En agosto de 2012, Cecilia Giménez, vecina octogenaria de la localidad zaragozana de Borja y pintora aficionada, comentó a la mujer del sacristán del Santuario de la Misericordia que había intentado retocar el Ecce Homo, como había hecho en otras ocasiones, pero que esta vez «se le había ido de las manos». La pintura original, realizada en 1930 al óleo, por el pintor academicista Elías García Martínez, directamente sobre el muro seco y sin imprimación previa, se encontraba en condiciones lamentables, puesto que la humedad del muro había provocado el levantamiento de la capa pictórica, que se desprendía en escamas, dejando zonas blanqueadas por la pérdida de material. Sin embargo, en esta ocasión, a Cecilia se le había emborronado toda la superficie y, como tenía que marchar de viaje, decidió dejar la “reparación” a medias, a la espera de su regreso.

La pintura fue vista entonces, de esa guisa, por algunas personas del entorno del santuario y, a los pocos días, el Centro de Estudios Borgianos publicó, a modo de denuncia en su blog, una imagen comparativa de los dos momentos, quizá sin darse cuenta de que si bien la foto del “después” dejaba en evidencia la torpeza y la imprudencia de Cecilia, la del “antes” dejaba en evidencia la dejadez de instituciones como la suya. A los pocos días, cuando el Heraldo de Aragón difundió la noticia, se identificó públicamente a Cecilia como autora del repinte, se viralizó el suceso y saltó al trending topic mundial. Además de la cobertura nacional, el suceso pasó en cuestión de horas a ser recogido por el The New York Times, la BBC, Le Monde o The Guardian. Hasta el Financial Times le dedicó un editorial, haciendo un juego de palabras con “Ecce mono”. Pero la elevación de nuestro estropicio a icono pop de nuestro tiempo, llegó con el gag televisivo de Conan O’Brien, los memes de Paquirrín, los selfis, las parodias, las camisetas, los disfraces y demás merchandising. La historia llegó hasta Las Vegas, convertida en ópera, con libreto de Andrew Flack y música de Paul Fowler, a películas como Torrente 5, a la serie norteamericana Hacks o a juegos como Angry Birds. Walter Benjamin habría flipado al ver cómo una intervención puntual se volvía acontecimiento global en la era de la reproductibilidad y la circulación de internet.

No era la primera vez que Cecilia echaba una mano en el santuario al que acudía con frecuencia a rezar y pedir consuelo, porque se quedó viuda muy joven y tuvo que criar sola a dos hijos: uno que nació con parálisis cerebral y otro que murió de distrofia muscular cuando era todavía un chiquillo. Así que dedicaba parte de su tiempo al mantenimiento de las pinturas, a su manera, como Dios le daba a entender, a falta de mejores conocimientos técnicos. Pero ahora, la devota Cecilia sufría insultos, amenazas de cárcel y advertencias de multa. Cuenta su hermana que lloraba cada día, que perdió el apetito y la noción del tiempo, y que no quería salir de casa, presa del pánico y la ansiedad, hasta que más de 20 mil firmas indultaron su desaguisado. Incluso una agencia de publicidad la fichó como directora creativa para sublimar su extraño talento. En los días sucesivos se abrió un debate público entre restauradores, vecinos, expertos e instituciones sobre si debía eliminarse el repinte, conservarse o incluso mantener ambas imágenes, al tiempo que el santuario recibía una afluencia inédita de visitantes, con momentos de cierre para evitar desórdenes y avalanchas. El Ecce Homo de Cecilia ya era una obra autónoma como realidad material e institucional, de replicación masiva, con capacidad para generar interpretaciones y debates sobre patrimonio, autenticidad del arte o ridiculización en redes.

Pero si el Ecce Homo es un icono de nuestro tiempo, no es porque indultemos a Cecilia y demos por bueno su disparate, puesto que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, sino a pesar de ello. Reconocer que el Ecce Homo de Cecilia merece atención, no quiere decir que se justifiquen otras patadas que se han dado al patrimonio, como con el repintado kitsch del San Jorge de Estella en 2018 o el desacierto de la Inmaculada de Valencia de 2020. Son planos distintos porque aunque la intervención fuera un error, el icono surge por pura serendipia cuando se generan extrañamente significados e identificaciones que nos ayudan a entender el presente. Lo de Cecilia es irrepetible, porque aquello no se quedó en una restauración fallida, sino que fue una intervención en toda regla, art brut de manos de santa, un pintar derecho con renglones torcidos; un estropicio divino que elevó una imagen de manual a un icono pop de nuestro tiempo, de dioses emborronados y memes profanos. El valor de la imagen arruinada quedó desplazado por la ruina misma como nuevo objeto artístico, porque el Ecce Homo de Cecilia no se agota en el chiste, sino que se genera a través de sus parodias, como un espejo incómodo. Su rostro torpe y casi simiesco también es una autocrítica que ridiculiza el reconocimiento de la chapuza, señalando nuestra disposición a convertir el error en contenido, la compasión en trending topic y la burla en consumo compartido.

Foto: la-casa-de-los-gemelos-la-nueva-parada-de-los-monstruos

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Pero es que no deberíamos escandalizarnos por nuestro gusto deliberado por lo tosco, lo torcido e incluso nuestra fascinación por lo fallido, si pensamos en la admiración que nos produce la torre de Pisa gracias a unos constructores chapuceros, en la interpelación que según Rilke nos hacía el torso del Belvedere a cambiar de vida por sus retorcidas amputaciones o en la Victoria de Samotracia, cuya decapitación la hace más universal. Las obras extraordinarias no son necesariamente bellas, ni acabadas, ni a veces técnicamente impecables. La historia del arte está llena de obras que no aspiran a gustar o ni siquiera han sido creadas o resignificadas como tales por su autor, al modo del urinario de Duchamp. Lejos de todo eso, ocurre también cuando una imagen es tomada por sí misma, en deriva icónica cultural, porque el arte debería ser religioso y no sagrado, que religue a la gente, pero que no la someta, nada que no haya planteado antes deliberadamente Ai Weiwei, mal que nos pese, cuando rompe o pinta una jarra de la dinastía Han, contra la sacralidad de ciertos mitos, ya sean estéticos o políticos. El indulto a Cecilia, nos dice que hay algo que nos importa más que la sacralidad del arte, que un icono hecho un Cristo nos representa más que pensarnos a imagen y semejanza de un Dios perfecto. “He aquí el ser humano de hoy”: como una parodia de sí mismo.

Cecilia murió a los 94 años y por fin le habrá visto la cara a Dios. Es posible que se haya dado cuenta de que no se parece en nada al aspecto de su Ecce homo, pero tampoco al original de Elías García Martínez. El Ecce Homo de Cecilia, al cabo de diez años, había atraído ya a más de 300.000 visitantes a la localidad y generaba en torno a 50.000 euros anuales, gestionados por la Fundación Hospital Sancti Spiritus que sostiene el santuario y ayuda a ancianos y personas necesitadas en la residencia de Borja, en donde Cecilia vivió los últimos años junto a su hijo, querida por todos y sostenida por un milagro.

En agosto de 2012, Cecilia Giménez, vecina octogenaria de la localidad zaragozana de Borja y pintora aficionada, comentó a la mujer del sacristán del Santuario de la Misericordia que había intentado retocar el Ecce Homo, como había hecho en otras ocasiones, pero que esta vez «se le había ido de las manos». La pintura original, realizada en 1930 al óleo, por el pintor academicista Elías García Martínez, directamente sobre el muro seco y sin imprimación previa, se encontraba en condiciones lamentables, puesto que la humedad del muro había provocado el levantamiento de la capa pictórica, que se desprendía en escamas, dejando zonas blanqueadas por la pérdida de material. Sin embargo, en esta ocasión, a Cecilia se le había emborronado toda la superficie y, como tenía que marchar de viaje, decidió dejar la “reparación” a medias, a la espera de su regreso.