Disfrutando de la ‘magia cotidiana’ de Chema Madoz, no he podido dejar de pensar en una observación de mi hijo Ernesto, que, tras visitar su exposición en el Centro del Carmen de Valencia, una vez me dijo: «Este artista lo tiene muy … mal por culpa de la IA».

Venía a sugerir que esa máquina imperial entregada al antiguo arte de robar creaciones ajenas era capaz de realizar fotos con brillantes metáforas y combinaciones objetuales a velocidad supersónica. Como Bartleby, prefiero descartar que, en la simulación cibernética, pueda realizarse la poética metamorfosis de las mariposas.

La madurez estética absoluta de Madoz nos transporta una vez más, con ligeros aleteos, hasta un dominio de apariciones fulgurantes que nos invitan a pausar nuestra deriva aceleracionista.

Madoz declaró en 2020 que le gustaría que el espectador de sus obras cobrara conciencia de que «para viajar no necesita desplazamientos, que todo lo que nos rodea es susceptible de ofrecernos ora cara con tan sólo cambiar nuestro punto de vista, o que la poesía puede habitar en nuestra propia habitación».

Dar en el blanco

En realidad, sus fotos son desplazamientos tropológicos, metáforas y metonimias visuales que regalan perspectivas inauditas en un mundo esclerotizado. Su fulgurante imaginación no es nunca estática, aunque comience precisamente su muestra en la galería Elvira González con un péndulo detenido.

Declarado admirador de Ramón Gómez de la Serna y muy cercano a la poesía objetual de Joan Brossa, influido por la magrittiana pipa que niega su realidad más allá de la representación, Madoz no es en ningún cas, un epígono retro-surrealista. Forjó, hace décadas, un lenguaje fotográfico propio y ha demostrado que tiene una impresionante capacidad para dar en el blanco, generando imágenes que, valga la paradoja, son inauditas y, al tiempo, nos suenan ‘familiares’.

Algunas de las nuevas fotografías del madrileño en la galería Elvira González.

(Chema Madoz)

En estas fotos realizadas desde 2024, Chema Madoz, centrando siempre los sutiles ensamblajes-objetuales, reformula el género de la naturaleza muerta con alusiones tanto a la serenidad contemplativa cuanto a la conciencia de la finitud. Pienso en un cráneo negro de blanca dentadura o en otro que se refleja en forma ovoide; o en la cruz excavada. Pero también en ese mensaje en la botella que contiene la imagen del naufragio. Acaso nuestra vida no sea otra cosa que la alegoría del ‘homo bulla’ que, en el imaginario metaforizador de este artista, termina por aparecer como esferas de cristal que se rompen al impactar sobre un yunque.

A pesar de todo, más allá del nihilismo ambiental, el arte sigue teniendo la capacidad de evocar algo diferente a lo que tenemos o, tal y como Madoz indica, «abre brechas en la percepción y nos pone en bandeja una idea de realidad que nos resulta tremendamente maleable». La mirada del fotógrafo va de caza con el propósito, nada destructivo, de dotar de vida lo inanimado. Especialmente felices son las composiciones en las que juega con los elementos de la cetrería, colocando sobre un guante una mariposa, o la caperuza a la escultura de un pájaro.

  • Chema Madoz

    • Lugar:
      Galería Elvira González (Madrid)

    • Dirección:
      C/ Hermanos Álvarez Quintero, 1

    • Clausura:
      Hasta el 10 de julio

    • Valoración:
      ****

Ajeno a las obsesiones taxidérmicas, este creador consigue que sus imágenes emprendan el vuelo, incluso cuando están, como ese montón de mariposas, en el recogedor de la basura. Sin duda, las fotos de Chema Madoz tienen ese latido o batir de alas que, en todos los sentidos, nos reanima.