Lo cuqui ya no es solo una estética amable, sino un dispositivo central del capitalismo contemporáneo. A través de estímulos infantiles, exagerados y con una alta carga emocional, captura nuestra atención y acelera el consumo. De este modo, lo cuqui se revela como vía para abandonarnos a la aceleración y resguardarnos de un mundo en llamas.

Se podría decir que lo cuqui es la nueva estética del capitalismo tardío: tanto en el plano digital como en el del consumo material, la economía de la atención se sirve hoy de ojos grandes, colores pastel, orejas de gatito y animales de peluche antropomorfizados, accesorios brillibrilli, ropa desde baby tees hasta prendas oversized, así como de rasgos y expresiones faciales exageradamente infantiles para incitar a un hiperconsumismo compulsivo, materializado en fenómenos de la cultura pop como la fast fashion o la reciente obsesión por artículos coleccionables como los Labubus o los Sonny Angel. No es de extrañar, pues, que lo cuqui haya sido objeto de investigación, con trabajos esenciales como los de Sianne Ngai,[1] Simon May,[2] Daniel Harris[3] o Joshua Dale.[4] Sin embargo, más allá de su tratamiento como tema de investigación, en los últimos tiempos lo cuqui ha sido caracterizado como un vector de la aceleración capitalista; [5] en este texto nos preguntamos qué es exactamente el «aceleracionismo cuqui».

Das ist cuqui!

¿A qué nos referimos cuando hablamos de cosas «monas»? La constelación de rasgos que cobija el paraguas de lo cuqui no obedece a una mera contingencia cultural; explota una historia evolutiva que se incrusta en lo cuqui como fenómeno multimodal. Lo que Konrad Lorenz[6] denominó Kindchenschema o esquema infantil asume, a nivel etológico, el rol de «liberador social»: desencadenante de respuestas de cuidado y protección. Redondez, pequeñez, ojos grandes, sonidos agudos y un sinfín de combinaciones de estas y otras características que evocan una sensación de vulnerabilidad [7] seguida de una respuesta prosocial, conformando así una clave evolutiva para el desarrollo afectivo, social y cognitivo, la proliferación de conductas de cooperación (inclusive a nivel interespecie) y la emergencia de emociones de carácter moral, entre otros. [8] [9]

Por otra parte, en lo cuqui también encontramos lo hiperbólico, lo exagerado, lo supernormal. Ya en 1951 Nikolaas Tinbergen [10] describió cómo los polluelos de gaviota argéntea prefieren picotear una simple varilla roja con bandas blancas antes que el pico real de su progenitor, caracterizado por un sencillo punto rojo. Del mismo modo, diversas especies de aves muestran una respuesta de incubación diferencial con huevos artificiales, más grandes y coloridos que los propios. Estos estímulos supernormales –versiones exageradas de estímulos a partir de los cuales ha evolucionado una conducta– exploran una historia de aprendizaje neural ya facilitado; capturan nuestra atención, gobiernan la conducta con una intensidad mayor que el estímulo original e incluso llegan a sustituirlo: desde la comida basura excesivamente salada, dulce o grasienta hasta la pornografía protagonizada por mujeres con pechos de copa D, pasando por todos los personajes de Sanrio.

Por tanto, hallamos que lo cuqui, antes de acceder al mercado y a la pantalla, viene viciado de fábrica. Pero debemos actuar con precaución al aproximarnos a este concepto, porque lo cuqui no es una simple trampa evolutiva ni se reduce a una narrativa evolucionista, sino que se trata de un dispositivo que crea, destruye y reemplaza, actualiza y desestabiliza las estructuras que lo contienen, biológicas, culturales, políticas y sociales. De ahí, como veremos, la afinidad de lo cuqui por el aceleracionismo.

Acelerar o no acelerar, esa es la cuestión

Por su parte, más que un programa filosófico unificado o una teoría concreta, el aceleracionismo comprende una serie de textos y autores que proponen que el futuro tiene efectos retroactivos sobre el presente, a través de los cuales se «hace real». Postulan así una suerte de causalidad temporal invertida que se origina en inteligencias no humanas –e incluso inhumanas–, en tanto que resultan de avances tecnológicos y científicos que van más allá de nuestra comprensión, agencia y control. Posibles ejemplos incluyen la desestabilización social provocada por la lucha por alcanzar la singularidad tecnológica, o  el mercado financiero, cuyas dinámicas trascienden nuestra voluntad inmediata y cuyo movimiento está impulsado por expectativas que acaban por conjurar su propia realidad.

El aceleracionismo propone, además, que a ese futuro que se autorrealiza no solo le son indiferentes los horizontes de la civilización humana, sino que la parasita y acelera su colapso. A este respecto, son cruciales los escritos del CCRU (Cybernetic Culture Research Unit), grupo paraacadémico constituido en los noventa en el Reino Unido y frecuentado por referentes aceleracionistas como Nick Land, Mark Fisher y Sadie Plant. Caracterizada como «teoría-ficción», su producción teórica bebe tanto de los tomos de Deleuze y Guattari sobre capitalismo y esquizofrenia como de Terminator, Apocalypse Now o Neuromancer: si para Deleuze y Guattari el capitalismo produce deseos irrefrenables que lo empujan o lo «desterritorializan» más allá de sus propios límites, el CCRU especula sobre el colapso social como resultado de procesos de desterritorialización alimentados por las expectativas de catástrofe inminente y apocalipsis asociadas al final del milenio, así como por los cambios culturales provocados por la irrupción de internet en los hogares.

El término «aceleracionismo», sin embargo, no surgió hasta alrededor de 2010, cuando tanto los aceleracionismos de «izquierdas» como los de «derechas» se interesan por la posibilidad de una desterritorialización absoluta  en forma de programas políticos orientados hacia distintos imaginarios poscapitalistas. Pero las críticas al intento de condicionar la aceleración a un horizonte político no tardarán en llegar por parte de subcorrientes como el aceleracionismo «incondicional», que retoma la idea de la aceleración no tanto como un -ismo o como algo que pueda «hacerse», sino, justamente, como un proceso de disolución de la agencia humana ante el cual solo cabe dejarse llevar.

Todo ello nos ofrece algunas pistas sobre lo que sería el aceleracionismo cuqui: si los aceleracionismos anteriores se plasman en un imaginario inspirado por la ciencia ficción, el terror nuclear y las expectativas de apocalipsis, lo cuqui –según teóricos de la cuestión como Simon May– refleja asimismo las ansiedades e inquietudes de nuestro momento, a saber, una conciencia de falta de poder y de sumisión a fuerzas sociales que escapan a nuestra voluntad, pero expresada ahora como indefensión, rendición e incluso cierta indiferencia.

Aceleracionismo cuqui: ¿cómo hacerse una cucada?

El aceleracionismo cuqui reemplaza, pues, el imaginario de la catástrofe inminente –atravesado, dicho sea de paso, por fantasías marcadamente masculinas– por una superficialidad atemporal y una actitud frívola, juguetona y desenfadada que se entrega a la disolución del sujeto en pos de un devenir cuqui. Del mismo modo que los Labubus relegaron a las muñecas Nancy a un coleccionismo nostálgico, y estas a uno de anticuario a las Mariquita Pérez que, en su momento, habían hecho lo mismo con las muñecas de porcelana de Jacob Petit, la fórmula para hacerse une misme una monada pasa por destriparse y, en términos deleuze-guattarianos, hacerse un cuerpo sin órganos.

Devenir cuqui no es, en ningún caso, un retorno a la infancia ni una contemplación melancólica de una inocencia perdida; no se trata de «volver atrás», sino de avanzar hacia formas inéditas de existencia que ya no encajan en los moldes del sujeto humane adulte, productive, autónome y racional. Es una operación de des- y recodificación que interrumpe la actualización del sujeto-humane y lo vincula con virtualidades que la individuación, sostenida por una semiótica de puño de hierro, había clausurado. Ahora bien, este devenir no se produce en el vacío: hacerse una cucada es, ante todo, una práctica de consumo. Se deviene cuqui comprando, coleccionando, acumulando, exhibiendo y cuidando peluches, figuritas, muñecos, mascotas de diseño, skins y avatares digitales, emojis, Labubus y paquetes sorpresa de Shein; usando filtros que agrandan los ojos o suavizan la cara, orejas de gato, gestos y expresiones del aegyo coreano; deseando ser una «chica anime» o incluso sintiendo atracción por personajes de anime.

Es precisamente en este sentido que lo cuqui es un aceleracionismo, pues el consumo de cosas cuquis modifica nuestra autopercepción y, con ello, produce nuevos sujetos e identidades, así como nuevas expresiones de género que trascienden lo meramente femenino. Al consumir cosas cuquis producimos identidades cuquis, y esto reconfigura incluso jerarquías tradicionales como la familia nuclear: devenir cuqui es, pues, una experimentación con modos de filiación no normativos, no humanes, no-todo, una expansión tentacular de los afectos que permite vincularse con objetos, animales, imágenes y mercancías de formas nuevas, ambiguas y emancipadoras en tanto que diferentes, que cobran forma en un hiperconsumismo improductivo y en una eterna adolescencia a la que los imperativos de incorporarse al circuito de la economía (re)productiva le son indiferentes, actitud ejemplificada por figuras como les ninis, les otakus o, en España, las Verdunch.

Así, lo cuqui se convierte en una fuerza productiva que, desde el futuro, actualiza en el presente una clase de seres marginades, mutantes, consumidores y consumides; crea un mundo de objetos que se entregan a nosotres y un oasis donde entregarnos nosotres a la aceleración, un lugar donde acurrucarnos frente a un abismo que nos devuelve la mirada con ojos golosos. «¡No hay salida!», exclamamos. Lo cuqui responde: «No te preocupes. Si la miseria es inevitable, recuéstate y disfruta.»

[1] S. Ngai (2012). Our Aesthetic Categories: Zany, Cute, Interesting. Harvard: Harvard University Press.

[2] S. May (2019). El poder de lo Cuqui. Traducción de A. Fuentes. Barcelona: Alpha Decay.

[3] D. Harris (2000). Cute, Quaint, Hungry and Romantic: The Aesthetics of Consumerism. Nueva York: Basic Books.

[4] J. P. Dale (2023). Irresistible: How Cuteness Wired our Brains and Conquered the World. Londres: Profile Books.

[5] A. Ireland y M.B. Kronic (2025). Aceleracionismo cuqui. Traducción de A. Rafecas y L. González Arias. Barcelona: Mutatis Mutandis.

[6] K. Lorenz (1943). «Die angeborenen Formen möglicher Erfahrung». En: Zeitschrift für Tierpsychologie, vol. 5, núm. 2, pp. 235-409.

[7] Y. Li y J. Eastman (2023). «As Cute as a Button: the Effect of Size on Online Product Cuteness Perception». En: Journal of Product & Brand Management, vol. 32 núm. 8, pp. 1306-1318.

[8] S. C. Levinson (2022). «The Interaction Engine: Cuteness Selection and the Evolution of the Interactional Base for Language». En: Phil. Trans. R. Soc. B, vol. 377, núm. 1859, 20210108.

[9] M. L. Kringelbach et al. (2016). «On Cuteness: Unlocking the Parental Brain and Beyond». En: Trends in Cognitive Sciences, vol. 20, núm. 7, pp. 545-558.

[10] N. Tinbergen (1951). The Study of Instinct. Oxford: Clarendon Press.