Hasta hace bien poco, ser pelirrojo ha sido una rareza genética envuelta en misterio, mitos y, a menudo, malentendidos médicos. Sabemos, por ejemplo, que las personas con esta coloración de cabello y piel pálida tienen un riesgo significativamente mayor de sufrir melanoma, el cáncer de … piel más agresivo, debido a que la feomelanina, su pigmento rojizo característico, no protege contra la radiación ultravioleta del mismo modo que lo hace la eumelanina (el pigmento marrón o negro). Entonces, desde el punto de vista de la evolución, que suele ser implacable con las características que nos perjudican, ¿por qué persiste el gen de los pelirrojos? ¿Por qué la selección natural no lo ha eliminado hace ya miles de años?

Un equipo de investigadores españoles del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) acaba de dar con la respuesta. Resulta que la feomelanina no es solo un adorno estético ni un ‘fallo’ en el sistema de protección solar, sino que esconde una función fisiológica hasta ahora desconocida, un auténtico ‘superpoder’ secreto que protege al organismo contra la oxidación a base de consumir el exceso de cisteína, un aminoácido que, en grandes cantidades, resulta tóxico para nuestras células.

El enigma de la cisteína

La cisteína es un aminoácido necesario para la vida, fundamental para sintetizar proteínas. Sin embargo, como ocurre con todas las cosas, incluso con las buenas, el exceso resulta peligroso. Cuando acumulamos demasiada cisteína, ya sea por la dieta o por factores ambientales, esta sustancia se vuelve tóxica y provoca un estrés oxidativo masivo. Algo similar al óxido que corroe el metal de nuestros coches, pero ocurriendo dentro de nuestras propias células.

Es la prueba definitiva de que el color rojo no evolucionó por capricho estético, sino como una herramienta de supervivencia fisiológica

Este ‘óxido’ biológico daña el ADN y envejece los tejidos. Y aquí es donde entra en juego el descubrimiento de Ismael Galván, Marina García-Guerra y Marta Araujo-Roque. La síntesis de la feomelanina (el pigmento rojo) requiere grandes cantidades de cisteína.

En un estudio recién publicado en ‘PNAS Nexus’, los investigadores sugieren que el organismo de los pelirrojos utiliza la producción de ese pigmento como un ‘sumidero’ o almacén de seguridad. Así, al convertir ese exceso de peligrosa cisteína en un pigmento inerte para el pelo o la piel, el organismo se libra de la toxicidad. Es una estrategia brillante: secuestrar el veneno y convertirlo en color.

La lección de las aves

El estudio utilizó como modelo al diamante mandarín (Taeniopygia guttata), un pequeño pájaro que presenta tanto colores rojizos (feomelanina) como negros (eumelanina).

Galván y su equipo, todos expertos en ecología evolutiva, utilizaron una sustancia llamada ML349, un inhibidor selectivo que bloquea la producción de feomelanina, y sometieron a los pájaros a una dieta rica en cisteína. Los resultados fueron inequívocos. Los machos a los que se impidió fabricar el pigmento rojo y se les dio un exceso de cisteína sufrieron niveles altísimos de daño celular oxidativo. Sin embargo, aquellos que pudieron seguir produciendo sus plumas rojas se mantuvieron sanos, a pesar de la dieta tóxica. Habían logrado neutralizar la amenaza convirtiéndola en pigmento.

El cuerpo de los pelirrojos utiliza la producción de pigmento como un ‘sumidero’ para secuestrar el exceso de cisteína y evitar la toxicidad celular

Según escriben los autores, «estos hallazgos representan la primera demostración experimental de una función fisiológica para la feomelanina: evitar la toxicidad del exceso de cisteína». Es la prueba definitiva de que el color rojo no evolucionó por capricho.

Una herencia neandertal

El gen que nos hace pelirrojos, una variante del MC1R, es extremadamente antiguo, y los humanos actuales lo heredamos directamente de los neandertales. Hasta ahora se creía que la piel clara y el pelo rojo eran simples adaptaciones para sintetizar mejor la vitamina D en climas con poca luz solar. Y aunque eso es cierto, el nuevo estudio añade una capa de complejidad vital. De hecho, la capacidad de gestionar dietas o entornos ricos en cisteína sin sufrir daños celulares podría haber sido una ventaja evolutiva clave para los neandertales y los primeros humanos modernos en Europa.

Cicatrización y dolor

Pero este no es el único ‘poder’ oculto de los pelirrojos. Estudios anteriores, en efecto, ya sugerían que el gen del cabello rojo podría explicar por qué algunas heridas nunca sanan correctamente o, al contrario, cómo ciertos procesos inflamatorios se regulan de forma diferente en estas personas.

Además, como sabe muy bien cualquier anestesista, los pelirrojos procesan el dolor de manera diferente, y requieren a menudo dosis más altas de anestesia debido a la forma en que sus receptores cerebrales interactúan con las hormonas estimulantes de los melanocitos. Todo está conectado.

El precio a pagar

Estos superpoderes, sin embargo, no son gratuitos. Y si bien es cierto que el mecanismo descrito es una protección eficaz contra la toxicidad química interna, el precio a pagar ha sido una menor protección contra la radiación solar externa. Y es que la feomelanina, aunque excelente para secuestrar cisteína, puede ser citotóxica bajo la luz UV y aumentar el riesgo de melanoma.

Sin embargo, los investigadores creen que el mero hecho de que estas variantes genéticas hayan perdurado durante decenas de miles de años sugiere que, históricamente, el beneficio de evitar la intoxicación por cisteína (quizás debido a dietas específicas de nuestros ancestros cazadores-recolectores) compensaba el riesgo de cáncer de piel, especialmente en latitudes nórdicas, donde el sol no suponía una amenaza constante.

Nuestros ‘primos’ neandertales ya portaban estas variantes genéticas, lo que sugiere que gestionar el estrés oxidativo fue una ventaja evolutiva clave en el pasado

En definitiva, el nuevo estudio deja bien claro que el cabello cobrizo no es un simple rasgo distintivo, sino la señal visible de una maquinaria celular trabajando a pleno rendimiento para desintoxicar el cuerpo. Como concluyen los investigadores, este hallazgo nos lleva a «una mejor comprensión del riesgo de melanoma y de la evolución de la coloración animal». La naturaleza, como siempre, no da puntada sin hilo.