Siempre ha sabido que es artista. De pequeño, José Luis Barquero pedía que le regalaran libros de diseño, y en primaria ya leía algunos sobre Hitchcock y Ray Harryhausen. Tenía un universo particular y anhelaba cierta fantasía, cierto misterio. “En la adolescencia lo apartas un poco porque quieres encajar», dice. Pero luego estudió bachillerato artístico y profundizó en la capacidad de crear evocando otros mundos. La National Gallery y el Museo del Prado son muy importantes para él.
La pintura siempre ha estado ahí. Explica que, cuando pintas, estás tú solo tomando decisiones y hay mucho margen de error y de sorpresa. No es que le guste más Zurbarán que Pollock o Rothko, pero su necesidad de expresión se materializa a través de referentes clásicos. Mayor de cuatro hermanos, con dieciocho años fue a Londres, y en Whitechapel, donde vivía, se sintió como Alicia en el País de las Maravillas. Allí forjó su personalidad a partir de la deconstrucción de su yo anterior. Cuenta que en nuestro contexto no te programan para ser artista, pero en Londres todo el mundo decía “This is so inspiring!”, todo gira alrededor del arte: la Tate, el Britain, el National, irrumpen en el funcionamiento mismo de la ciudad.
En el 2023, desafió el establishment con una muestra en una nave madrileña el día que abría la feria Arco
Hacía shows con amigos en estudios compartidos o en espacios singulares de Madrid y Barcelona. Se encargaba de la convocatoria, del póster, las invitaciones, y trabajó en una agencia de comunicación para poder pagarlo. Era su modus operandi hasta que en 2025 lo fichó la Galeria Mayoral, donde mañana se inaugura la colectiva Transnarcís, comisariada por Gabriel Ventura, y en la que participa junto a nombres como Dalí, Haring, Miró, Picabia o Albert Serra.
En 2023, Barquero desafió al establishment –«que lo tritura todo»– con la exposición Éxodo en una nave madrileña el mismo jueves que se inauguraba Arco. Fue un éxito. Un éxito que él se toma como un juego. Le resulta interesante formar parte de un ecosistema, pero hay que ser coherente con la libertad creativa y saber dónde están los límites.
Un detalle de lo que se lleva entre manos el artista Àlex Garcia / Propias
Con veintiocho años, sus cuadros están en las casas de Carmen Thyssen, de Palomo Spain, de Los Javis. Tener buena acogida y un cierto impacto tras mucha dedicación se agradece y cierra un ciclo, explica: “El sentido de pintar algo es que al final haya alguien mirándolo”. Sin embargo, apunta que “el capital se filtra por todos los poros, estamos muy contaminados, y creo que mi trabajo es buscar un espacio de consciencia: vale, estoy presente, las cosas me afectan, no estoy muerto”.
Dice que pintar es una realidad desplazada: «Yo estoy aquí ahora, y estoy donde me llevan la intuición y el trazo; es un estado casi meditativo». Ignora lo que va a suceder: la imagen se revela, y si quiere forzarla o dominarla, el cuadro no funciona. La mayor parte del tiempo, la disciplina consiste en enfrentarse al lienzo y al silencio. A veces con dos horas tiene suficiente, otras necesita cinco, otras no le basta con nada, “te está superando y debes tomar distancia». Entonces va a un gimnasio próximo a su estudio, en l’Hospitalet de Llobregat; «el deporte me coloca en el sitio donde tengo que estar». También le permite rebajar el ruido del que es imposible escapar cuando la pantalla nos acompaña a todas partes y nos bombardea permanentemente.
Se levanta entre las siete y las ocho de la mañana, desayuna unas tostadas (está dejando el café) y pinta. Pero pintar no solo es pintar, también es coger un libro (el ensayo ayuda a articular o a tener una mirada a contrapelo de un proyecto), o fotografía el cuadro en el que esté trabajando con el móvil, “porque vemos la vida a través de los móviles y las cosas se ven diferentes a diferente escala; todo ayuda a completar el lenguaje y forma parte del proceso”.
Se ha abusado tanto de la imagen que su valor está saturado y no nos afecta, subraya. Por eso su obra es tan visceral, porque reivindica la complejidad de la pintura, del lienzo, del olio; es un modo de tocar materia y mancharse, algo imposible en la pantalla. Es muy fetichista de los libros, “un concepto muy fuerte”, son presencias que siente y de las que se rodea; tiene montañas de ellos junto a la cama. Lee siempre que puede: en el AVE, mientras pinta, de viaje a París, antes de dormir. Como artista, su intención es asentar unos pilares fuertes y liarla: “O sea, vas a muerte, vas con todo, y a pasártelo bien”.
El presente
Dónde vive
Solo, en su estudio, en l’Hospitalet de Llobregat.
Vacaciones
Es mucho de montaña y conecta con el Pirineo Aragonés.
Primer sueldo
En una agencia de branding y comunicación de Barcelona.
Una recomendación
Hacer deporte, “es lo mejor del mundo”.
Algunas pasiones
Editoriales como Atalanta o Wunderkammer le parecen proyectos emocionantes. Mariana Enríquez lo fascina, “es una bestia, me obsesiona, ¿pero a quién no?”. Michel Houellebecq lo vuelve loco. Le encantan Joseph Campbell, Mircea Eliade, Angélica Liddell, “Béla Tarr y Tarkovski me inspiran todo”.
Un clásico
‘Viaje a Italia’de Roberto Rossellini (1954).
Uno moderno
‘Fairytale’, de Alexánder Sokúrov (2022).
Redes sociales
Tiene una relación bastante sana con Instagram, “es una herramienta interesante porque sirve como base de datos, es otra forma de comunicación y hace de agenda”. Se porta bien y no le quita el sueño. Lo utiliza para el trabajo, publicando los cuadros y cosas que puedan ser de interés.