El índice de masa corporal (IMC) ha sido durante décadas una de las herramientas más utilizadas para clasificar el estado ponderal y estimar el riesgo de enfermedad. Sin embargo, su simplicidad —basada únicamente en peso y altura— también es su principal limitación. En este contexto, un nuevo estudio liderado por la Universidad de Gotemburgo y publicado en Nature Medicine pone de relieve hasta qué punto el IMC convencional puede resultar insuficiente para identificar a personas con un riesgo metabólico elevado, incluso cuando se encuentran dentro de rangos considerados normales.
La investigación introduce y valida el concepto de IMC metabólico (metIMC o metBMI), un indicador derivado del análisis metabolómico de la sangre que capta alteraciones metabólicas características de la obesidad más allá del peso corporal. Los resultados que obtuvieron fueron claros: las personas con un metIMC inesperadamente alto presentan un riesgo entre dos y cinco veces mayor de desarrollar enfermedades como diabetes tipo 2, hígado graso, resistencia a la insulina u obesidad abdominal, independientemente de su IMC tradicional.
«Dos personas con el mismo IMC pueden tener perfiles de riesgo completamente diferentes según cómo funcione su metabolismo y su tejido adiposo», explicó Rima Chakaroun, investigadora de la Academia Sahlgrenska y primera autora del estudio. «Nuestro metIMC revela un trastorno metabólico oculto que no siempre es visible en la báscula».
La firma metabólica de la obesidad
El metIMC se construye a partir del análisis de cientos de metabolitos circulantes —pequeñas moléculas que reflejan el metabolismo celular— y captura lo que los autores denominan la «firma metabólica de la obesidad» a lo largo de todo el espectro del IMC. En este trabajo se analizaron datos de 1.408 participantes, combinando información clínica, metabolómica, composición corporal y microbiota intestinal.
Uno de los principales hallazgos es que los residuos del metIMC —la diferencia entre el IMC metabólico y el IMC medido— constituyen una medida refinada de la carga metabólica real del individuo. Estos residuos se asocian estrechamente con la adiposidad central, especialmente con la grasa visceral abdominal (VAT), la resistencia e hipersecreción de insulina, la intolerancia a la glucosa y un mayor riesgo cardiometabólico.
Este enfoque se alinea con las definiciones más recientes de obesidad, que priorizan la distribución de la grasa y la adiposidad central sobre los umbrales clásicos de IMC. De hecho, el metIMC demostró superar a otros modelos basados en datos ómicos, manteniendo una buena capacidad predictiva con un panel reducido de 66 metabolitos, muchos de ellos ya relacionados con la resistencia a la insulina y la diabetes tipo 2.
Además, el estudio muestra que un metIMC elevado predice una respuesta deficiente a la cirugía bariátrica, con una menor pérdida de peso tras la intervención, lo que subraya su potencial utilidad clínica para la estratificación de pacientes.
La grasa visceral y el tejido adiposo
El análisis detallado de la composición corporal permitió identificar la grasa visceral como un determinante central del metIMC. Los investigadores observaron que los residuos del metIMC se correlacionaban no solo con la cantidad de VAT, sino también con su atenuación medida por tomografía computarizada, un marcador indirecto de la hipertrofia de los adipocitos.
Este hallazgo refuerza la idea de que no toda la grasa corporal tiene el mismo impacto metabólico. La disfunción del tejido adiposo visceral, caracterizada por adipocitos agrandados y un entorno inflamatorio, desempeña un papel central en el desarrollo de resistencia a la insulina y enfermedad cardiometabólica, incluso en personas que no cumplen criterios de obesidad por IMC.
Microbiota intestinal: un modulador del riesgo metabólico
Uno de los aspectos más innovadores del estudio es la estrecha relación identificada entre el metIMC y la microbiota intestinal. El IMC metabólico pudo ser capturado de forma robusta a partir de la composición bacteriana del intestino, y muchos de los metabolitos que conforman su firma están producidos o modulados por las bacterias intestinales.
Las personas con un metIMC elevado presentaban una microbiota menos diversa, con menor capacidad fermentativa y una producción reducida de ácidos grasos beneficiosos como el butirato, asociado a efectos antiinflamatorios y protección metabólica. Además, se observaron alteraciones funcionales que podrían favorecer la inflamación intestinal, la lipogénesis hepática y el aumento del riesgo cardiovascular.
En este contexto, ciertas bacterias emergen como marcadores de riesgo o protección. La abundancia de Ruminococcus gnavus, por ejemplo, se asoció con mayor grasa visceral, resistencia a la insulina y riesgo cardiovascular, especialmente en entornos de baja diversidad microbiana. Por el contrario, familias como Christensenellaceae y algunos miembros de Oscillospiraceae se relacionaron con perfiles metabólicos más favorables y menor inflamación, independientemente del peso corporal.
«Los metabolitos que más contribuyen a la predicción del metIMC están modulados o producidos por la microbiota intestinal, lo que los convierte en una especie de dial metabólico», señaló Fredrik Bäckhed, profesor de la Universidad de Gotemburgo y autor senior del estudio.
En este sentido, el trabajo cuestiona el uso exclusivo del IMC tradicional para evaluar el riesgo metabólico y sugiere que un número significativo de personas con peso normal podrían estar infradiagnosticadas. Así, el metIMC podría convertirse en una herramienta clave para identificar a individuos con obesidad metabólicamente no saludable antes de que desarrollen enfermedad clínica manifiesta.
Otro hallazgo relevante es la escasa influencia de los factores genéticos en el metIMC en comparación con el entorno y el estilo de vida. La dieta, la actividad física y la composición de la microbiota intestinal emergen como determinantes clave, lo que abre la puerta a intervenciones preventivas personalizadas.
Los autores reconocen algunas limitaciones, como la aplicabilidad del modelo a poblaciones mayoritariamente europeas y el uso de marcadores indirectos de resistencia a la insulina. Aun así, concluyen que el metIMC representa un indicador más sensible de la carga metabólica individual que el IMC convencional.
En un contexto en el que las definiciones de obesidad están evolucionando para incorporar medidas de adiposidad y función metabólica, este estudio refuerza la necesidad de herramientas más precisas para estratificar el riesgo y avanzar hacia una medicina de precisión en la prevención y el tratamiento de las enfermedades cardiometabólicas.
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