El nuevo melodrama de Jim Jarmusch es una serie de viñetas sobre las relaciones de padres, hijos y hermanos. Todas ellas se unen por una incomunicación total.
Si existe un tema clave en el cine de ese eterno indie que es Jim Jarmusch es la idea del extraño en un entorno hostil. Este tema recorre su cinta inicial más célebre, Stranger Than Paradise del 84, para pasar por la comercial Dead Man (1995, producida por los caídos hermanos Weinstein) y aterrizar en su magnífica -quizá su mejor película- Broken Flowers de 2005.
En esta las relaciones rotas sirven para desarrollar un magnífico ensayo fílmico de cómo todos nos sentimos a propósito de los amores pasados y sus reencuentros fortuitos. Alejado Jarmusch (¿o quizá no?) de estos temas domésticos en sus últimos ejercicios de género, Only Lovers Left Alive y The Dead Don’t Die de 2013 a 2019, este notable melodrama en clave menor titulado Father Mother Sister Brother es una recuperación completa de los grandes temas del director norteamericano.
Ahora el nudo no es tanto la recuperación del diálogo imposible con una ex pareja, sino la vuelta al vientre materno a través de tres historias apenadas. En todas ellas los hijos se enfrentan a sus padres a través de silencios, gestos de desaprobación y una notable falta de emociones que puede resultar marciana para la familia siciliana (¡o valenciana!) tipo.
La primera historia, la más bufonesca, confronta a un envejecido Tom Waits contra unos hijos yuppies que no pueden entrar en el mundo desarrapado y cínico de su padre “jipioso”. ¿O quizá lo está fingiendo? Sátira del abuelo indie jubilado, tahúr eterno en artículo plagado de frases subordinadas “made in Rockdelux”, su disfraz es tan convincente que llega a engañar al espectador hasta los últimos minutos.
La segunda historia, drama de clase en Dublín, traslada el espejo hierático de los hijos de la anterior narración a la madre: una prodigiosa Charlotte Rampling como escrita de éxito y esnob de mayor suceso. Este segmento es absolutamente memorable; una magnífica imitación del drama de clase británico, con unas estupendas Cate Blanchett y Vicky Krieps junto a Rampling en un escenario propio de Thackeray. Pocas veces un director norteamericano como Jarmusch, encima de la rural Ohio, ha logrado captar ese espíritu de clase de las islas británicas.
La parte más conmovedora, con todo, es la tercera pieza que protagonizan los mestizos Luka Sabbat e Indya Moore donde se enfrentan a una charla pendiente con unos padres muertos. Nostalgia en un París frío, es la única de las tres historias donde el afecto es real, aunque sea solo entre hermanos. Construida en espacios en blanco (la ventana, la casa sin muebles, etc.), solo el plano final que no revelaremos ofrece la llave de lo que cargan encima estos hermanos tan bien avenidos.
El filme, en definitiva, es un estudio inteligente sobre las relaciones y sería suficiente como melodrama bien afinado. El ingrediente extra, lo que convierte este trío de celuloide en estupendo, son los juegos maliciosos y freudianos con los objetos y alimentos: ahí están los planos cenitales sobre la comida, el chiste sobre el Rolex y las discusiones sobre el agua que ejercen de metáforas muy perversas, casi hitchcockianas, sobre las relaciones de los personajes.
Excelentemente filmada, un estudio de miradas y gestos ya casi imposible de ver de los 2000 para acá, es todo un triunfo de Jarmusch que se crece en estas pequeñas historias mucho más que en sus ejercicios de género. En ese sentido, incluso las espantosas transparencias de los diálogos en el coche de cada narración parecen estar inspiradas en el genio del suspense inglés: juegan con esa idea del aislamiento de los vástagos respecto a unos padres ausentes.
Como recordatorio para espectadores no tan atentos a estas metáforas sin fin, siempre quedaran los “skater” en las tres historias. Estos son la “hierba que no se puede arrancar” (cita de Adam Driver en la cinta) que ejerce de parábola a cámara lenta de cómo ven muchos hijos a sus padres.