A los 35 años y después de 14 temporadas como profesional, Omar Fraile decidió colgar la bicicleta el pasado curso. Lo hizo en un momento … en el que muchos corredores aún exprimen sus últimas oportunidades, pero en su caso la retirada fue como una liberación. «Dejar la competición ha sido un alivio», reconoce. «Me estaba generando un estrés… La bicicleta me encanta, pero estaba empezando a tener ese desencanto», ha desvelado en una entrevista en EÜTSI, el podcast que conducen Mikel Elgezabal y Edurne Barayazarra.

Fraile ha repasado en la entrevista su trayectoria marcada por la constancia y por una evolución vertiginosa del ciclismo profesional. Durante años pensó que su carrera se alargaría hasta los 37 o 38. Sin embargo, el ciclismo que imaginaba ya no existe. Todo ha cambiado. «El ciclismo es cada vez más metódico. En la forma en que se está convirtiendo… a mí me costaría mucho más», admite. No se refiere solo al nivel del estado de forma, cada vez más alto y con jóvenes cada vez más precoces y mejores, sino al desgaste mental. «Ya no es solo físico. Si mentalmente no estás preparado, es durísimo». Para el vizcaíno, el punto de inflexión fue la pandemia. «El cambio grande vino con el covid». Desde entonces, los entrenamientos, la nutrición, la tecnología y el control de datos han elevado la exigencia a cotas casi milimétricas.

Uno de los fenómenos que más le preocupa al de Santurtzi es la irrupción de talentos cada vez más jóvenes en el profesionalismo. «Para mí es un error que pasen tan jóvenes. Es un error de los equipos grandes, que captan chavales muy jóvenes. Así se cargan la categoría sub23». Fraile defiende que el proceso de maduración no puede saltarse etapas. «Un chaval de 22 años no debería correr en profesionales». Además, expone la comparativa del crecimiento físico y muscular entre ciclistas a esa corta edad. «Un chaval con 17 años se puede quedar fuera del ciclismo porque no está desarrollado».

El exciclista observa el ciclismo actual con la experiencia de quien ha vivido dos épocas. Y habla sobre esos chavales que pasan tan jóvenes al profesionalismo. «Puedes tener un buen motor, pero si no te sabes mover en un pelotón…». Cree que la falta de aprendizaje progresivo explica parte del aumento de caídas. Y pone un ejemplo: «En un descenso hay maniobras que, en la norma no escrita del pelotón, no se pueden hacer, y hay chavales que las hacen».

Fraile también hace hincapié en los estudios. Él mismo recuerda que, aunque no cursó estudios universitarios, sí se formó. «A los 20 años tenía mi título, hice prácticas. Tenía una opción B», explica. Hoy ve casos que le inquietan. «Estoy viendo chavales que no tienen ni la ESO. Como te falle esto (por el ciclismo), no puedes ni opositar, no tienes ni un graduado», sostiene. Para el ahora exciclista, el mensaje es claro: talento y educación deben ir de la mano.

Triunfo en el Tour de Francia

Su carrera dio un giro definitivo en 2018. La victoria de etapa en el Tour de Francia le abrió puertas, mejoró contratos… y cambió su rol en carrera. «Ya me costaba coger fugas. Estaba más controlado. Cuando vas en una escapada ya eres ese corredor marcado. No te van a dejar escapar tan fácil». El éxito, paradójicamente, le restó margen de maniobra.

Aquel 2018 también dejó uno de los recuerdos más intensos de su vida deportiva: el Mundial de Innsbruck y el triunfo de Alejandro Valverde. «Fue una locura», rememora. «Problemas con vuelos, retrasos, concentración en Sierra Nevada… Todo el mundo sabía lo que nos había pasado. Decíamos que estábamos reventados y no cogimos responsabilidad al principio», explica. Pero el plan salió perfecto. «Era como si jugáramos a la PlayStation. Nos salía todo. Fue todo perfecto». Tras la victoria, Valverde tuvo un gesto que el vizcaíno no olvida: un Rolex personalizado para cada miembro del equipo, grabado con «Innsbruck» y el nombre del campeón. «Fue un detallazo».

Más allá de los resultados, Fraile también revela las pequeñas manías que le acompañaron durante años. La primera, con el casco. Nunca dejarlo boca abajo. «La parte que tocaría cuando te caes no puede tocar el suelo», explica. Con los guantes y los calcetines tiene otra. «Siempre estrenaba unos nuevos en cada carrera», reconoce. También «si sufría una caída o tenía un percance, estrenaba unos pares de cada al día siguiente. Y en cada gran vuelta llevaba dos culottes: uno hasta el primer día de descanso y otro hasta el final. Rituales que, reconoce, «eran una obsesión».