El poder de Pogačar no es eterno y entonces habrá que acudir a la estrategia
Vincenzo Nibali, que de esto sabe un rato por perro viejo por haber convivido con varias generaciones y ser un mago de la pizarra, ha puesto el dedo en la llaga: el vigor de Tadej Pogačar no es eterno.
La cuestión que debemos plantearnos en este mal anillado cuaderno no es si bajará el pistón, algo que la biología dictará tarde o temprano, sino cómo gestionará el esloveno el momento exacto en que sus vatios dejen de ser un insulto a la lógica.
Leemos que hasta ahora, Pogačar ha corrido con el descaro de quien tiene una red de seguridad infinita bajo los pies, pero el ciclismo es un deporte cruel que, antes o después, acaba cobrando las facturas con intereses.
Cuando esa fuerza bruta se normalice y el motor ya no le permita corregir errores tácticos a golpe de riñón, veremos aparecer al verdadero ciclista.
La evolución de Pogačar tendrá que pasar obligatoriamente por el aprendizaje del ahorro, convirtiendo la economía de guerra en su nueva religión.
El corredor que hoy se permite ataques a ochenta kilómetros de meta y cabalgadas suicidas tendrá que abrazar el arte de la paciencia, aprendiendo a ganar por eliminación, de la misma forma que Nibali o el Valverde más maduro supieron exprimir sus últimas gotas de talento frente a jóvenes más vigorosos.
Otro factor crítico será la gestión de la frustración.
Estamos ante un corredor que ha hecho de la victoria un hábito cotidiano y casi aburrido para el espectador neutral.
El día que sus piernas no respondan a un ataque de un nuevo talento imberbe, su mayor enemigo no será el cronómetro, sino su propia cabeza, si bien Pogačar ya cuenta con algún revés del que ha salido adelante.
Su madurez técnica dependerá de si es capaz de aceptar la transición de ser el tirano absoluto a convertirse en el estratega silencioso.
Ya no podrá ser un solista que utiliza al UAE Team Emirates como una simple comparsa; necesitará un bloque que lo blinde, pasando de un ciclismo anárquico a uno estrictamente coral.
Nibali acierta de pleno al señalar que el límite está en pensar que siempre se gana por fuerza.
Es la trampa clásica del talento desbordante.
El Pogačar del futuro deberá sustituir el motor por el oficio y la exhibición por el cálculo frío. Si se empeña en seguir siendo el ciclista total cuando el cuerpo empiece a emitir señales de agotamiento, nos encontraremos ante una caída estrepitosa.
Al final, el éxito de su madurez no se medirá en cuántas veces levante los brazos, sino en cuánto sea capaz de sufrir para rascar un podio cuando ya no sea, por decreto físico, el mejor de la carretera.

