Antes de convertirse en una estrella internacional y de conquistar Hollywood con personajes icónicos, Antonio Banderas fue, sencillamente, un niño malagueño que creció sin lujos y en una época en el que juego más preciado y divertido estaba encerrado en la imaginación, y no en una tablet. Una España muy distinta a la actual, donde el acceso a la cultura audiovisual era limitado y cada pequeño acontecimiento se vivía como una auténtica fiesta.
El actor ha recordado en más de una ocasión aquellos años, pero fue especialmente revelador cuando se sentó a conversar con el veterano periodista británico Michael Parkinson, en una entrevista en la que habló con nostalgia y humor de cómo nació su pasión por el séptimo arte: el cine.
Cómo empezó su pasión por el cine
Antonio Banderas evocó una Málaga de los años sesenta, en la que la televisión apenas ofrecía una opción y los contenidos extranjeros llegaban con cuentagotas. “En aquel tiempo solo teníamos un canal de televisión en España. Recuerdo que los sábados por la tarde veíamos las series de televisión que venían de América, con Guy Williams”, explicaba.

Antonio Banderas evocó una Málaga de los años sesenta, en la que la televisión apenas ofrecía una opción y los contenidos extranjeros llegaban con cuentagotas.
Aquellas series importadas se convertían en un acontecimiento semanal, una ventana abierta a mundos lejanos y aventuras imposibles que alimentaban la imaginación de toda una generación. Para el pequeño Antonio, esas historias de héroes eran mucho más que entretenimiento: eran una promesa, una invitación a soñar con vidas distintas y horizontes más amplios que los de su barrio.
Sin embargo, si hubo un lugar decisivo en su infancia, ese fue el cine. Un espacio casi mágico que, según recordó al periodista británico, estaba muy cerca de su casa. “Había un cine muy cerca de mi casa y los domingos por la mañana hacían unas preciosas matinés para niños, y allí íbamos todos”, contaba con una sonrisa implícita en la voz. Aquellas sesiones matinales reunían a decenas de niños que compartían la misma ilusión, sentados en una sala humilde, pero cargada de emoción.

Antonio Banderas fue, sencillamente, un niño malagueño que creció sin lujos y en una época en el que juego más preciado y divertido estaba encerrado en la imaginación.
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El recuerdo que guarda de aquellas matinés es tan vívido como entrañable. “Allí vi la película de Titán, había un suelo de madera y todos golpeábamos con los pies cuando aparecían los héroes y cosas así”, detallaba. Una imagen que resume perfectamente cómo se vivía el cine en aquella época: de forma colectiva, ruidosa, apasionada, que se convertía casi en un ritual. No se trataba solo de ver una película, sino de participar en ella, de sentirla como propia.
Del cine matinal a interpretar a uno de sus ídolos
No es casual que, años después, cuando le ofrecieron interpretar a El Zorro, el personaje conectara de forma tan profunda con su memoria infantil.
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Con el paso del tiempo, aquel niño que aplaudía y golpeaba el suelo al ver a sus ídolos en la pantalla acabaría cruzando el Atlántico para convertirse él mismo en uno de esos héroes. No es casual que, años después, cuando le ofrecieron interpretar a El Zorro, el personaje conectara de forma tan profunda con su memoria infantil. “Sí, era un gran fan de El Zorro antes incluso de interpretarlo, y por supuesto fue un sueño poder encarnarlo”, confesaba.


La historia de Antonio Banderas demuestra que los grandes sueños suelen nacer en lugares pequeños pero con mucha ilusión e imaginación: una sala de cine de barrio, una pantalla compartida con amigos, y una matiné de domingo. Aquella Málaga de su infancia no solo fue el escenario de sus primeros recuerdos, sino también el origen silencioso de una vocación que acabaría llevando su nombre a lo más alto del cine internacional.