El 21 de diciembre de 1940, mientras Europa se desangraba en la Segunda Guerra Mundial y con París ocupada por la Alemania nazi, en la capital francesa se cerraba un acuerdo que poco tenía que ver con el conflicto que asolaba el continente. Lejos de las habituales negociaciones diplomáticas o militares de la época, representantes de los gobiernos de Franco y del mariscal Pétain rubricaban un pacto que abría el camino para el regreso a España de un conjunto excepcional de piezas artísticas y arqueológicas entre las que se encontraba un selecto grupo de obras de la cultura ibérica. La Dama de Elche entre ellas.
El embajador alemán en Madrid, Hans-Heinrich Dieckhoff (segundo a la izquierda) y el ministro español de Educación José Ibáñez Martín (primero a la izquierda) contemplan la Dama de Elche en el Museo del Prado, en 1944Dominio público
Pero ¿qué es lo que hacían en Francia unas piezas tan emblemáticas de la historia peninsular? Para responder a esta pregunta debemos viajar a la segunda mitad del siglo XIX, cuando España carecía de una legislación que protegiera el patrimonio propio. Fue entonces cuando comenzaron a excavarse varios yacimientos ibéricos en diferentes territorios peninsulares.
En ellos se hallaron multitud de piezas pertenecientes a una cultura en aquel momento todavía poco conocida. Su singularidad despertó un especial interés entre hispanistas y arqueólogos franceses, quienes, con el apoyo de su gobierno, adquirieron y trasladaron a su país algunas de las más valiosas.
La fascinación por esta cultura en la Francia de principios del siglo XX llegó a ser tal que el propio Museo del Louvre, donde se depositó una parte sustancial de ellas, inauguró en 1904 una sala específica destinada al arte ibérico.
En 1941 llegaron a nuestro país 36 cajas procedentes del Louvre con obras muy relevantes. Sin embargo, el acuerdo firmado el año anterior no implicaba la restitución de todas las piezas que habían salido décadas atrás. De hecho, en la actualidad permanecen en la colección francesa “321 esculturas, bronces y cerámicas” de la cultura ibérica, según explica a Historia y Vida Alicia Rodero, conservadora jefe del departamento de Protohistoria y Colonizaciones del Museo Arqueológico Nacional.
Diez piezas del Louvre, por primera vez en Madrid
Ahora, y hasta el próximo 10 de mayo, la exposición ‘Diálogos de escultura ibérica. El Museo del Louvre en el Museo Arqueológico Nacional’ ofrece una oportunidad excepcional para contemplar en el museo español diez de esas esculturas que nunca habían regresado a nuestro país. Presentadas en diálogo con otras obras hermanas de la colección del Museo Arqueológico, la selección de las piezas responde a un criterio muy sencillo, reconoce Rodero, quien es también una de las comisarias de la muestra. “Las que han venido son las más importantes”, señala con rotundidad.
La exposición propicia el reencuentro de series, parejas y conjuntos escultóricos en el mismo lugar, algo que no había ocurrido desde fueron exhibidas en París hace casi un siglo. Esta reunión permite obtener una visión mucho más completa de una de las expresiones artísticas de mayor valor de la protohistoria peninsular: la escultura ibérica en piedra.
Presentación de la exposición ‘Diálogos de escultura ibérica. El Museo del Louvre en el Museo Arqueológico Nacional’Museo Arqueológico Nacional. Foto: Alejandro Rubio Grueso
Para los especialistas, la relevancia de esta exposición es doble, tal y como observa Rodero. Por un lado, constituye un espacio excepcional para el análisis comparativo y el estudio de obras que durante décadas han permanecido separadas. Al mismo tiempo, la comisaria añade una dimensión más difícil de medir, pero no menos relevante, la extraordinaria “emoción por verlas juntas”.
Las piezas que integran la exposición proceden de diferentes excavaciones realizadas a finales del siglo XIX y principios del XX en los yacimientos del Cerro de los Santos (Albacete), Osuna (Sevilla), el Llano de la Consolación (Montealegre del Castillo, Albacete) o Agost (Alicante). Los hallazgos realizados en estos enclaves fueron decisivos para forjar el conocimiento de la que puede considerarse como “la primera gran cultura peninsular que desarrolla la escultura como arte”, señala Rodero.
Y es precisamente en ese uso consciente de la escultura donde radica su importancia. En la capacidad de estos pueblos prerromanos para utilizar la escultura “como expresión de un diálogo entre vivos y muertos; un diálogo entre humanos y divinidades, en ocasiones ayudados por los seres fantásticos”, apunta la conservadora.
El estudio de estas obras revela una realidad compleja, vinculada a otras culturas coetáneas. Entre los siglos VI y II a. C., explica Rodero a Historia y Vida, “existía un importante comercio en rutas del Mediterráneo”. A partir del mismo, continúa, “se intercambiaban enseres, objetos de prestigio, materias primas o ideas con Grecia o con Cartago, por ejemplo”.
Acompañantes en el camino entre la vida y la muerte
La importancia de todas las piezas reunidas gracias a la colaboración del Louvre y el MAN salta a la vista. Resulta especialmente interesante acercarse a ellas para conocer los rituales de los pueblos ibéricos y su relación con la muerte. No en vano, el germen de la sociedad ibérica en el siglo VI a. C. tiene mucho que ver con nuevas creencias que se materializan en ritos como la cremación de los cuerpos tras la muerte. En aquellas necrópolis que fueron excavadas muchos siglos después, habían sido enterrados los huesos quemados, las ofrendas y los objetos personales de los difuntos.
Y ahí, en el paso de la vida a la muerte, es donde aparecen unos seres híbridos, con rasgos humanos y animales, que ejercen de acompañantes del fallecido hasta el más allá y protectores de sus tumbas. Entre estas representaciones destacan las esfinges, también presentes en otras culturas de la antigüedad, como la egipcia o la de Oriente Próximo. Como podemos ver en la exposición del Museo Arqueológico Nacional, lo están también en la ibérica.
Esfinges de El Salobral (Louvre y MAN)Museo Arqueológico Nacional. Foto: Alejandro Rubio Grueso
En 1901 se hallaron en el yacimiento del Salobral dos de las esfinges que hoy dialogan entre sí en el museo madrileño, una de las cuales procede del Louvre y la otra de la colección del Arqueológico. Concebidas probablemente como una pareja complementaria, todo hace indicar que habrían formado parte de algún tipo de edificación funeraria. En ellas resalta la preponderancia concedida a su cuerpo de león, especialmente a su grueso cuello y a sus largas garras.
También se reúnen por primera vez dos esfinges descubiertas en 1893 en el yacimiento de Agost, en Alicante. En este caso no parece que constituyeran una pareja, ya que las dos miran hacia la izquierda. Procedente también una de ellas de la colección del Louvre, conservan largas alas, cuerpo de león y presentan una influencia griega evidente.
Entre la guerra y la muerte
Los ritos funerarios se manifiestan también en algunas de las obras surgidas de las excavaciones realizadas en el yacimiento de Osuna en los primeros años del siglo XX. Los relieves en piedra de dos jóvenes guerreros provenientes del Louvre se integran a la perfección con los que se hallan en la colección permanente del MAN, ampliando la visión de las procesiones rituales para los que fueron creados en torno a los siglos III y II a. C. Los personajes representan escenas de ofrenda y combate que servían para honrar al difunto.
De Osuna proceden igualmente cuatro piezas muy diferentes a las anteriores, dos toros y dos carneros que fueron encontrados en las proximidades de las murallas de la localidad y que están fechados entre los siglos IV a. C. y II a. C. Tallados en un bloque de piedra caliza, debieron de formar parte de estructuras monumentales hoy difíciles de identificar.
Toros de Osuna (Louvre y MAN)Museo Arqueológico Nacional. Foto: Alejandro Rubio Grueso
Las piezas robadas que inspiraron y fueron propiedad del joven Picasso
Ahora bien, sería injusto pasar por alto la representación de bustos humanos en piedra en la cultura ibérica. De la colección del Louvre destaca una cabeza masculina hallada en las excavaciones del yacimiento de El Llano de la Consolación, adquirida y trasladada al museo parisino en el año 1891.
Y si hay dos piezas que despiertan una especial atención en la presente muestra, estas son una cabeza femenina y una cabeza masculina encontradas en el santuario del Cerro de los Santos. Lo hacen, indudablemente, por su valor histórico y artístico. Pero, sobre todo, por la historia que las rodea desde su llegada a París.
Cabezas Cerro de los Santos (Louvre y MAN)Museo Arqueológico Nacional. Foto: Alejandro Rubio Grueso
Señalábamos antes la fascinación que había despertado el arte ibérico a finales del siglo XIX en los ambientes arqueológicos. Pues esa misma fascinación se extendió también por los círculos artísticos de vanguardia, que encontraron en la nueva sala ibérica del Museo del Louvre una fuente de inspiración. Precisamente, una figura muy conectada con aquellos ambientes vanguardistas, Géry Piéret, secretario del escritor Guillaume Apollinaire, robó estas dos esculturas en la propia sala ibérica del museo parisino.
Poco después del robo, Piéret las ofreció a Pablo Picasso, quien compró la cabeza femenina. El secretario de Apollinaire, por su parte, regaló la otra al malagueño. Una y otra pasaron, pues, a formar parte de la colección particular de un artista que se hallaba en un momento de febril creatividad e intensa experimentación formal. La huella del arte ibérico es evidente en muchas de sus obras de esta etapa. Basta observar, por ejemplo, Las señoritas de Avignon para comprobarlo. En las piezas del joven Picasso de estos años aparecen rasgos como las orejas prominentes, los párpados marcados o los grandes mechones de cabello esquematizados que encontramos en las piezas del Louvre.
Pero volvamos al presente. La exposición supone una oportunidad única para encontrarse con las grandes obras maestras de un arte poco conocido más allá de la Dama de Elche. Y decimos única con conocimiento de causa. En Historia y Vida le hemos preguntado a Alicia Rodero si están previstos nuevos intercambios entre museos o que alguna de las piezas de la colección española viaje a París. La respuesta es contundente: “De momento, no”. Así que, hoy por hoy, solo tenemos hasta el 10 de mayo para disfrutar de lo que es, repetimos, una oportunidad única.