La visita de María Corina Machado a Washington fue tratada desde el primer momento como una operación política atípica, marcada por la incertidumbre y por una pugna interna que solo se resolvió en las últimas horas. No hubo confirmación cerrada hasta el final ni … un formato definido con antelación. Entre sus detractores dentro de la Administración, se asumió un riesgo elevado, incluso para los estándares de una Casa Blanca acostumbrada a medir cada gesto con precisión.

El resultado final fue una escenografía tan elocuente como incómoda para esos sectores críticos. Machado fue recibida por el secretario de Estado, el vicepresidente, la jefa de gabinete y, finalmente, por el propio presidente. El respaldo institucional fue mayor del que muchos anticipaban, pese al sigilo que rodeó toda la operación. Esa acumulación de gestos explica la tensión previa y las resistencias internas que acompañaron la preparación del viaje.

Durante días, distintas oficinas debatieron no solo si debía producirse el encuentro, sino cómo debía producirse y hasta dónde podía llegar. Existía el temor de desautorizar otros canales de interlocución abiertos con Caracas, en un momento en el que Delcy Rodríguez trata de presentarse ante Washington como un interlocutor funcional, tras años de confrontación retórica y en medio de sospechas sobre movimientos discretos para aliviar la presión internacional.

La visita de Machado no quedó cerrada hasta prácticamente el último momento

Hubo llamadas cruzadas, reservas internas y advertencias explícitas sobre el riesgo político de elevar demasiado el perfil de la dirigente opositora venezolana. Para el entorno del Departamento de Estado, encabezado por Marco Rubio, la apuesta era clara: había que enviar una señal inequívoca de respaldo a quien encarna la victoria moral de la oposición y la exigencia de una transición democrática real tras unas elecciones desvirtuadas por el chavismo.

Ese sector defendía que Estados Unidos no podía permitirse la ambigüedad justo ahora, cuando el régimen atraviesa su mayor debilidad interna y judicial. Recibir a Machado, darle acceso directo y tratarla como interlocutora legítima era, en esa lógica, una forma de fijar posición estratégica. No se trataba solo del caso venezolano, sino de reafirmar un principio: la democracia no puede quedar subordinada a acuerdos tácticos ni a soluciones de conveniencia.

Frente a esa visión operaba otro bloque, más discreto pero muy influyente, que observa Venezuela desde una óptica distinta. Es el ámbito de los negocios, de los fondos de inversión, de las petroleras y de quienes consideran que la prioridad es entrar, estabilizar y empezar a operar cuanto antes. Para ese sector, la clave no es tanto el orden democrático como la previsibilidad. Importa menos quién gobierne y más que exista un marco mínimo para invertir, extraer crudo y normalizar relaciones. La democracia queda relegada a una fase posterior; antes, los contratos.

Ese pulso interno explica el carácter extraño de la visita. No fue una recepción clásica, ni un acto público, ni una reunión institucional con fotografía oficial. Tampoco un desaire. Fue una fórmula intermedia, cuidadosamente diseñada para permitir lecturas distintas. El encuentro con el presidente se celebró en el comedor privado del Ala Oeste, no en el Despacho Oval. Un espacio más íntimo, menos solemne, pero políticamente muy cargado. Trump dedicó más de una hora a la dirigente opositora, y ese dato, por sí solo, constituyó el mensaje principal.

La imagen fue deliberadamente ambigua

Cercanía personal y conversación prolongada, pero sin solemnidad institucional, sin rueda de prensa y sin comunicado detallado. Trump optó por un formato que le permite conservar el control del tablero: escuchar, calibrar y mostrarse receptivo sin cerrar otras opciones. Un gesto suficiente para quienes reclamaban respaldo político explícito, pero insuficiente para quienes temían que se rompieran canales alternativos de interlocución.

También fue relevante quién no estuvo. Pese a las especulaciones previas, Richard Grenell no participó en la comida. Su ausencia no fue casual ni menor. Grenell simboliza la corriente más pragmática y transaccional, favorable a acuerdos graduales y a la interlocución directa con el régimen. Que no estuviera sentado a la mesa fue interpretado por varios interlocutores como una señal de que, al menos en esta ocasión, esa línea no marcó el formato ni el contenido del encuentro.