El fenómeno político conocido como chavismo constituye uno de los procesos de reconfiguración estatal más profundos y controvertidos de la historia contemporánea de América Latina.

Definido como un movimiento cívico-militar de orientación socialista y bolivariana, ha gobernado Venezuela de forma ininterrumpida desde febrero de 1999. El chavismo logró trascender la figura de su fundador, Hugo Chávez, para convertirse en una estructura de poder hegemónica.

Su trayectoria se divide en etapas marcadas por el colapso del orden tradicional, la refundación institucional y una fase terminal de resistencia que ha desembocado en la crisis sistémica de enero de 2026.

Génesis y colapso del orden puntofijista

Para comprender el ascenso del chavismo es imperativo analizar el agotamiento del Pacto de Puntofijo, el acuerdo de gobernabilidad firmado entre los partidos Acción Democrática (socialdemócrata) y COPEI (demócratacristiano) en 1958, tras la caída de la dictadura militar del general Marcos Pérez Jiménez.

Con este pacto, se estableció un sistema bipartidista que durante años garantizó la estabilidad pero que acabó siendo un modelo excluyente. A finales de los años 80, la caída de los precios del petróleo y una deuda externa insostenible forzaron al presidente Carlos Andrés Pérez (socialdemócrata), nada más comenzar su segundo mandato, a implementar el Gran Viraje, un programa de ajustes supervisado por el FMI.

Este paquete económico fue la causa primordial de que, el 27 de febrero de 1989, se produjese el Caracazo, un estallido social masivo en la capital del país y sus zonas aledañas, que fue reprimido brutalmente por el ejército. Aunque el saldo oficial fue de 276 muertos, estimaciones extraoficiales hablan de más de 3 000.

Saqueos y disturbios en Caracas en febrero de 1989 tras las medidas impuestas por el gobierno venezolano a instancias del FMI.
Jose Angel Murillo V/Shutterstock

Este suceso actuó como un catalizador ético para un grupo de oficiales jóvenes, que sentían que el ejército era usado injustamente contra el pueblo. En este entorno, la logia militar MBR-200, fundada en 1982 bajo el Samán de Güere (un árbol histórico y tricentenario), aceleró sus planes de derrocamiento. La base ideológica del movimiento se llamó el árbol de las tres raíces. Así lo explicaba el propio Chávez en una entrevista concedida en 2005:

“Consiste en la raíz bolivariana (su planteamiento de igualdad y libertad, y su visión geopolítica de integración de América Latina); la raíz zamorana (por Ezequiel Zamora, el general del pueblo soberano y de la unidad cívico-militar) y la raíz robinsoniana (por Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, el Robinson, el sabio de la educación popular, la libertad y la igualdad). Este ’árbol de las tres raíces’ dio sustancia ideológica a nuestro movimiento…”.

La insurgencia de 1992 y el camino al poder

El 4 de febrero de 1992, el teniente coronel Hugo Chávez lideró un intento de golpe de Estado contra el presidente Pérez. Aunque fracasó militarmente, su asunción pública de la responsabilidad y su frase “por ahora” lo catapultaron como un mito político y una esperanza de cambio. Tras dos años en prisión, el presidente Rafael Caldera ordenó en 1994 el sobreseimiento de la causa contra él como parte de una política de pacificación del país.

Declaraciones de Chávez tras el fracaso de la intentona de golpe del 2 de febrero de 1992. Fuente: CENDES Venezuela.

Chávez abandonó la vía armada y fundó el Movimiento V República (MVR) para participar en las elecciones de 1998. Con una campaña centrada en la erradicación de la corrupción y la pobreza –que afectaba al 85 % de los hogares– ganó la presidencia el 6 de diciembre de 1998 con el 56,2 % de los votos. Su primer acto en el Gobierno fue convocar una Asamblea Nacional Constituyente, aprobada en 1999 por el 88 % de los votantes, para refundar el Estado bajo una nueva Constitución, que renombró al país como República Bolivariana de Venezuela.

Del chavismo carismático al régimen de supervivencia

El Universal, Caracas, 9 de diciembre de 2015.
Fuente: Kiosco.net, Author provided (no reuse)

La muerte de Chávez, en 2013, marcó un punto de inflexión. Nicolás Maduro heredó el poder sin el carisma ni la legitimidad de su antecesor. A partir de entonces, el chavismo dejó de ser un proyecto ideológico expansivo y se transformó en un régimen de supervivencia, cada vez más dependiente de la coerción y del control institucional.

El quiebre definitivo ocurrió en 2015, cuando la oposición, cohesionada bajo lo que se conoció como la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), ganó la mayoría calificada (dos tercios) del Parlamento. La respuesta del gobierno fue desconocer el resultado electoral, vaciar de competencias al Parlamento y crear estructuras paralelas de poder con la elección amañada de una nueva Asamblea Constituyente, consolidando un autoritarismo cerrado que eliminó la competencia política real.

Desde entonces, las elecciones sin garantías, la persecución judicial, la represión sistemática y el uso del aparato estatal contra la disidencia se convirtieron en prácticas habituales.

Pese a ello, el 28 de julio de 2024, el régimen madurista recibió la estocada política final al perder de manera abrumadora, pese a a todo el ventajismo electoral, la elección presidencial contra Edmundo González Urrutia –el candidato apoyado por María Corina Machado, a quien no se le permitió competir–, que logró obtener el doble de votos que el oficialismo.

Los balances y contrapesos del poder chavista

Hoy, el chavismo no funciona como un partido político convencional sino como una coalición de intereses. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) actúa principalmente como maquinaria de movilización y control social.

El poder real se sostiene en el equilibrio entre cuatro pilares fundamentales:

  1. La cúpula político civil, encabezada por Nicolás Maduro y, a partir los eventos del sábado 3 de enero de 2026, por quien era su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, que administra el Estado y gestiona las relaciones internacionales, junto a su hermano, Jorge Rodriguez, quien controla el Parlamento y el sistema electoral.

  2. La Fuerza Armada, convertida en actor político y económico, con control directo sobre sectores estratégicos y empresas públicas, y liderada desde hace más de 10 años por el general Vladimir Padrino López.

  3. Redes opacas, vinculadas al petróleo, el oro, el contrabando y otras economías ilícitas, que financian la lealtad dentro del gobierno.

  4. Los aparatos de inteligencia y represión, responsables de neutralizar la disidencia política y social.

Este entramado le ha permitido sostenerse pese al colapso económico y a la pérdida casi total de legitimidad interna.

El tablero geopolítico en enero de 2026

El régimen chavista se insertó, desde muy temprano, en una geopolítica de antagonismo con los Estados Unidos y otras naciones democráticas. Cuba ha sido el aliado estructural más importante desde la llegada al poder de Chávez, quien consideraba a Fidel Castro su mentor, con especial apoyo en materia de inteligencia, control sociopolítico y diseño represivo.

A ello se suman las alianzas con Rusia, China e Irán, cada una con intereses estratégicos distintos: respaldo diplomático y militar, financiamiento e infraestructura, o cooperación tecnológica y de seguridad. Venezuela se ha convertido así en una pieza funcional dentro de una geopolítica de confrontación con Occidente.

Tras la muerte de Chávez, Maduro heredó un país en declive económico. Pese a que pocos le daban más de unos meses en el poder, no vio culminada su trayectoria política sino 11 años después, y de manera drástica el pasado 3 de enero con la operación militar estadounidense “Resolución Absoluta”.

Quiénes detentan el poder político en Venezuela

El ataque de la madrugada del 3 de enero resultó en la captura de Maduro y su esposa, Cilia Flores, quienes ahora enfrentan cargos por narcoterrorismo en Nueva York. Este evento ha reconfigurado (y continuará reconfigurando) el reparto del poder en Venezuela. Hoy por hoy lo conforman:

  • Delcy Rodríguez: designada presidenta interina por el Tribunal Supremo de Justicia tras la captura de Maduro y juramentada luego por su hermano en la Asamblea Nacional. Es hija de Jorge Antonio Rodríguez, que fue guerrilero y mártir de la izquierda, cuya muerte en manos de los servicios de inteligencia en 1976 marcó su ADN político. Al no figurar en las listas de recompensas de la DEA, se ha convertido en la interlocutora pragmática aceptada por Washington para gestionar una transición controlada.

  • Jorge Rodríguez: hermano de Delcy y presidente de la Asamblea Nacional. Es considerado el cerebro estratégico del régimen desde tiempos de Maduro, y controla el engranaje legislativo necesario para mantener la cohesión interna frente a las facciones radicales y los grupos paramilitares.

  • Donald Trump: con la incursión del 3 de enero, el mandatario estadounidense ha relanzado la doctrina Monroe. Ahora exige el control de los recursos energéticos venezolanos y condiciona al gobierno interino de Rodriguez a que rompa totalmente sus relaciones con China, Rusia, Irán y Cuba.

  • Vladimir Padrino López: como ministro de Defensa ha garantizado hasta ahora la lealtad de los militares. Su reconocimiento a Delcy Rodríguez ha evitado un colapso interno de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) tras la intervención externam.

  • Diosdado Cabello: ministro del Interior y Justicia, controla los aparatos policiales y de inteligencia. Representa el ala más radical; su subordinación a Rodríguez se considera incierta pero crítica para evitar un conflicto abierto en las filas del chavismo.

  • María Corina Machado y Edmundo González Urrutia: quienes constituyen el eje del liderazgo político de la oposición democrática y del gobierno electo en 2024. Son los actores que cuentan con la mayor legitimidad política y los llamados a gobernar una transición, en caso de que esta se concrete.

Y hoy, ¿qué es el chavismo?

El chavismo llega a 2026 en un estado de mutación forzada, intentando sobrevivir como una estructura administrativa bajo la sombra de una nueva hegemonía hemisférica que ha demostrado su disposición a imponerse por el uso de la fuerza.


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Hace mucho que el chavismo dejó de ser una revolución o un movimiento popular expansivo para convertirse en un régimen autoritario pragmático, orientado a la preservación del poder mediante el control interno, la fragmentación social, el clientelismo político y económico, así como alianzas internacionales de conveniencia con otros regímenes autoritarios.

Comprender esta trayectoria –de promesa de redención social a sistema cerrado de poder– es clave para entender por qué el caso venezolano no es solo un evento local sino un problema político global. Con una estrategia relativamente exitosa, no ha sido posible derrotar el chavismo domésticamente pese a la amplia mayoría política que se le opone. Si las democracias no aprendemos a lidiar con fenómenos como el chavismo-madurismo venezolano continuaremos viendo cómo se repite este mismo patrón en otros gobiernos con vocación autoritaria.