de los resultados obtenidos en nuestro estudio, vemos algunas posibles líneas de actuación. Por un lado, las universidades que acogen cada año a los estudiantes europeos a través del programa Erasmus tienen la capacidad de mejorar el conocimiento del idioma del país, por ejemplo, fomentando la colaboración de los estudiantes locales para aumentar las interacciones con los recién llegados y también promoviendo programas bilingües (en inglés y lengua local).
Por otro lado, las universidades de origen podrían concienciar a los estudiantes sobre las ventajas que supone aprender la lengua local, difundiendo experiencias positivas en las que se establecieron interacciones con la población del país y se disfrutó más plenamente de la experiencia.
En definitiva, dado que el multilingüismo es un valor en alza y que tanto la Unión Europea como las familias invierten cada vez más en subvencionar experiencias de movilidad a los estudiantes, es crucial reflexionar sobre cómo podemos conseguir que la experiencia Erasmus sea lo más provechosa posible también desde el punto de vista lingüístico.