El 9 de septiembre de 2022, mientras el Reino Unido aún procesaba el vacío dejado por Isabel II, el rey Carlos III anunciaba desde el palacio de Buckingham la decisión que cambiarían el destino de su nuera: Kate Middleton, entonces duquesa de Cambridge, pasaba a ser oficialmente la nueva princesa de Gales.

Tras la solemnidad del nombramiento se escondía, sin embargo, un profundo proceso de reflexión interna. Según revela el experto en realeza Russell Myers en la nueva biografía William & Catherine: The Intimate Story, la decisión de asumir el título no fue un proceso automático, sino una meditada transición en la que Kate tuvo que sopesar la responsabilidad del cargo frente a la inevitable comparación que ha perseguido a la familia real británica durante más de un cuarto de siglo.

El precedente de Camilla

El título de princesa de Gales no es un nombre más en la heráldica real; es un legado de una gran complejidad emocional. Así, desde la trágica muerte de Diana en 1997, la dignidad había permanecido en un limbo voluntario.

Camilla Parker Bowles, hoy reina, fue la primera en entender que la sombra de Diana era demasiado alargada. Aunque el título de princesa de Gales le correspondía tras su boda con Carlos en 2005, la familia real prefirió presentarla como duquesa de Cornualles. Fue un ejercicio de pragmatismo y respeto al sentimiento popular: la propia Camilla sabía muy bien que en su país no estaban preparados para ver a otra mujer ocupando el espacio de la «princesa del pueblo”. Y, mucho menos, a ella, señalada por Diana como rival.

Ese precedente fue el que Kate puso sobre la mesa antes de aceptar el relevo. La princesa temía que, al asumir el título, su propia identidad quedara diluida bajo el peso de las constantes referencias a su suegra. Un temor que discutió con su marido y Carlos III.

«Fuentes de palacio afirmaron que, aunque Kate apreciaba plenamente la historia asociada al cargo, estaba decidida a encontrar su propio camino», escribe Myers en los extractos del libro que se han ido publicando estos días antes de su salida a la venta el próximo mes de marzo. «Pero también expresó en privado a Guillermo y a Carlos sus reservas sobre asumir el título, consciente del excepcional sentimiento y la conexión del pueblo con Diana incluso 25 años después de su muerte”.

Finalmente, la actual princesa de Gales aceptó con una intención clara: no intentar ser una segunda Diana. Su enfoque, más contenido, busca honrar el pasado sin quedar atrapada en él.

Un antiguo asesor de la pareja confiesa a Myers en el libro que “esto demuestra lo reflexiva que es”: “Tiene intenciones bondadosas, pero también desea forjar un papel propio tanto para ella como para su familia, que en muchos aspectos es muy diferente a cómo han actuado generaciones anteriores de la realeza”, añade. «Es muy consciente del ritmo al que quiere avanzar; cuando se dejó convencer para aceptar el título (y hubo que convencerla un poco), sintió que, aunque las comparaciones con Diana serían inevitables, podría gestionarlo a su manera, manteniendo el máximo respeto por cómo Diana forjó un papel muy distinto en la familia real”.

Cuatro años después, se podría argumentar que lo ha conseguido: el título de princesa de Gales ha dejado de ser un recuerdo del pasado para convertirse en el presente de Kate.