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Un equipo de científicos ha descubierto una inesperada relación sobre los vínculos entre la dieta y la salud cerebral. El estudio, publicado en la prestigiosa revista Neurology, proviene de la Universidad de Lund, y se basa en el seguimiento exhaustivo de casi 28 000 personas durante un periodo de hasta 25 años. En un mundo donde los consejos dietéticos parecen cambiar con las estaciones, estos hallazgos abren una nueva y controvertida vía para explorar cómo nos alimentamos y qué consecuencias podría tener eso para nuestra mente con el paso del tiempo.

El diseño del estudio es ambicioso. Se recopilaron cuestionarios detallados, diarios alimentarios y entrevistas individuales, y se cruzaron con la aparición de demencia a lo largo de las décadas. La edad media de los participantes rondaba los 58 años cuando comenzó la investigación, en la década de los noventa. Con paciencia científica y una rigurosa metodología observacional, los investigadores analizaron la relación entre el consumo de diferentes tipos de lácteos y la aparición posterior de deterioro cognitivo.

Solo queso, no leche

Entre los hallazgos más llamativos, destaca que aquellas personas que consumían al menos 50 gramos diarios de quesos con alto contenido en grasa (definido como más del 20 %, con ejemplos como el cheddar, el brie o el gouda) mostraban un riesgo aproximadamente un 13 % menor de desarrollar demencia, en comparación con quienes ingerían menos de 15 gramos al día. La reducción del riesgo fue aún más relevante en el caso de la demencia vascular, alcanzando hasta un 29 % de disminución entre quienes consumían mayores cantidades de estos quesos intensos.

En paralelo, el consumo de al menos 20 gramos diarios de nata con un contenido graso elevado (30-40 %) también mostró una asociación significativa con una menor incidencia de demencia: un 16 % menos de riesgo comparado con quienes no la incluían en su dieta. Sin embargo, otros productos lácteos como la leche (entera o desnatada), el yogur o la mantequilla no mostraron ninguna relación estadísticamente significativa con el desarrollo de deterioro cognitivo.

No hay clara causalidad

Aunque las cifras resultan intrigantes, la interpretación del estudio exige cautela. Emily Sonestedt, autora principal de la investigación, insiste en que el carácter observacional del diseño impide establecer una relación causal directa. 

Es decir, no se puede afirmar con certeza que el queso o la nata protejan contra la demencia: simplemente, se ha identificado una correlación estadística. Podría ser que quienes consumen estos productos también mantengan otros hábitos saludables (como mayor actividad física o una dieta equilibrada en general) que estén influyendo en el resultado, pese a los ajustes estadísticos realizados.

Un breve destello de luz

Así, si bien el estudio no invalida la evidencia sobre el riesgo cardiovascular de las grasas saturadas en ciertos contextos, sí invita a reconsiderar el papel de estas grasas, especialmente las procedentes de lácteos fermentados, dentro de una alimentación equilibrada.

Además, los autores plantean que la relación entre el consumo de queso graso y menor riesgo de demencia vascular podría estar mediada por efectos indirectos. Por ejemplo, estos alimentos podrían contribuir a una mejor salud vascular general, lo cual a su vez se reflejaría en una menor incidencia de problemas cerebrales relacionados con la circulación. Pero no se descarta que existan otros mecanismos aún no comprendidos del todo.

Por supuesto, estos resultados no deben tomarse como una licencia para lanzarse sin reservas a una dieta rica en grasas saturadas. Lo que subraya este trabajo es que no todas las grasas son iguales, ni todos los contextos metabólicos, sociales y dietéticos son comparables. En la larga conversación entre ciencia y nutrición, este estudio sueco introduce una nueva voz que vale la pena escuchar.