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En las entrañas de la nube molecular de Perseo, a unos 950 años luz de la Tierra, el Telescopio Espacial Hubble ha capturado algo más que una simple instantánea astronómica. Lo que ha registrado es una colección variopinta de objetos estelares en formación que engalanan el paisaje nebuloso de la región conocida como NGC 1333. Como joyas incrustadas en terciopelo oscuro, estas protoestrellas y nebulosas reflejan los misterios de un universo que aún no ha terminado de escribirse.

A la izquierda de esta majestuosa imagen, una estrella en pleno nacimiento (una protroestrella) proyecta su tenue fulgor sobre el gas y el polvo que la rodea, originando una nebulosa de reflexión. 

Dos franjas oscuras que flanquean ese punto brillante no son otra cosa que el disco protoplanetario que la acompaña: un anillo giratorio de materia primordial donde, algún día, podrían tomar forma nuevos mundos

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Este disco, además, lanza una sombra que se despliega sobre el capullo de gas en torno a la estrella, aunque aún se desconoce el punto exacto donde la penumbra termina y comienza la materia sólida del disco.

Hacia el centro-derecha de la imagen, se abre una cavidad esculpida por el viento: un abanico luminoso que delata la presencia de una nebulosa de reflexión. En su base, dos estrellas jóvenes (HBC 340 y HBC 341) se destacan por expulsar intensos vientos estelares, chorros de materia que arrancan los velos del gas circundante, ahuecando poco a poco esta región de formación estelar. La luz de estas estrellas se dispersa al chocar con las partículas suspendidas, creando ese halo evanescente que parece respirar.

Este velo brillante, sin embargo, no permanece estático. Su fulgor titila con el tiempo, en un vaivén que los científicos han atribuido a los cambios de brillo de las propias estrellas que lo iluminan. HBC 340, más intensa y volátil que su compañera, es la principal responsable de esta danza lumínica, cuyas variaciones se cree que son causadas por violentos estallidos en su superficie y eyecta de materia de forma irregular.

Estrellas variables de Orión

Ambas estrellas, HBC 340 y HBC 341, pertenecen a una intrigante clase de objetos llamada estrellas variables de Orión. Estas jóvenes entidades cósmicas se caracterizan por un comportamiento errático: su luminosidad cambia sin previo aviso, afectada por procesos internos que aún desconciertan a los astrónomos. 

En su juventud violenta y desordenada, estas estrellas experimentan explosiones, tormentas estelares y desplazamientos de materia que las convierten en un verdadero espectáculo celeste. Con el paso del tiempo, muchas de ellas logran estabilizarse y se transforman en astros menos dramáticos, más constantes en su brillo.

En los extremos inferior y superior derecho de la imagen, otras cinco estrellas de este mismo linaje (todas ellas variables de Orión) relucen con energía incandescente. Parecen guardianas del paisaje cósmico, faros errantes que vigilan los procesos de nacimiento estelar. 

Más allá de estas protagonistas brillantes, el resto del campo visual está sembrado de otros objetos estelares jóvenes, en diferentes fases de formación, algunos ocultos bajo densas nubes de gas, otros ya visibles como puntos de luz en proceso de maduración.

Así, NGC 1333 no es simplemente una imagen: es un laboratorio activo donde los astrónomos exploran las propiedades de los discos circumestelares (esos anillos que podrían dar lugar a sistemas planetarios), y estudian los flujos de materia que emanan de estos astros incipientes. La información recopilada por el Hubble es fundamental para entender cómo evoluciona el material en torno a las estrellas jóvenes y cómo de ese caos aparente pueden surgir planetas, atmósferas y, tal vez, algún día, vida.