Un nuevo análisis de las muestras lunares de las misiones Apolo ha obligado a revisar la teoría más aceptada por la NASA desde 2005 sobre el origen de ciertos compuestos en la superficie de la Luna. El hallazgo, publicado en la revista científica Nature Communications Earth & Environment, sugiere que nuestro satélite lleva miles de millones de años capturando fragmentos de la atmósfera terrestre.

El estudio, liderado por investigadores de la Universidad de Rochester, reexamina el contenido del regolito lunar traído a la Tierra durante las misiones Apolo en la década de 1970. Aquellas muestras ya habían revelado la presencia de sustancias volátiles como nitrógeno, helio o agua, pero su procedencia seguía siendo motivo de debate científico.

Durante casi dos décadas, la explicación dominante apuntaba a que esos iones atmosféricos solo pudieron llegar a la Luna antes de que la Tierra desarrollara su campo magnético. Según esa hipótesis, formulada en 2005, la magnetosfera habría actuado como un escudo que impedía la fuga de partículas desde la atmósfera terrestre hacia el espacio.

La magnetosfera como puente y no como barrera

Las nuevas simulaciones por ordenador y el análisis conjunto de los datos de Apolo cuestionan esa idea. Lejos de bloquear el proceso, el estudio indica que el campo magnético terrestre ha funcionado como una red de transporte para partículas cargadas, especialmente cuando la Luna atraviesa la cola magnética de la Tierra durante la fase de luna llena.

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Los investigadores compararon un escenario de Tierra primitiva, sin magnetosfera y con un viento solar más intenso, con otro equivalente al planeta actual. Los resultados fueron claros: la transferencia de partículas atmosféricas hacia la Luna es más eficiente en el contexto moderno, con líneas de campo magnético que canalizan los iones hasta el suelo lunar.

Según el trabajo, este mecanismo habría comenzado hace unos 3.700 millones de años, poco después de la formación de la magnetosfera, y podría seguir activo hoy. Esto implica que la Luna no conserva solo restos de la atmósfera primigenia, sino un archivo mucho más amplio de la evolución atmosférica de la Tierra.

Un archivo geológico clave para futuras misiones

Eric Blackman, físico teórico y coautor del estudio, explica que “al combinar partículas preservadas en el suelo lunar con modelos computacionales del viento solar, podemos reconstruir la historia de la atmósfera y del campo magnético terrestre”. Esta reinterpretación otorga a las muestras de Apolo un valor científico mayor del que se pensaba.

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El hallazgo también refuerza el interés de programas como Artemis, con los que la NASA planea regresar a la Luna. El nuevo regolito que se recoja podría ayudar a entender cómo ha cambiado la atmósfera terrestre y ofrecer pistas sobre procesos similares en otros planetas, como Marte, con implicaciones directas para el estudio de la habitabilidad planetaria.