Durante décadas, el sistema internacional no se sostuvo únicamente sobre tratados, instituciones o equilibrios de poder. Funcionó porque existía una expectativa compartida —a menudo implícita— de que el marco común merecía ser preservado incluso cuando hacerlo resultaba incómodo, costoso o contradictorio. Esa expectativa no eliminaba conflictos ni incoherencias, pero introducía un umbral: había comportamientos que se evitaban no porque fueran imposibles, sino porque cruzarlos tenía un coste político y estratégico que no compensaba.
«EE. UU. siempre ha tenido contradicciones e instrumentalizado normas. Lo nuevo es que deja de comportarse y de hablar como si la preservación del marco común fuera parte de su interés estructural»
Ese umbral está desapareciendo. Y, con él, la idea de que contenerse siga siendo racional. El memorando presidencial aprobado recientemente por la Casa Blanca, que ordena iniciar procesos de retirada de Estados Unidos de organizaciones, tratados y convenciones internacionales considerados contrarios a sus intereses, no inaugura una ruptura repentina ni clausura formalmente el multilateralismo. Lo que hace es más perturbador. Formaliza una relación distinta de Washington con el sistema: menos basada en su mantenimiento y más orientada a una lógica selectiva, condicional y explícitamente transaccional. No todas las retiradas se han materializado, pero el gesto ya opera como señal. Y en sistemas complejos, las señales alteran comportamientos antes incluso de producir efectos jurídicos plenos.
Conviene ser claros. Estados Unidos siempre ha actuado con contradicciones y ha instrumentalizado normas. Lo verdaderamente nuevo es que deja de comportarse y de hablar como si la preservación del marco común siguiera siendo parte de su interés estructural. Cuando el actor central abandona ese gesto, la contención deja de ser el punto de partida para el resto. Las normas no desaparecen, pero dejan de ser el suelo compartido y se vuelven negociables, dependientes del contexto y del equilibrio momentáneo de fuerzas.
Cooperación frente al desorden
Desde 1945, el poder estadounidense estuvo ligado a una intuición estratégica elemental: la estabilidad del entorno internacional no era una concesión moral, sino una condición de posibilidad para su propia seguridad y proyección. El multilateralismo no fue altruismo, sino infraestructura. Un conjunto de mecanismos —imperfectos y a menudo frustrantes— que reducían incertidumbre, canalizaban disputas y distribuían riesgos que, de otro modo, habrían recaído de forma desproporcionada sobre el actor central. La gran lección de la posguerra fue también cognitiva: la interiorización del coste del desorden como un problema compartido.
«La salida de la OMS, el PMA o ACNUR no es simbólica: afecta a la capacidad de anticipar pandemias, sostener corredores humanitarios o proteger a poblaciones desplazadas»
Esa interiorización se está erosionando. Lo que sigue rara vez es un colapso inmediato. Es una pérdida progresiva de control. Allí donde antes existían referencias comunes y amortiguadores colectivos, las decisiones se toman con mayor margen para el error y menor capacidad de corrección. El problema no es la ausencia de respuesta, sino la pérdida de eficacia y previsibilidad en la gestión del riesgo. Estas dinámicas ya están alterando la forma en que las sociedades afrontan crisis reales. Cuando la cooperación pierde densidad, las respuestas llegan más tarde, cuestan más y protegen menos. No porque falten capacidades materiales, sino porque faltan marcos estables que permitan anticipar, repartir costes y corregir errores a tiempo. Dicho de forma directa: cuando algo falla, hay menos red y menos margen para corregirlo antes de que se convierta en daño.
No se trata de un daño difuso. Cuando Estados Unidos activa su retirada —o la amenaza creíble de hacerlo— de organizaciones con mandatos concretos, los efectos son inmediatos. La salida de marcos como la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Programa Mundial de Alimentos (PMA) o el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) no es simbólica: afecta a la capacidad de anticipar pandemias, sostener corredores humanitarios o proteger a poblaciones desplazadas. Son infraestructuras de gestión del riesgo que, sin el respaldo financiero y político del principal contribuyente, pierden alcance, velocidad y capacidad de reacción.
¿Una salida de la ONU?
La retirada de Estados Unidos de la Organización de las Naciones Unidas supondría un salto cualitativo adicional: desaparece el último espacio universal de contención política. Cuando ese foro pierde centralidad, las decisiones no se democratizan; se desplazan a marcos informales, opacos y crecientemente dominados por la correlación inmediata de fuerzas. Por eso este giro no afecta solo a quienes viven en contextos de fragilidad extrema. Los efectos son asimétricos —llegan antes y golpean con más fuerza a quienes tienen menos margen—, pero alcanzan también a sociedades que durante años asumieron que el sistema, con todas sus imperfecciones, acabaría funcionando. No es geopolítica lejana: es la diferencia entre tener una red cuando algo falla o no tenerla.
En este escenario, la centralidad estadounidense persiste, pero se vuelve más errática. Se mantiene la expectativa de influencia cuando los intereses lo exigen, pero se reduce la disposición a sostener los mecanismos que hacían esa influencia funcionalmente preferible a la alternativa. El liderazgo no desaparece; pierde previsibilidad. Y cuando la previsibilidad se erosiona, el sistema se vuelve más propenso a la prueba constante de límites, también por parte de actores dispuestos a explotar activamente esa retirada de referencias comunes.
«Hay actores que ganan margen no porque ofrezcan un orden alternativo más estable, sino porque operan con mayor libertad en un entorno donde las reglas pierden densidad y la penalización se vuelve incierta»
Este proceso no ocurre en el vacío. Hay actores que ganan margen precisamente cuando el garante se retira: no porque ofrezcan un orden alternativo más estable, sino porque operan con mayor libertad en un entorno donde las reglas pierden densidad y la penalización se vuelve incierta. Para otros actores, cuya proyección depende menos del poder bruto y más de la estabilidad de esos marcos, la degradación del entorno no es un ajuste táctico. Es una restricción real de margen. La Unión Europea ha construido buena parte de su influencia sobre la interdependencia regulada. Hoy depende de un sistema que no está preparada para sostener por sí sola, cuya erosión lamenta y del que, sin embargo, no puede prescindir sin asumir un coste estratégico mayor.
Conviene ser precisos también en un punto central. La crítica no es a la necesidad de reformar el sistema. El reparto de cargas era insostenible y muchas instituciones requerían ajustes profundos. Una condicionalidad dura, orientada a reequilibrar responsabilidades sin desmantelar el marco, habría sido una vía legítima. El salto cualitativo se produce cuando el sistema comienza a tratarse como prescindible, como si pudiera ser sustituido por una suma de decisiones nacionales descoordinadas sin costes sistémicos apreciables. La experiencia histórica sugiere lo contrario.
La renuncia al papel de garante
Lo que estamos viendo no es una erosión impersonal del orden internacional, sino una decisión política identificable. Estados Unidos no está corrigiendo una institución concreta ni renegociando un tratado específico. Está activando su retirada —o la amenaza creíble de retirada— de una constelación de organizaciones y marcos que, con todas sus limitaciones, han permitido durante décadas contener escaladas, abrir canales de gestión y reducir el coste humano del desorden global. La diferencia con fases anteriores no es la incoherencia ni la hipocresía. Es el abandono explícito del papel de garante. Al hacerlo, Washington no solo reduce su propia implicación: retira la referencia que hacía racional para otros contenerse, esperar o asumir costes en nombre de una estabilidad compartida.
«El resultado no es un mundo más libre ni más soberano, ni una América más grande. Es un mundo con menos frenos, más errores y menos tiempo para corregirlos»
Ese vacío no es neutro. Cuando Estados Unidos se retira de determinadas instituciones, muchas de ellas dejan de ser financieramente sostenibles o políticamente operativas. Las consecuencias no se distribuyen de forma abstracta ni simétrica, sino que se traducen en ayuda humanitaria que no llega, en sistemas de alerta que no se activan, en poblaciones expuestas a fenómenos extremos sin capacidad real de protección, en refugiados que quedan fuera de redes mínimas de asistencia. En muchos casos, los efectos son inmediatos y difíciles de revertir.
El resultado no es un mundo más libre ni más soberano, ni una América más grande. Es un mundo con menos frenos, más errores y menos tiempo para corregirlos. Un mundo que no se rompe de golpe, pero que deja de proteger. Y eso, antes o después, alcanza también a quienes creyeron poder apartarse de la arquitectura que durante décadas convirtió poder en estabilidad.