No sabemos a Feijóo qué le habrá parecido la segunda novela, con la que coqueteó en su escaño, de Jaime de los Santos (Madrid, 1978), notable diputado popular e historiador del arte, que rompe de una brutal patada el tópico de que los políticos no saben escribir, que ni siquiera leen. Lo desmiente con creces esta rara avis del parlamentarismo español con un «novelón» –y no sólo por su tamaño: 680 páginas– sobre la vida y obra del pintor Michelangelo Merisi, Il Caravaggio, enriquecida con vetas de la esencia de otro genial artista, Pier Paolo Pasolini. De ambos escribe De los Santos en «El evangelio según Caravaggio» (Contraluz), porque asegura que comparten mirada veraz y sin condescendencia hacia los más desfavorecidos y hacia las mujeres. El autor, que juega a imaginarse qué película habría hecho el cineasta sobre el pintor, escribe barroco (pero sus arabescos no son meros adornos) y habla como cuando se pone el traje de político, con vehemencia y sin concesiones a los zarandajos, hasta el punto de que no hay una palabra de relleno, y con dolor tenemos que meter la tijera por pura cuestión de espacio. Quizás, con lo que nos sobre, hagamos croquetas.
¿Qué más nos da con quién se acostaba Caravaggio?
A mí no me importa ni lo más mínimo. Lo que me molesta, como historiador, es que en la mayoría de los casos cuando se piensa en Caravaggio la gente antes de reflexionar sobre su obra precisamente lo que haga sea pensar en su sexualidad. ¿Por qué? Porque en la década de los cincuenta, cuando es recuperada su figura, se hace desde una visión homoerótica, y cuando todavía estaba vivo el llamado pecado nefando, el peor que se podía cometer entonces. Se convirtió en una forma de arrinconarlo, porque, como decía Ingmar Bergman, no hay nada tan peligroso como ser excepcional, y Caravaggio lo era. La poca documentación que tenemos sobre él de su época lo que dice es que era un mujeriego o que iba con mujeres prostituidas. Los que sí sabemos que tenían como poco miradas homoeróticas eran algunos de sus primeros clientes, en especial el cardenal Del Monte. Y si tuvo relaciones sexuales con un hombre o con 25 mujeres a mí no me importa, pero me rebelo ante la etiqueta de Caravaggio, el pintor homosexual. Por qué colgarle a Carvaggio una etiqueta cargada de miradas apriorísticas, si, por ejemplo, sabemos de la homosexualidad de Michelangelo Buonarroti o de Tomasso Cavalieri, o que Leonardo se ve inmerso en un proceso judicial por sodomía…
Traza tres líneas paralelas entre Caravaggio y Pasolini.
Mi profesora de Historia del Arte, Beatriz Blanco Esquivias,dijo un día en clase algo que me atravesó: «Hasta Pasolini nadie miró al desfavorecido como lo hizo Caravaggio». Y es cierto, ningún otro artista ha usado la verdad como única herramienta para recrear el mundo. Y Caravaggio lo hace sin juicio, sin paternalismo, sin romanticismo, sin pretender dar más pena que la que una persona desamparada pueda dar «per se». Hasta que llegamos a Pasolini, con sus primeras películas, pero en general con todas, no encontramos esa mirada, y eso a mí ya me sorprende: dos personajes con casi 400 años de diferencia y con visiones muy distintas del mundo, pero con esa capacidad de mirar y de solo trasladar verdad, tan única. Luego, está la mirada poética, que esa es la que intento poner yo, me coloca ante dos hombres que, efectivamente, mueren junto al mar Mediterráneo de forma misteriosa y a apenas 20 kilómetros. Y la tercera línea que los une es su mirada hacia las mujeres. Caravaggio, más allá de rodearse de mujeres prostituidas como Anna Bianchini y Fillide Melandroni, hace posible que hoy tú y yo estemos hablando de esos dos nombres, de dos mujeres prostituidas que incluso hoy, en 2025 están invisibilizadas. 400 años después siguen padeciendo el mismo tipo de esclavitud. Y si a todo esto le sumamos un gran historiador del arte como Roberto Longhi, que es quien recupera a Caravaggio para todos, y que fue uno de los mentores de Pasolini, pues tenía todo el sentido. En una de las visitas que hizo Pasolini a Madrid dio una conferencia en el Círculo de Bellas Artes y dijo lo que más le interesaba de Caravaggio era la luz. Y se ha empeñado la historiografía en decir que Caravaggio es el pintor de las tinieblas, el tenebrista, cuando es todo lo contrario, lo que hace es llenar de luz lo que realmente importa y ensombrecer lo que no tiene relevancia.
«Ambos artistas coinciden en usar la verdad como única herramienta para recrear el mundo»
«La profesión de madre probablemente sea la más dura de todas las profesiones del planeta», escribe.
Las mujeres como soporte fundamental de la vida y, en este caso, como realidad para facilitar que tanto el uno como el otro pudieran llegar a ser en lo que después se convirtieron. Susanna Colussi fue la hacedora de Pasolini. Entre Susanna Colussi y su hijo Pier Paolo hay una realidad que para muchos es edípica y que yo no tengo ninguna duda: viven juntos, viajan juntos, e incluso Susanna protagoniza alguna de sus películas. Y para rizar el rizo es la Virgen María en ese «Evangelio según San Mateo» que se abraza al madero. Más allá de que Pasolini buscara entre gente no formada a sus actores y actrices no deja de ser mucho más que simbólico que la Virgen María de la pasión fuera su propia madre. De Costanza Colonna lo que sabemos es que perteneciendo a una de las familias más importante de aquella Roma, se fija en un chaval que, por muy buen pintor que sea, los había a montones, y durante toda su vida va a facilitarle no sólo que pinte, sino que sobreviva. Y la vemos o la presentimos en los primeros encargos que le hacen a Caravaggio, pero también en su llegada a Nápoles tras ser condenado por el asesinato de Ranuccio Tomassoni. Me sorprende que sin embargo sea la única familia que no le hiciera un encargo. Como si se quisiera ocultar algún tipo de relación que no conocemos y que a mí como autor es donde me permite entrar con la pura literatura. Pero Costanza era una mujer avanzada para su época que leía a Santa Teresa y que se sabe que sus confesores le reñían porque en ocasiones era demasiado sensual. Cuando llegas a un personaje como ese, te seduce, y no teniéndolo pensado para la novela, cuando más iba conociendo a Costanza más me he ido enamorando de ella. Igual que Susanna, dos mujeres fuertes e independientes muy relacionadas con ambos.
¿Qué sentía Caravaggio hacia Anna Bianchini?
Yo en la novela lo lleno de romanticismo y creo que hay un amor no compartido que hace que Caravaggio se obsesione con ella. Pero lo que sí sabemos es que el cadáver de esa mujer prostituida se convierte en la Virgen María para uno de sus encargos más importantes que le habían hecho hasta ese momento. Esto también nos coloca en un lugar que habla mucho de Caravaggio, de su relación con las mujeres, y de su manera de hacer llegar a la ciudadanía algo tan abstracto como la fe. Pero, claro, la cuestión es por qué ni siquiera cuelgan esa pintura. Le da a la piel de la Virgen María un color cerúleo, porque lo que hace es velar el cadáver de esa mujer que había sido encontrada a la orilla del Tíber. Y siempre nos habían contado que el vientre de esa mujer está hinchado producto del ahogamiento. Pero también, la profesora Matilde Azcárte nos dije que siempre que una mujer aparece con una mano sobre el vientre es porque es un símbolo de estar embarazada. A mí eso me dio mucho que pensar y me pareció interesante dar esa posibilidad, que Caravaggio pintara a esa mujer y recordara el embarazo que es lo que la convierte en quien es y precisamente por haber estado embarazada de Dios es lo que la posibilita a ascender al cielo. Al final, lo más importante, para mí, es cómo eleva a la más desfavorecida entre ellas a nada menos que a la categoría de Virgen María. Y hoy es una reivindicación que entenderíamos como ultramoderna, ultrafeminista, y que probablemente él hiciera sin darse realmente cuenta de lo trascendente que es eso.
Jaime De los Santos delante de la Santa Barbara de Caravaggio @ Gonzalo Pérez Gonzalo Pérez Fotógrafos
¿Cuánto hay de fabulación en esta historia?
En algunas descripciones, como la pintura del cuadro de la «Dormición de la Virgen», parto de lo que sabemos, que podría ser el cadáver de Anna Bianchini, y ahí ya todo lo que tengo de literato lo dejo manar, porque al final siempre había en mí una especie de «Y si Pasolini hubiera hecho una película de Caravaggio, qué hubiera hecho…» He querido jugar también con eso en cuanto a «este hubiera sido el guion», y eso me ha dado la posibilidad de fantasear, pero siempre desde la verosimilitud; es decir, si era el pintor de la verdad, todas esas personas con las que convivía ¿por qué no se iban a convertir en esos maravillosos modelos?
2Caravaggio no fue un pintor tenebrista, ilumina en sus pinturas lo que realmente importa»
A Caravaggio le precede mala fama. En tu novela sale muy bien parado. ¿Tuviste miedo de caer en la hagiografía?
Como mucho, Caravaggio era tan violento como cualquier hombre de su época. José de Ribera, «El Españoleto» estuvo involucrado en el asesinato de otro pintor para conseguir él un encargo. Y nadie habla de esto. Cuando miras desde los ojos del hoy a una época tan convulsa como aquella todo está fuera de lugar. Yo no digo que Caravaggio fuera un santo. Era un tío violento, emocional, que, como casi todos los que luchan con sus herramientas para hacer del mundo un lugar distinto, se tiene que enfrentar a muchas realidades que no le gustan. El problema es que se ha intentado hacer de Caravaggio el malo de la época, y no es así. Luego está lo de llevar espada: en ese momento no era como llevar un arma, era más un símbolo de estatus. Y en cuanto al asesinato de Tomassoni, le atraviesa el muslo fruto de una pelea, sí, pero con un final accidental. Hasta el punto de que el Papa le perdona. De Caravaggio hemos insistido en esa faceta probablemente porque la mirada romantizada tenía mucho que abonar en esa cuestión. Pero, o tan violento como el resto, o mucho menos violento de lo que nos han contado.