En el marco de la Innovation Health Week 2026, organizada por Biocat, IQS y el Hospital Sant Joan de Déu han celebrado la jornada `La bioimpresión hoy: del estado del arte a la aplicación clínica’, un foro concebido para analizar el momento de inflexión que atraviesa esta tecnología. El encuentro …
En el marco de la Innovation Health Week 2026, organizada por Biocat, IQS y el Hospital Sant Joan de Déu han celebrado la jornada `La bioimpresión hoy: del estado del arte a la aplicación clínica’, un foro concebido para analizar el momento de inflexión que atraviesa esta tecnología. El encuentro ha reunido a expertos del ámbito científico, clínico y de la ingeniería con el objetivo de evaluar hasta qué punto los avances en bioimpresión 3D están preparados para abandonar el laboratorio y consolidarse como soluciones terapéuticas reales.
El debate ya no gira únicamente en torno a la capacidad técnica de imprimir estructuras complejas, sino a la viabilidad biológica, la seguridad y la integración funcional en pacientes. Por lo tanto, la jornada ha planteado una reflexión transversal: cómo traducir años de publicaciones, prototipos y desarrollos experimentales en herramientas con impacto asistencial tangible.
Un cambio de paradigma
El Dr. Salvador Borrós, director general de IQS, ha recordado que hace más de dos décadas la posibilidad de imprimir células en soportes tridimensionales ya generaba un entusiasmo considerable en la comunidad científica. Sin embargo, durante años los avances parecían más conceptuales que clínicos.
En su intervención ha sostenido que «en aquel momento todos teníamos muy claro que imprimir células de distintos tipos, colocadas en el soporte adecuado, facilitaría que esa tridimensionalidad tuviera un impacto real; pero todavía no lo habíamos visto de manera tangible». Asimismo, ha evocado experiencias en centros estadounidenses donde se desarrollaban impresoras celulares basadas en nanotecnología que prometían revolucionar la medicina, aunque sin una consolidación posterior visible en la práctica clínica.
A su juicio, el verdadero progreso no ha sido lineal ni exclusivamente tecnológico. En este sentido, ha puntualizado que «ahora estamos viendo avances muy rápidos gracias a la colaboración entre hospitales, médicos, centros docentes, investigadores e ingenieros», defendiendo la necesidad de superar intereses individuales para concentrar esfuerzos en la transferencia efectiva. El laboratorio conjunto IQS-SJD representa una declaración estratégica para orientar la investigación hacia la traslación clínica real.
Finalmente, ha enfatizado que el momento actual exige una redefinición de prioridades: «Es el momento de marcarnos objetivos y asegurar que todo lo que hemos hecho para publicar artículos y generar noticias se enfoque directamente en garantizar que estas tecnologías puedan transferirse a los equipos clínicos».
Ingeniería de tejidos frente al déficit de órganos
Por su parte, la Dra. Jagoda Litowczenko-Cybulska, jefa del JagodaLab en la Universidad Adam Mickiewicz, ha remarcado el creciente desequilibrio entre el número de pacientes en lista de espera para trasplante y la disponibilidad de donantes.
De esta forma, ha explicado que «la ingeniería de tejidos y las tecnologías de bioimpresión no son solo una opción, sino una necesidad», no únicamente para trasplantes completos, sino también para aplicaciones reconstructivas en trauma, oncología y defectos congénitos.
La ingeniería de tejidos es la convergencia de tres pilares: células, señales bioquímicas y biomateriales estructurales. No obstante, reproducir una morfología no equivale a reproducir una función. «El gran desafío no es si podemos imprimir la forma de un órgano —porque eso ya es posible— sino si podemos imprimir algo funcional», ha afirmado.
Los tejidos humanos presentan una organización jerárquica y multiescala, desde centímetros hasta micrómetros. Prácticamente todas las células deben situarse a menos de 100–200 micrómetros de un vaso sanguíneo para garantizar su supervivencia, lo que convierte la vascularización en el principal cuello de botella de la bioimpresión avanzada.

Avanzando en tecnologías de bioimpresión
La investigadora ha revisado las principales estrategias técnicas disponibles. Entre los métodos basados en deposición ha destacado la extrusión, ampliamente utilizada por su robustez y capacidad para generar estructuras de tamaño clínicamente relevante, aunque con una resolución limitada. Otros sistemas basados en gotas permiten mayor precisión, aunque a costa de tiempos de impresión más prolongados.
En los métodos basados en fotopolimerización -láser o DLP- se alcanzan resoluciones de hasta 25 micrómetros, si bien requieren biomateriales químicamente modificados y condiciones estrictas de transparencia para permitir la penetración de la luz. Así, ha señalado que «la exposición lumínica puede comprometer la viabilidad celular si no se controla adecuadamente».
A su vez, la bioimpresión volumétrica basada en tomografía inversa «es capaz de generar estructuras complejas en cuestión de segundos con resoluciones incluso superiores, aunque con limitaciones en cuanto a materiales y costes».
En el caso de la extrusión, ha descrito el delicado equilibrio entre estabilidad estructural y supervivencia celular. «Si el hidrogel es demasiado fluido, la estructura colapsa; si es excesivamente rígido, las células sufren estrés mecánico», ha detallado, destacando la importancia de los procesos de reticulación térmica, iónica, enzimática o fotoquímica para estabilizar los constructos.
Vascularización y organización interna
Uno de los ejes centrales de su intervención ha sido la problemática del núcleo necrótico en estructuras voluminosas. Aunque sea posible imprimir cualquier forma, las regiones profundas tienden a sufrir necrosis por falta de difusión de nutrientes.
Su equipo ha desarrollado biomateriales propios -incluyendo fibroína de seda, celulosa y elastina recombinante- para mejorar elasticidad, adhesión celular y formación de redes endoteliales. Tras dos semanas de cultivo, observaron células viables distribuidas incluso en la región central de cilindros impresos. Según ha indicado, «al analizar las muestras comprobamos que las células profundas seguían vivas y expresaban marcadores característicos», lo que sugiere avances en la superación de la limitación vascular.
Igualmente, existen modelos experimentales que reproducen la interfaz alveolo-capilar pulmonar, demostrando que es posible recrear la proximidad estructural entre sistemas biológicos independientes pero funcionalmente interdependientes.
La bioimpresión desde el quirófano
Desde el terreno asistencial, el Dr. Jordi Raurich, cirujano oral y maxilofacial del Hospital Sant Joan de Déu, ha puesto énfasis en la estrecha colaboración con la unidad 3D del hospital para la planificación quirúrgica, la creación de guías y simuladores, así como la exploración de herramientas de realidad virtual aplicadas a modelos anatómicos complejos. Esta interacción constante ha modificado también su manera de pensar la cirugía: «Cuando estoy investigando pienso en mis pacientes del quirófano, y cuando estoy operando sigo pensando en las posibilidades de la bioimpresión».
En cirugía oral, ha expuesto el caso frecuente de la atrofia ósea con implantes expuestos, donde es habitual recurrir a injertos autólogos que obligan a intervenir una segunda zona quirúrgica. Esta técnica añade morbilidad y reduce la predictibilidad, ya que la adaptación manual nunca es perfecta. En este contexto, «la bioimpresión permitiría disponer de un bloque con la forma exacta del defecto y la resistencia necesaria para sostener los implantes», lo que potencialmente aumentaría la estabilidad y mejoraría los resultados.
En cirugía ortognática, los movimientos maxilares exigen un contacto óseo preciso y estable. Cuando aparecen defectos amplios, los injertos actuales pueden infectarse o exponerse. A su juicio, «un injerto bioimpreso, celular y personalizado mejoraría enormemente la predictibilidad», especialmente en pacientes jóvenes.

También ha abordado la rinoplastia reconstructiva y los defectos alveolares asociados a fisura labio-palatina en población pediátrica. Algunos procedimientos dependen de la talla manual de cartílago o hueso autólogo, con tiempos quirúrgicos prolongados. A este respecto, «disponer de un andamio ya impreso y listo para colocar haría el procedimiento más rápido y fiable, evitando además una segunda zona quirúrgica».
Ha concedido particular relevancia a la reconstrucción de la articulación temporomandibular en niños, donde las prótesis aloplásticas no acompañan el crecimiento, planteando que «imaginar un cóndilo bioimpreso con capacidad de crecer y adaptarse al desarrollo del niño cambiaría completamente nuestro abordaje».
A pesar de estos posibles avances, ha advertido que «lo importante no es la portada del día siguiente, sino los resultados a largo plazo», y ha recordado que la tecnología no sustituye la formación ni la correcta indicación clínica. Del mismo modo, ha expresado cautela respecto al trabajo con células y sus posibles riesgos, subrayando que solo una colaboración estrecha entre ingenieros y cirujanos permitirá transformar la expectativa tecnológica en una solución segura y eficaz para los pacientes.
Joint-Lab IQS-SJD
La Dra. Glòria Nieva, coordinadora de JointLAB IQS-SJD y profesora en IQS, ha presentado el Joint-Lab IQS-SJD, desarrollado en colaboración con el Institut de Recerca Sant Joan de Déu. La iniciativa es una plataforma estructurada para integrar biomateriales avanzados, simulación computacional y tecnologías 3D con la experiencia clínica directa.
«La traslación de la bioimpresión a la práctica clínica solo es posible si existe una colaboración real y estrecha entre ingeniería, ciencia de materiales y clínica», ha agregado, insistiendo en que la innovación biomédica no fracasa por falta de ideas, sino por desconexión entre disciplinas. Desde esta perspectiva, ha comentado que «los ingenieros solemos enamorarnos de la tecnología, pero si no entendemos exactamente cuál es la necesidad clínica, corremos el riesgo de desarrollar soluciones brillantes para problemas equivocados».
Tradicionalmente, ambos ámbitos han trabajado en paralelo y el laboratorio conjunto ha nacido para cerrar esa brecha tras casi una década de colaboración previa. Tal como ha dicho, «no se trata solo de colaborar puntualmente en un proyecto, sino de crear una estructura estable donde la interacción sea constante y bidireccional».
El modelo incluye comités estratégicos y científicos, investigadores afiliados y doctorandos que han convertido ideas en prototipos y validaciones preclínicas. Ha resaltado el papel de los jóvenes investigadores al afirmar que «los doctorandos son el verdadero motor del laboratorio: son quienes transforman la conversación interdisciplinar en experimentos, datos y resultados concretos».
Uno de los pilares es la formación de perfiles híbridos capaces de comprender tanto la lógica ingenieril como las necesidades clínicas reales. En este punto ha subrayado que «necesitamos profesionales que hablen ambos idiomas: el de la biomecánica y el del quirófano, el de los biomateriales y el del paciente». Para la profesional, la consolidación de estos perfiles es una condición indispensable para acelerar la traslación.

Un equipo multidisciplinar
IQS aporta experiencia científica, equipamiento avanzado y orientación a I+D y transferencia, mientras que el hospital proporciona acceso directo a clínicos, pacientes, imágenes médicas y un entorno real de validación. «El hospital nos confronta con la realidad; nos obliga a preguntarnos si lo que diseñamos tiene sentido en un entorno quirúrgico, si es viable, si mejora realmente la práctica clínica», ha aclarado.
«Publicar es importante, pero no es suficiente; si la innovación no llega al paciente, se queda incompleta», ha expresado, añadiendo que uno de los retos principales ha sido reducir el tiempo entre la idea y su validación clínica, optimizando procesos regulatorios y flujos de comunicación.
Tras una de las primeras reuniones conjuntas, varios participantes le han transmitido la sensación de haber encontrado por fin un lugar de encuentro real entre disciplinas. «Me dijeron que, por primera vez, estaban en una sala donde todos compartían el mismo objetivo: hacer cosas que lleguen al paciente», ha compartido.
De cara al futuro, ha expresado la ambición de posicionar el Joint-Lab como centro de referencia internacional: «Queremos captar financiación competitiva, aumentar las publicaciones conjuntas de alto impacto y, sobre todo, demostrar que este modelo colaborativo funciona».
Para la coordinadora, el laboratorio conjunto no ha sido únicamente una estructura organizativa, sino un modelo cultural. «Estamos construyendo algo más que proyectos; estamos construyendo una manera diferente de hacer innovación biomédica», ha concluido.
Una disciplina en transición
La bioimpresión ha dejado atrás la etapa de mera especulación tecnológica, pero aún enfrenta desafíos regulatorios, biológicos y clínicos significativos. La convergencia entre ingeniería, biomateriales, simulación y práctica quirúrgica se perfila como el camino más sólido para convertir constructos impresos en terapias seguras y eficaces.
Los ponentes han coincidido en que el éxito no dependerá de la espectacularidad técnica, sino de la capacidad de generar soluciones funcionales, duraderas y adaptadas al crecimiento infantil. En ese tránsito, la colaboración institucional y la formación de nuevos perfiles profesionales emergen como factores determinantes.