En los últimos años, los fármacos análogos de GLP-1 han irrumpido con fuerza en el debate público, instalándose como una de las estrategias farmacológicas más innovadoras y eficaces en el tratamiento de la diabetes tipo II y especialmente la obesidad, pero no por ello exenta de controversia. Su creciente popularidad, impulsada tanto por resultados clínicos como por su alta visibilidad mediática, ha abierto una discusión necesaria sobre salud pública, responsabilidad médica, accesibilidad y presión social en torno al cuerpo.

El Prof. Jaime Riquelme Meléndez, académico del Departamento de Química Farmacológica y Toxicológica, de la Facultad de Ciencias Químicas y Farmacéuticas de la Universidad de Chile, explica que estos fármacos representan un avance relevante desde el punto de vista terapéutico. “Son medicamentos muy eficaces y su impacto ha sido significativo. Más allá de la responsabilidad personal que sin duda existe, también hay un contexto social que empuja permanentemente a una alimentación inadecuada y, muchas veces, descontrolada”, señala. Sin embargo, es enfático en aclarar que su aproximación al tema no es la de un especialista clínico en obesidad, sino la de un académico que observa el fenómeno desde la docencia, la formación científica y el interés personal por un problema de salud que atraviesa a una parte importante de la población.

Para Riquelme, la obesidad debe entenderse como una enfermedad, ya que existe una disfunción fisiológica clara: “El tejido adiposo en la obesidad no es pasivo: desarrolla un estado de inflamación crónica de bajo grado, liberando citoquinas proinflamatorias que favorecen el desarrollo de otras enfermedades crónicas. Por eso la obesidad es un factor de riesgo tan importante”, explica.

No obstante, reconoce que existen distintas corrientes de pensamiento. Algunas de estas evitan definir la obesidad como enfermedad por temor a que ello reduzca la responsabilidad individual sobre los hábitos de vida. Para el académico, este argumento es poco consistente: “Podríamos decir lo mismo de la hipertensión arterial, muchas personas no la tendrían si cuidaran mejor su alimentación (ya que esta es un factor de riesgo clave) y aun así nadie duda de que es una enfermedad”, ejemplifica.

Pero el debate no termina ahí, puesto que este tópico no puede desligarse del contexto social y cultural. A modo de ejemplo, recuerda cómo prácticas hoy ampliamente rechazadas fueron en su momento normalizadas.

 “Hubo una época en que la publicidad para promover el consumo de tabaco podía hasta considerar la recomendación de un “médico” para fumar, incluso para controlar el apetito. Hoy eso nos parece impensable”, señala. La transformación cultural en torno al tabaco, impulsada por campañas de salud pública, regulación, aumento de precios y estigmatización social, demuestra que los comportamientos individuales están fuertemente condicionados por el entorno.

«Si fuera solo voluntad, no tendríamos estas cifras»

Datos de la Encuesta Nacional de Salud (ENS) refuerzan esta mirada. Aplicada periódicamente (2003-2004, 2009-2010 y 2016-2017), la encuesta permite observar la evolución de factores de riesgo en la población chilena: “Es un documento clave para entender cómo estamos como país y lamentablemente el diagnóstico no es bueno”, afirma Riquelme. El consumo de tabaco, alcohol, el sedentarismo y la baja ingesta de frutas y verduras siguen siendo altamente prevalentes en Chile.

En particular, el estado nutricional de la población chilena muestra cifras preocupantes: cerca del 70% de las personas presenta sobrepeso u obesidad, con una tendencia al alza que probablemente se ha acentuado en los últimos años: “Si tomáramos una fotografía hoy, lo más probable es que estos números sean aún mayores”, advierte el académico. A ello se suma el aumento de patologías asociadas, como hipertensión arterial y diabetes, condiciones que se potencian entre sí.

El académico que lidera el Laboratorio de Farmacoterapia Cardiovascular, además, explica que la obesidad y la hipertensión son factores de riesgo clave para una forma de insuficiencia cardíaca que hoy va en aumento: la insuficiencia cardíaca con fracción de eyección preservada: “Mientras la insuficiencia cardíaca postinfarto ha disminuido gracias a los avances médicos, esta otra forma, asociada al estilo de vida, está creciendo”, señala. A esta dimensión biomédica se suma un profundo componente psicosocial.

“La obesidad no es solo un tema de salud física. Hay culpa, ansiedad, problemas de autoestima y una presión social constante”, reflexiona. Así, reconoce que muchas personas comen por ansiedad, estrés o por la dificultad de sostener hábitos en contextos sociales donde la comida cumple un rol central. Además, existe una influencia clara de factores genéticos en el desarrollo de la obesidad: “Si fuera solo voluntad, no tendríamos estas cifras”, afirma.

En ese escenario, los tratamientos farmacológicos aparecen como una alternativa para ciertos pacientes, pero no como una solución aislada: “El cambio en el estilo de vida sigue siendo fundamental, pero no es fácil. Requiere disciplina, apoyo del entorno social y acceso a profesionales de la salud, lo que no siempre está disponible”, explica. Nutricionistas, nutriólogos y apoyo psicológico no siempre son accesibles económica o territorialmente.

Riquelme recuerda que existen otros fármacos utilizados en el abordaje del peso, como el bupropión, originalmente desarrollado como antidepresivo y hoy usado también para dejar de fumar y, en algunos casos, para el control del peso: “Muchos medicamentos tienen usos ‘off label’. No fueron creados para eso, pero han demostrado ser útiles y seguros”, explica.

Obesidad, diabetes y el rol de la insulina

Desde el punto de vista fisiológico, la relación entre obesidad y diabetes tipo II es evidente. En personas sanas, tras ingerir glucosa, la glicemia aumenta y luego desciende gracias a la acción de la insulina, hormona encargada de facilitar el ingreso de glucosa a los tejidos. En diabetes tipo I, la insulina no se produce; en tipo II, existe una deficiencia o resistencia a su acción, lo que mantiene la glucosa circulando en sangre y genera daño a largo plazo.

En personas con obesidad, este sistema se ve particularmente exigido: “El páncreas trabaja en sobrecarga, produciendo grandes cantidades de insulina para compensar la resistencia”, explica el Prof. Esta observación permitió comprender mejor ciertos mecanismos metabólicos y dio paso al descubrimiento del llamado “efecto incretina”.

Cuando la glucosa se administra por vía oral, la secreción de insulina es considerablemente mayor que cuando se administra por vía intravenosa, aun cuando los niveles de glucosa en sangre sean similares. Esto llevó a identificar una hormona producida en el intestino: el glucagon-like peptide 1 (GLP-1), liberado tras la ingesta de alimentos y capaz de estimular la secreción de insulina desde el páncreas.

El surgimiento de los análogos de GLP-1

El GLP-1 natural tiene una vida media extremadamente corta, de apenas uno a dos minutos, ya que es rápidamente degradado por la enzima dipeptidil peptidasa 4 (DPP-4). A partir de este hallazgo, la investigación farmacológica desarrolló dos estrategias: inhibir esta enzima o crear análogos de GLP-1 resistentes a su degradación. Estos últimos son los que hoy concentran la atención.

Los análogos de GLP-1 presentan múltiples efectos farmacológicos: aumentan la secreción de insulina, favorecen la síntesis de glicógeno, mejoran la oxidación de la glucosa, aumentan la excreción renal de sodio y, de manera especialmente relevante, reducen el apetito y aumentan la sensación de saciedad, actuando a nivel del sistema nervioso central.

“No es que a la persona simplemente ‘no le den ganas de comer’. Se genera una señal muy potente de saciedad a nivel cerebral. La gente describe una sensación similar a haber comido en exceso, incluso frente a estímulos que antes despertaban apetito”, precisa Riquelme.

Accesibilidad, costo y salud pública

Otro punto crítico es la accesibilidad. En Chile, estos tratamientos pueden alcanzar costos cercanos a los 200 mil pesos mensuales, lo que genera una brecha evidente entre quienes pueden acceder a ellos y quienes no. Esta situación ha llevado a la Organización Mundial de la Salud a reconocer estos fármacos como un avance significativo, al tiempo que ha instado a reducir sus precios para ampliar el acceso, considerando la alta prevalencia de obesidad a nivel mundial.

Además, estudios han demostrado que, al suspender el tratamiento, el peso perdido tiende a recuperarse con el tiempo, lo que refuerza la idea de que no se trata de soluciones definitivas, sino de herramientas que deben integrarse en estrategias de largo plazo.

Efectos adversos y riesgos del uso indiscriminado

Ensayos clínicos de gran escala han mostrado reducciones importantes tanto en la hemoglobina glicosilada, parámetro clave para el control de la diabetes, como en el peso corporal. Fármacos como la semaglutida o la tirzepatida han evidenciado pérdidas de peso cercanas al 15–20% tras tratamientos prolongados, cifras que representan un verdadero cambio de paradigma en el abordaje farmacológico de la obesidad.

“Estamos hablando de reducciones que no son marginales. Una persona de 100 kilos puede bajar alrededor de 20 kilos, lo que tiene implicancias profundas en su salud”, señala el académico. Este impacto explica por qué estos fármacos han sido denominados mediáticamente como la “droga de Hollywood”, debido a su rápida popularización fuera del ámbito clínico. Entre ellos, Ozempic se ha posicionado como uno de los más emblemáticos.

Sin embargo, los beneficios no están exentos de efectos adversos. Entre los más frecuentes se encuentran náuseas y vómitos, asociados a su acción central y al retraso del vaciamiento gástrico. Estos síntomas pueden persistir durante semanas o incluso meses, razón por la cual los tratamientos deben iniciarse con dosis bajas y aumentarse de forma progresiva. Existe además evidencia documentada de pérdida de masa muscular, incluyendo masa muscular cardíaca, lo que constituye una preocupación clínica relevante. A esto se suma el riesgo de pancreatitis, reportados tanto en pacientes con diabetes como en personas que utilizan estos fármacos exclusivamente para bajar de peso.

“El mayor problema es la automedicación”, expresa Riquelme. “Personas que no tienen obesidad mórbida ni diabetes, que ajustan dosis por su cuenta o acceden a recetas sin una evaluación real. No hay ningún fármaco que no sea potencialmente tóxico si se usa mal”.

No existe una receta única

Ensayos clínicos recientes, publicados en revistas de alto impacto como The New England Journal of Medicine, han mostrado que la semaglutida reduce de forma significativa la mortalidad cardiovascular, así como la incidencia de infarto y accidente cerebrovascular no fatal, incluso en personas sin diabetes, pero con obesidad y antecedentes cardiovasculares.

Estos resultados han sido reconocidos como un avance relevante en la medicina contemporánea. No obstante, el académico enfatiza que “aún se están estudiando los mecanismos exactos y los efectos a largo plazo, por lo que la constante vigilancia y evaluación científica es fundamental”. En ese orden de ideas, los agonistas GLP-1 se insertan en una historia más amplia de la farmacología, donde los medicamentos son herramientas que deben usarse con criterio, acompañamiento médico y una comprensión integral del problema.

“Reducir todo a una pastilla milagrosa o, por el contrario, a una simple ‘falta de voluntad’, es una simplificación injusta”, expresa.

Para el Prof. Jaime Riquelme, el mensaje final es claro: no existe una receta única: “La obesidad es un problema complejo, atravesado por factores biológicos, psicológicos, sociales y económicos. El tratamiento farmacológico puede ser una herramienta muy potente, pero solo cuando está bien indicado bajo supervisión médica y siempre acompañado de cambios en el estilo de vida y apoyo del entorno social”.

Asimismo, subraya la importancia de promover la autoaceptación y la no estigmatización. “Las personas deben ser valoradas y apreciadas por lo que son, no por su apariencia. La salud física y mental debe estar siempre por sobre los estándares sociales”.

La farmacología puede ayudar, pero no lo es todo. No existen fórmulas mágicas ni resultados instantáneos. Cualquier proceso serio requiere tiempo, información, acompañamiento profesional y una mirada integral del bienestar. Por ello, el desafío, señala el académico, está en avanzar hacia políticas públicas coherentes, entornos más saludables y una comprensión menos estigmatizante de la obesidad. “Así como ocurrió con el tabaco, los cambios culturales importan. La salud no es solo una decisión individual, también es una construcción social”, concluye.

GLP-1 en el tratamiento de la obesidad: entre la evidencia clínica y la construcción cultural del cuerpo