Maider López (Donostia 1971) por partida doble. Tabakalera y la sala Kubo-Kutxa se han aliado para mostrar una amplia exposición. ‘Ukitu’ (Tocar), donde la … artista reúne un número significativo de proyectos realizados a escala internacional en los últimos diez años, al tiempo que recupera trabajos anteriores para ofrecer contexto. El título de la muestra alude a la capacidad de transformar los entornos en los que realiza sus intervenciones.

– La primera artista que expone a la vez en Tabakalera y en Kubo. ¿Cómo surgió este macro proyecto?

– Me invitaron, por separado, al mismo tiempo. Les propuse hacer una única exposición con el bonito trasfondo de un proyecto conjunto de dos instituciones que nunca habían colaborado. Ha sido un reto estupendo. Cada exposición tiene sentido en sí misma y se complementa con la otra, dando una idea de continuidad. Es importante que se vean las dos, pero cada una es un todo.

– ‘Ukitu’ recoge principalmente trabajos de los últimos diez años, con alguna mirada más atrás. ¿Cómo ha sido la evolución de la artista Maider López en ese tiempo?

– Las obras anteriores ponen en contexto las que han surgido en la última década. De la última década hay obras elegidas como representación de otras. Por ejemplo ‘Mooving garden’ –donde setecientas personas caminan por una calle con una planta en las manos recreando un bosque andante– tiene una temática similar a ‘El bosque del prado’. En cuanto a la evolución, hay maneras y temas que son los mismos desarrollados de forma diferente. ‘Piscine Saint Georges’, de 2014 en Rennes, fue muy importante y no está. Si hay una videoinstalación, ‘Mimicking the Birds, Mimicking the Waves’ (2021), donde se incide en la relación de las personas con el agua que es similar pero muy diferente. Está en Tabakalera y a su vez se relaciona con otra del Kubo, ‘Hierba en movimiento’, donde un grupo de personas realizan colectivamente lo que un pastor realiza de forma individual.

– Desde sus inicios, sí es una constante la transformación del espacio y en él las personas cada vez tienen más protagonismo.

– En un principio el espectador activaba y completaba la pieza, como por ejemplo en ‘Suelo’ al pisarla y hacerla sonar. La evolución está en que ahora en bastantes de las obras la persona es quien la hace. Pero también he indagado en otros caminos, como en ‘Arqueología de la hierba’, hecho en Karranza en los dos últimos años, donde lo importante es la observación. Hay ocasiones en las que intervenir en el espacio no tiene sentido. Me invitaron en Capadocia a hacer un proyecto de arte público y al ver una naturaleza tan imponente me dije que cómo iba a tocar algo si ya está todo. Así, en lugar de cambiar algo, la propuesta es observar y que la transformación sea a otro nivel. El resultado es ‘Zoom in’ (2016) con el catálogo de colores del valle. Ante la inmensidad del paisaje me centré en los detalles.

-– ¿Se puede aplicar a sus obras el dicho de que el aleteo de una mariposa puede provocar un huracán?

– Sí. El arquitecto Pedro del Llano dijo en referencia a mi trabajo: ‘Los grandes cambios solo sucederán a través de microtransformaciones sociales’. Eso es mi propósito. Poner el detalle en algo muy sencillo, a veces casi obvio, pero que al mirarlo detenidamente, al transformar mínimamente el punto de vista, se genera un gran cambio. Atacar lo grande desde lo pequeño me resulta poético. Puede parecerlo, pero los proyectos no son sencillos. Muchas personas me han comentado que al salir de la exposición se han fijado más en cosas en las que antes no reparaban, como cómo anda la gente, que se les queda una manera de mirar y observar el entorno reparando en cosas que hasta ahora les habían resultado imperceptibles.

– ¿Se puede enmarcar su trabajo dentro de lo que se denomina arte público?

– En general sí, aunque no es exclusivamente eso. Hay fotografías de acciones realizadas en el exterior expuestas en una sala, pero sigue siendo arte público. He trabajado mucho con comisarios de arte público, en museos de arte público y he realizado muchas intervenciones de arte público.

– Muchas de sus piezas son fotografías de acciones públicas realizadas en un lugar y un tiempo de terminados, que la mayoría del público de la exposición no ha visto. ¿Hay que ver ‘Ukitu’ con la lección aprendida previamente sobre su trabajo?

– No. Con relacionarte directamente con lo que hay delante se cierra un círculo. Si sucede que puede haber miedo en esa relación. Suele haber una ansiedad muy grande de entender racionalmente, cerrando otras vías de intuición, percepción, sensación…, de aplicar lo que conoces históricamente, de ver qué te evoca. Si ves la fotografía y luego lees la cartela que te explica cómo se hizo, vas a ganar más experiencia.

– ¿Uno de sus propósitos es que la persona reflexione sobre la relación con el entorno?

– Sobre todo cómo ocupamos el espacio y nos relacionamos con él para transformarlo a partir de acciones cotidianas y pequeños actos. Hay tradiciones y rituales que se contemplan de otra manera. Por ejemplo en ‘Hierba en movimiento’ parece que es un ritual que se practica en un momento determinado, que están celebrando el principio de la primavera o algo similar. No, pero podría ser .

– También busca crear espacios imposibles.

– En ese sentido es muy representativo ‘Ataskoa’ donde ves una imagen de coches atascados, pero si te fijas en el detalle se muestra la imposibilidad porque hay unos mirando hacia arriba y otros hacia abajo. Es jugar con el límite entre lo cotidiano y lo no cotidiano, de lo posible y no posible, de lo real y lo construido. En ocasiones la forma de hacerlo es creando obstáculos, como en el caso de ‘Polder Cup’ (2010) donde se juega a fútbol en terrenos con pequeños canales que interrumpen la circulación del balón, o ‘Football field’ (2007) donde farolas y bancos se encuentran en medio del campo. La imposibilidad genera cosas nuevas, como reglas distintas, y de ahí vienen que se establezcan relaciones humanas también distintas.

– ¿Evocación, memoria, tiempo son sus herramientas?

– El tiempo ha entrado como elemento muy claro al hacer la revisión de las obras para la exposición. Por ejemplo, ‘Lápices de colores’ es la pieza en la que más he invertido, diez años. Sin embargo, hay otras piezas que solo transcurren en un momento, pero se mantienen activas en la experiencia de las personas años después y no solo a través de la memoria. Ahí está ‘Playa’. Transformamos por un día la playa de I-tzurun dando a todos los usuarios una toalla roja. Eso pasó, pero Zumaia quedó tocada en cierta forma. De ahí también el título de la exposición.

– ¿Qué importancia tiene el colectivo en su obra?

– Es muy importante. Algo bonito que sucede en mis proyectos no es que no trabajo con un colectivo, sino que en ellos se genera una colectividad temporal. Volviendo a la playa, después de repartir un montón de toallas, a la una del mediodía paramos. Llegó una señora, vio la imagen y gritó: ‘Yo no tengo toalla roja, ¿puedo entras?’. Lo que nos daba tanta risa, hablaba de que ahí había una colectividad a la que no pertenecía. Además, cada uno participa desde un lugar diferente. En ‘Ataskoa’ vinieron miembros de una asociación de amigos de los 600 y ecologistas para protestar por el uso masivo del coche. Estaban juntos desde lugares muy diferentes y eso es lo bonito.