Pedro Sánchez se fue de vacaciones en verano al borde del abismo. La encarcelación del hasta entonces secretario de Organización, Santos Cerdán, y las denuncias por acoso contra su colaborador Paco Salazar provocaron una catarsis en el PSOE. Cinco meses después vivió un paralelismo. Quien fue su mano derecha, José Luis Ábalos, entró en prisión a la espera de la celebración de un juicio en el que se enfrenta a una pena de 24 años, y los socialistas bullían por la gestión de las denuncias contra Salazar al tiempo que se acumulaban nuevos casos contra otros dirigentes apoderándose del partido una sensación de fin de ciclo agudizada por la falta de apoyos, sobre todo tras la ruptura de Carles Puigdemont. De nuevo un parón vacacional, la situación geopolítica y los errores del PP han dado oxígeno a Sánchez.
Como ya hizo a la vuelta del verano, el presidente del Gobierno busca retomar la iniciativa en la política internacional, además de dar algunos golpes de efecto en la agenda social, en ambos casos para distinguirse y retratar al PP y activar en lo posible al electorado progresista. Sánchez decidió en septiembre imponer un embargo de armas a Israel ante el genocidio en Gaza y una serie de medidas que le situaron en la vanguardia de la respuesta mundial a Benjamin Netanyahu. El calendario le ayudó al celebrarse a finales de ese mes la Asamblea General de la ONU en la que una decena de países, entre ellos Reino Unido, Francia o Canadá, dieron un impulso al reconocimiento del Estado palestino que España había realizado un año antes, entre críticas del PP, que dijo después, sin embargo, que le parecía “muy bien” que lo hicieran otros países.