The Walking Dead es una serie que adaptó los cómics de Roger Kirkman a la televisión. Trata de una pandemia que afecta a los seres humanos, que al fallecer se transforman en muertos vivientes. No piensan, interactúan de según qué forma y sólo quieren una cosa: comer. Y sería una buena metáfora de lo que han sido los Rockets esta temporada si no fuera porque a la franquicia texana le ha faltado lo que sí tenía el antagonista del aclamado folletín: un hambre voraz. Sin rumbo ni dirección, el equipo que prometía conquistar los cielos, por consenso o por asalto, el pasado verano, se ha quedado en un hazmerreír que se ha presentado a primera ronda porque no había otra. Pero han fichado, se han tomado su café y se han dedicado a ver la vida pasar. Eso, y que LeBron James sigue teniendo hambre a pesar del paso del tiempo, de las 41 primaveras, de las 23 campañas. Y estar a la altura de ese pedazo de historia es lo que no ha hecho un rival que no ha sido ni eso.

Es cierto que las lesiones de Fred VanVleet antes de empezar la temporada y de Steve Adams durante la misma ha dejado a los Rockets sin la sapiencia y el mármol. Pero eso no es excusa, porque la imagen mostrada es mucho peor que el resultado final: apatía, desconexión, falta de ganas y una indolencia supina que ha sido arrasada por unos Lakers eternamente optimistas, que piensan que pueden ganar incluso cuando es imposible que eso ocurra. Han pasado por encima a los texanos, que no han tenido en dos de los partidos de la eliminatoria a Durant. Pero LeBron ha jugado con Marcus Smart, Rui Hachimura, DeAndre Ayton y Luke Kennard en el quinteto. Y eso debería haber sido suficiente para que los Rockets consiguieran, al menos, dar la sensación de que podían batir a sus rivales. Pero nada: cuando no se quiere, no se puede. Y no es lo mismo presentarse a un partido que jugarlo.

Llega, ahora, el tiempo de la reflexión para un proyecto que el año pasado cayó en primera ronda con una alegría legítima tras haber alcanzado los playoffs, y ahora lo hace en el mismo punto pero con la sensación de fracaso estrepitoso. Y con muchas cosas que solucionar: Alperen Sengun se ha quedado por el camino de lo que debería haber sido, la ausencia de Dillon Brooks ha pesado mucho más que la presencia de Durant y la intendencia lo ha intentado todo y no ha conseguido nada, aunque al menos ha mostrado algo parecido a la voluntad. El que no se consuela es porque no quiere, pero no parece que la cosa vaya a tener solución y todos los dedos señalan a Ime Udoka. Por un lado, porque la culpa siempre es del entrenador, y por otro porque el ex de los Celtics ha demostrado que sus límites son excesivos, que no sabe hacerse con unos jugadores que no creen en él y que la falta de planes en ataque no ha sido suplida por una defensa que se ha desmoronado en el momento de la verdad.

Durante la regular season, los Rockets han sido la segunda mejor defensa de la Conferencia Oeste, la cuarta mejor de la NBA. Han sido décimos en porcentaje de tiros de campo y en porcentaje de triples, primeros en rebotes de toda la competición y terceros en tapones, además de cometer menos faltas que nadie, una virtud relativa pero sólida si tenemos en cuenta los pocos puntos recibidos. Todo esto ha desparecido en playoffs, en esa primera ronda que la gente recordará por la sempiterna presencia de LeBron, curtido en mil batallas, siempre dispuesto a dar un último servicio. Contra él, nada: los texanos han lanzado de forma horrible, han acumulado pérdidas, han llevado al máximo la disfuncionalidad en ataque, no han movido bien el balón y, encima, no han tenido soluciones para frenar al Rey y a sus acólitos. Cayendo de forma clara y en finales apretados, contra un hombre que ha liderado como nunca y como siempre, con o sin prórrogas. Y han sufrido ausencias: pero, recordemos, se han enfrentado ante un rival que no ha contado con Luka Doncic ni Austin Reaves. No hay excusas.

Y Durant, siempre Durant

La figura de Kevin Durant es altamente controvertida. Ambigüa, ambivalente, contradictoria. Su talento es incuestionable, es uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, una leyenda en activo que probablemente acaba siendo, si el físico le respeta, el segundo o el tercer máximo anotador de la historia (ya es el quinto) si aguanta jugando hasta los 40 años. Es MVP de la temporada, dos veces campeón de la NBA con los Warriors, cuatro veces campeón olímpico, dos veces MVP de las Finales, 16 veces All Star con dos MVPs de dichos partidos. También fue Rookie del Año, MVP del Rookie Challenge, miembro del Mejor Quinteto de rookies y ha estado presente en 11 ocasiones en los Mejores Quintetos, además de ser Máximo Anotador en cuatro ocasiones, tener un oro mundial y derrochar talento por los cuatro costados cada vez que ha pisado una pista de baloncesto. Una estrella generacional, única en su especie. Alguien a quien es un privilegio ver jugar. Pero…

Pero Durant también es un jugador que destroza todo lo que toca, que no está cómodo en ningún sitio, que se queja constantemente, que no para de desenterrar viejas rencillas y de crear otras nuevas. Salió de malas maneras de Oklahoma, no estuvo en su salsa ni en San Francisco siendo clave y parte de la última gran dinastía de la NBA; se fue a los Nets con su famosa frase de que el equipo lo iban a llevar los jugadores (saludos cordiales a Steve Nash), cayó en Phoenix como quien no quiere la cosa para decir adiós enfadado por el mundo vete tú a saber por qué. Y ahora, en los Rockets, también la lió cuando en mitad de la temporada se le acusó de manejar una cuenta falsa en redes sociales con la que insultaba a compañeros y entrenadores. Una cabeza insoldable, un hombre que nadie qué quiere y, sobre todo, un ser indomesticable, siempre pendiente de él mismo, sin contar con los demás. La expresión máxima del individualismo salvaje. Un jugador único y una persona única. Para bien y para mal.

Durant va a cumplir 38 años en septiembre, lleva 18 temporadas en la NBA y tiene comprometidos casi 44 millones de dólares para la temporada que viene, además de una player option que se va por encima de los 45 en la 2027-28. Tiene comprometidos salarial y contractualmente a unos Rockets que tampoco se pueden mover en el mercado como las gustaría. Y aprisiona por enésima vez a una franquicia que se pliega a sus deseos. Esta temporada ha llegado a los 78 partidos disputados con 26 puntos, 5,5 rebotes y 4,8 asistencias de promedio, por encima del 50% en tiros de campo y del 40% en triples. Pero ha llegado en un momento lamentable a playoffs desde el punto de vista físico, ha estado a años luz de su supuesta némesis, LeBron, y encima no se presentó al banquillo en el tercer asalto. Oficialmente, estaba tratando su lesión. Lo extraoficial es la realidad: que le da absolutamente igual todo. También, claro, lo que se pueda pensar de él.

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Así están las cosas en los Rockets. Tienen más de 184 millones comprometidos para la próxima temporada, y Jabari Smith, por poner un ejemplo, tiene contrato garantizado hasta 2031. Hipotecados desde que tuvieron la osadía de fichar a Durant, no tienen margen de maniobra. El movimiento fue valiente y pretendía ser definitivo, pero quizá la longeva estrella ya no de garantías de victoria, si es que alguna vez las ha dado. Al fin y al cabo, desde que dejó los Warriors, su sucesión de temporadas ha sido bastante mala: un año perdido por el Aquiles, una segunda ronda con los Nets, un 4-0 en primera ronda, otra eliminación en semifinales, otro 4-0 a las primeras de cambio y, el curso pasado, sin playoffs. Y, tras otro adiós en la eliminatoria que abre los playoffs, la pregunta es qué narices van a hacer los Rockets para solventar la situación más allá que cargar todas las culpas, que las tiene, en Udoka. También nos preguntaríamos cómo se ha llegado hasta aquí. El problema es que eso ya lo sabemos.

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