Recordar también es olvidar. Y en ese margen incierto, movedizo, Irene González ha construido su trayectoria. La artista malagueña regresa a su ciudad con ‘Si … recordar fuera olvidar’, una exposición abierta hasta el 24 de mayo que indaga en la memoria desde la pausa, casi a contracorriente de una sociedad marcada por la velocidad. En La Térmica, antigua Casa de Misericordia donde durante décadas se acogió a niños sin recursos, su obra encuentra un lugar atravesado por historias reales, donde el tiempo dejó huella. González no fija la memoria: la desplaza, la transforma. Casi como un gesto de resistencia.

La exposición abre este jueves y no lo hace como punto de partida, sino como regreso. Irene González, asentada en Madrid, vuelve a La Térmica, donde ya fue artista residente en 2018, con un proyecto que ha crecido en los últimos años hasta consolidarse como una de las líneas más reconocibles de su trabajo. Si recordar fuera olvidar, coproducida con el MARCO de Vigo, podrá visitarse hasta el 24 de mayo en la Sala 014. La apertura oficial será esta tarde, a las 20.00 horas, en un espacio que la artista no solo ocupa: lo incorpora a la obra.

Trayectoria y retorno

No es un regreso puntual. Es una continuidad. Irene González (Málaga, 1988) ya formó parte del programa de residencias de La Térmica en 2018, un punto de inflexión en una carrera que desde entonces ha mantenido una línea de investigación coherente en torno al dibujo, la imagen y la memoria. Licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Granada, su recorrido incluye exposiciones individuales en Madrid, Andorra o Tarragona, así como presencia en ferias internacionales como Drawing Room o Drawing Now Paris.

Ese vínculo con el centro malagueño no es menor. «Es una satisfacción volver a contar con Irene González en este espacio», señaló el diputado de Cultura, Manuel López Mestanza, quien definió la propuesta como «un acto de rebeldía» frente a la velocidad contemporánea. La exposición, añadió, responde a una línea clara: «apostar por artistas vinculados a la provincia desde una perspectiva contemporánea».

Irene González junto al diputado de Cultura en Málaga y el director de La Térmica.

Irene González junto al diputado de Cultura en Málaga y el director de La Térmica.

La Térmica

El dibujo como estructura

En su obra, el dibujo deja de ser técnica para convertirse en sistema. El papel —plegado, cortado, superpuesto— adquiere dimensión escultórica y construye imágenes que no se muestran del todo. La exposición reúne series de dibujos que funcionan como secuencias abiertas, con piezas que se repiten y varían, y que podrían prolongarse indefinidamente.

Aparecen manos que manipulan imágenes, fragmentos que remiten a la historia del arte y escenas veladas que obligan al espectador a completar lo que falta. Velázquez, Vermeer, Cooper o la cultura japonesa son sólo algunas de las referencias que la artista ha incorporado en la exposición. El vacío, los márgenes y los blancos no son ausencia para la artista. «Forman parte activa de la obra». «Me interesa ese momento en el que la imagen empieza a desaparecer», explicó la artista. «No reconstruyo las imágenes, las velo, las completo. Recordar puede ser también transformar».

Entre las piezas, destaca un mural concebido específicamente para la sala, que introduce un trampantojo donde la luz modifica la percepción de la imagen. Por primera vez, una apertura permite la entrada de luz natural en este espacio, haciendo que la obra cambie a lo largo del día. Nada permanece fijo.

El espacio como memoria

La Térmica no siempre ha sido un centro cultural. Fue Casa de Misericordia desde 1907. Orfanato. Lugar de tránsito. Esa memoria latente se incorpora al recorrido expositivo, no como relato explícito, sino como presencia. «El espacio y la disposición de la obra tienen una carga histórica y simbólica», apuntó la comisaria Patricia Verdial. «Volver a un lugar no siempre significa recordar, sino reconocer que seguimos unidos a él de forma silenciosa».

Esa idea se materializa en una de las piezas centrales: un dispositivo cercano al altar, concebido como homenaje a quienes habitaron el edificio. La exposición no impone un recorrido, lo sugiere. Funciona por acumulación, por pausa, por silencios. La muestra se completa con un ciclo de cine vinculado a la exposición, con proyecciones de Tarkovski, Ozu o Maya Deren, que refuerzan ese diálogo entre imagen, tiempo y memoria.

Hay algo constante en el trabajo de Irene González: la insistencia. Series que podrían prolongarse indefinidamente. Imágenes que reaparecen en distintos formatos. Un archivo personal construido durante más de diez años. La artista incorpora también referencias literarias de Emily Dickinson en el propio título o Sei Shōnagon en ‘El libro de la almohada’, que refuerzan esa idea de memoria fragmentaria, no lineal, en constante reescritura. «Si recordar fuera olvidar no es una afirmación, es una pregunta», concluyó.

Y en esa pregunta se sostiene toda su práctica. La exposición no ofrece imágenes cerradas, sino procesos abiertos. Dibujos que se pliegan, escenas que no terminan de revelarse, fragmentos que obligan a mirar despacio. Porque en el trabajo de Irene González, «recordar nunca ha sido una forma de detener el tiempo, sino de seguir trabajándolo».