Hubo un tiempo, allá por los años 50 y 60, en el que España fue Hollywood. Y no solo Madrid, gracias a nombres como el del productor Samuel Bronston, sino también pequeños pueblos de Soria.

Lugares remotos, mágicos, que podían convertirse en la Rusia soviética de ‘Doctor Zhivago’, ese novelón de Boris Pasternak que un maestro del cine, David Lean, convirtió en un poema romántico; el relato de un médico poeta atrapado entre el amor de una esposa dócil y la complicada amante a la que quiere en silencio; el escritor que resulta incómodo a la Rusia imperial, pero también a la bolchevique que vendría después.

Póster de ‘Doctor Zhivago’. (CP)

Nadie sabe más de aquel lejano rodaje en tierras sorianas que Gerardo Blanco. La familia de José Antonio Andrés y su hijo Víctor nos ha guiado hasta este hombre que fue ATS (técnico sanitario) en la filmación y que, a sus 92 años, aún tiene en su memoria las docenas de extras, las cámaras entre pinares, el equipo técnico que trabajaba entre las vías del tren en la estación de San Leonardo de Yagüe o, por supuesto, la belleza de Yuri Zhivago y su amada Lara.

«Yo llegué al rodaje porque la compañía de la película tenía la obligación de llevar con ellos un médico y un practicante. Se lo solicitaban a los colegios nuestros, en este caso el Colegio Oficial de Soria, que nombraba a aquel que ellos creían más conveniente», nos cuenta.

Omar Shariff, Geraldine Chaplin y Julie Christie, el trío amoroso de la película. (CP)

Gerardo es lúcido y metódico a la hora de explicarnos cómo convivió, durante unas semanas, con estrellas como Omar Sharif, elegido por el propio David Lean para ser su Zhivago, Julie Christie, cuya expresiva mirada habla por sí misma en cada plano de la cinta, o Geraldine Chaplin, una de las personalidades extranjeras más queridas en nuestro país.

Una convivencia en la que, nos dice, se marcaban las distancias. «Cada uno llevaba su roulotte y toda la gente de los pueblos venía a verlos, pero nada más. Salían de allí y se iban a rodar. Íbamos a arroparlos para lo que fuese, pero no tenían contacto con nadie. Creo que incluso entre ellos tampoco, cada uno iba a su bola. Iban a hacer su trabajo y ahí quedaba todo».

Sharif y Christie, Yuri y Lara. (CP)

Recordemos que John Box, autor de la imaginativa dirección artística de la película, fue el que propuso España para recrear la Rusia de la Revolución, tras fallidos intentos de hacerlo en tierras suecas.

David Lean confiaba (y no era algo fácil, dada su exigencia) plenamente en él y gracias a ello en Madrid se levantaron, en pleno barrio de Canillas, las calles del Moscú de 1917, con un Kremlin de cartón piedra al fondo. Aquella fue una ocasión única para que los extras cantasen el himno socialista, ‘La Internacional’, en plena España franquista. Toda una ironía para un régimen que prohibía cualquier atisbo de color rojo en lo referente a la política.

La estepa rusa en Soria

Ya en Soria, el equipo filmó todos los momentos en los que Yuri y su familia, incluyendo su esposa Tonya, huyen en tren a la estepa rusa. La estación de San Leonardo de Yagüe, por ejemplo, sirvió de escenario para la secuencia en la que el doctor poeta se baja del tren y es capturado, fugazmente, por los bolcheviques.

La estación de San Leonardo, tal y como está hoy. (FOTO: V. Andrés)

«Se rodó en un edificio que era antes en la sala de espera, y la oficina donde estaba el jefe de estación. Allí, un chaval que era muy aficionado a las fotos, puso unas que recuerdan el rodaje. La estación ya no funciona. La línea Santander-Mediterráneo la anularon. El edificio se mantiene lo mismo que estaba siempre», nos cuenta Gerardo con cierta nostalgia.

Paneles que recuerdan el rodaje en San Leonardo. (FOTO: V. Andrés)

Otras secuencias, como la de Yuri y su querida Lara yendo a vivir esa especie de palacio de hielo en mitad de la nada, el único rincón donde su amor sobrevive a los «tiempos horribles para vivir», tal y como dice ella, se rodaron con temperaturas veraniegas. Contaron con la expectación de los lugareños, emocionados ante la aventura de ver tal despliegue de medios. No todos los días se veía algo así en la tierra de los torreznos y la costrada.

Yuri y su esposa Tonya, delante de la casa que más tarde se convertirá en un palacio de hielo, en pleno campo soriano. (Warner)

«Recuerdo la escena de él yendo en trineo en esa zona. Tuvo que repetirla varias veces y de varias formas. Cuando entran a la casa, cuando lo detienen, yo estaba allí. Tuvieron que fingir la nieve con una especie de sustancia blanca. Y, por los trucos del cine, parece que alrededor había grandes extensiones. Y no era así. Claro que hacía calor, era verano».

Pero, como nos cuenta Gerardo, no faltaban medios para solventar esos 38 grados de temperatura, filmar impresionantes panorámicas de manifestaciones bolcheviques o planificar campos nevados por las que serpenteaba uno de esos metafóricos trenes tan presentes en las películas de David Lean. Tampoco faltaba presupuesto para que los sanitarios trabajasen con todo lujo de comodidades.

«Teníamos una especie de tiendas de campaña y nos metíamos allí a tomarnos nuestro café o una Coca-Cola. Y no pagábamos nunca nada de nada. Había máquinas también. Jugábamos a las cartas durante las horas de rodaje si no teníamos nada que hacer. Eso sí, todos los días se nos pagaba al final de la jornada».

Un pequeño accidente

Hubo un día en el que los técnicos sanitarios sí tuvieron que acometer un trabajo delicado. Sucedió cuando Lilí Murati, en la película una pobre madre que lucha por subir al tren con un bebé, se cayó a las vías del tren. Aunque el accidente no fue a mayores, sí supuso un susto para todo el equipo. «No estaba yo en ese momento, pero tropezó. Si uno iba corriendo por la piedra que dejaban al lado de la vía, se caía. Pues ella tropezó y cayó. Pero nada, solo fueron unas pequeñas lesiones», nos cuenta Gerardo.

Una estación soriana, transformada para la película. (Warner)

Una vez finalizado el rodaje, Lean y su tropa se marcharon de San Leonardo de Yagüe, de Candilichera y de los pueblos de alrededor. Pero siempre dejaron una huella indeleble en personas como él, que también participó en rodajes como el de ‘Curro Jiménez’ y, con los años, se dedicó a cosas bastante alejadas del cine. «También tengo el título de maestro y era lo que entonces llamábamos comadrón. Me dijeron que iba a hacer los partos, todos los de por aquí. Dos mil y pico chicos tengo registrados. Niños que los he ayudado yo a nacer», señala.

Zhivago y Lara, en su refugio nevado. (Warner) «No es Rusia, es Soria»

Para este veterano de la sanidad, ‘Doctor Zhivago’ es «el verdadero cine». La ha visto numerosas veces y sabe que, como reza el tópico, ya no se hacen películas así.

Una sensación que ha revivido cada vez que volvía a ella. Por ejemplo, cuando se sentó en una sala de Madrid que reponía el clásico: «Estábamos mi señora y yo viendo la película y había unas personas junto a nosotros. Les escuchamos hablar de lo bonita que era Rusia. Decían: “Fíjate que bosques tiene Rusia”. Y yo les contesté: “Perdón, pero eso no es Rusia, es Soria. Esto es un pueblo donde rodaron, un sitio al que le llaman Pinar Grande, y esos son los pilares de San Leonardo. Y en principio no me creían, claro”, comenta divertido.

Sharif, en uno de los momentos más tensos de la película. (Warner)

Algunos de los momentos de mayor belleza de esta película eterna, que acaba de cumplir 60 años, se producen cuando nos muestran por qué Yuri, aparte de médico, es un artista de las letras, alguien con una sensibilidad especial y ajena a los tiempos convulsos que le ha tocado vivir.

Lo vemos como espectadores cuando, al principio del film, es un niño y, durante el entierro de su madre, observa el sigiloso caer de las hojas de unos árboles; la belleza en mitad de la tragedia vista por unos ojos que no miran de cualquier forma. O cuando se sale del tren que los lleva a él y a los suyos a la estepa y observa, embelesado, el sol que se filtra por las ramas; la luz en mitad de las tinieblas de un invierno de guerra y crueldad.

Pocos saben, sin embargo, que aquella también era la luz de los pinares de una Soria que conserva, silenciosa y discreta, el recuerdo de un rodaje que hizo historia.