«Soy muy vasco, donostiarra, de barrio y mis amigos de toda la vida», así se presentaba Xabi Alonso (44 años) en una entrevista para ‘Vanity Fair’. Aunque abandonó el País Vasco siendo solo un niño persiguiendo su sueño, para el ex entrenador del Real Madrid, Tolosa, el pueblo guipuzcoano que le vio nacer, se ha convertido en un refugio. Y no me extraña… Solo hacen falta unos minutos en esta región ubicada a orillas del río Oria para ser cautivado con su magia.
Tolosa, el Copenhague español
Xabi Alonso lleva la cultura vasca tatuada en su forma de ser: disciplina, autenticidad y encanto. Es un hombre de ideas claras que, tal y como han asegurado los que le conocen, no se deja influir por nada ni por nadie. Sabe lo que quiere mostrar, pero esconde muchas cosas, casi de la misma forma que el rincón del País Vasco que le vio nacer.
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Entre tradición vasca, diseño contemporáneo y una vida local auténtica, Tolosa se revela como uno de los destinos más atractivos —y discretos— del norte de España. A orillas del río Oria, en el corazón de Guipúzcoa, lleva años viviendo una transformación silenciosa. Sin alardes ni campañas agresivas, esta pequeña ciudad vasca ha sabido combinar identidad, calidad de vida y modernidad hasta ser bautizada como el «Copenhague español».
Tolosa
Carriles peatonales, arquitectura cuidada, color, amor por lo local y una escena gastronómica excepcional convierten a Tolosa en un destino único y especial, pero sin multitudes, colas ni precios inflados.
La comparación con Copenhague no es gratuita ni forzada: en Tolosa se percibe una estética serena y funcional que prioriza la calidad de vida por encima de todo lo demás. Calles limpias y ordenadas, espacios públicos bien pensados, una arquitectura que combina tradición y contemporaneidad sin estridencias y una clara apuesta por lo local recuerdan al urbanismo y al espíritu escandinavo. Como en la capital danesa, el diseño deslumbra sin trucos.
Turismo vasco
Una ciudad para caminar sin prisas
Tolosa se recorre despacio. Su casco histórico, compacto y elegante, invita a pasear sin rumbo fijo entre soportales, plazas y fachadas que mezclan piedra tradicional con detalles modernos bien integrados. Aquí no hay prisas: la vida sucede en la calle, en las terrazas, en los mercados y en los bares. Y es que no podemos obviar que cada rincón de El País Vasco nos invita a perdernos entre pintxos y txakolis.
El río Oria actúa como columna vertebral del paisaje urbano, aportando frescor y una sensación constante de equilibrio entre naturaleza y ciudad. Alrededor, colinas verdes cierran una estampa que parece paralizada en el tiempo.
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Si hay un lugar que define el carácter de la ciudad es el mercado del Tinglado, uno de los más emblemáticos del País Vasco. Cada sábado, productores de toda la comarca llenan el espacio de alubias de Tolosa, quesos, verduras, sidra y flores. No es una atracción turística; es la vida de allí. Precisamente, por eso resulta tan atractiva para el viajero que busca autenticidad.
Esta villa vasca no necesita grandes museos para resultar culturalmente interesante. Su atractivo está en los pequeños detalles: librerías independientes, talleres artesanos, programación cultural constante y fiestas populares que siguen siendo para el disfrute de los vecinos. El Carnaval de Tolosa, por ejemplo, es uno de los más famosos de la zona, irreverente, participativo y genuino.
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Templo de gastronomía
Las alubias de Tolosa son aquí casi una religión. Probarlas en alguno de los restaurantes tradicionales es obligatorio. Pero no solo eso, allí presumen de ser (y con razón) uno de los grandes templos de la cocina de parrilla: materia prima, técnica y respeto absoluto por el sabor. Al mismo tiempo, una nueva generación de bares y espacios gastronómicos introduce propuestas más contemporáneas, donde tradición y vanguardia conviven con gusto.
En un momento en el que muchos destinos europeos luchan contra la saturación turística, Tolosa ofrece justo lo contrario: calidad sin masificación, belleza sin artificio y una experiencia inolvidable. Es el tipo de lugar que no busca gustar a todo el mundo, y quizá por eso resulta tan especial. No compite con grandes capitales ni quiere hacerlo. Su encanto está en la sensación de descubrir algo que todavía no ha sido devorado por el turismo masivo de Internet.