Cannes
No es fácil que un festival de cine de autor, como lo es Cannes, elija un slasher americano para inaugurar su sección paralela, Un certain regard, esa donde selecciona las películas con miradas más iconoclastas. Toda una declaración de intenciones, si tenemos en cuenta que, normalmente, el festival agrupa las películas de género en una única sección, llamada ‘proyecciones de media noche’. Ha habido excepciones como Titane, de Julia Ducournau, ganadora de la Palma de Oro o La Sustancia, de Coralie Fargeat, y ahora se suma a ellas la nueva película de una de las directoras independientes más reseñables del cine norteamericano, la cineasta queer Jane Schoenbrun. Directora de películas como We’re All Going to the World’s Fair (2021) y I Saw the TV Glow (2024), en las que ha insistido en que el miedo no siempre tiene que proceder de una amenaza externa, también puede haber terror de la sensación de extrañamiento respecto al propio cuerpo y a la realidad y, más, viniendo de una directora trans. Eso es precisamente lo que hace en su tercer largometraje. Con un título que parece una broma privada entre aficionados al terror de videoclub, Teenage Sex and Death at Camp Miasma juega desde el primer minuto a tensar la cuerda entre la parodia y el homenaje.
De hecho, toda la película puede leerse como una reivindicación del cine y la cultura pop como espacios donde todo es posible —para bien y para mal— y como refugio de aquellos niños, niñas y niñes queer que encontraron en la gran pantalla un lugar seguro frente a un mundo que los arrinconaba por ser diferentes. El argumento nos sitúa en el momento en que una joven directora de cine, un posible alter ego de Schoenbrun, al que interpreta la actriz de la serie Hacks, Hannah Einbinder, se prepara para entrevistarse con una vieja estrella del terror a la que idolatra. Tras años de secuelas chapuceras, la saga Camp Miasma pasa a manos de esta cineasta entusiasta, decidida a resucitarla. Una idea en la ficción que encaja en este contexto que vive la propia industria de Hollywood, de una fiebre por renovar viejos éxitos ante la evidente falta de ideas. Primera crítica a la industria del cine, con una reflexión sobre las franquicias agotadas. La segunda llega con una reunión por zoom con ejecutivos y agentes, que reconocía la directora, está basada en sus experiencias, y donde muestra la hipocresía de los estudios, incluso de los independientes. De hecho, a dos días de venir a Cannes, denunciaba que nadie había querido apoyar esta película, salvo Mubi, que la estrenará en cines el próximo 7 de agosto.
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Unit Day 04: A Bad Day At Camp Tivoli / Ryan Plummer
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Unit Day 04: A Bad Day At Camp Tivoli / Ryan Plummer
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En medio del proceso creativo, esta directora visita a la estrella de la película original, una actriz ahora recluida y envuelta en misterio. Como Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses, pero en lugar de una mansión en Sunset Boulevard, esta estrella decadente vive en un viejo campamento de verano, en pleno invierno, aislada, sola y obsesionada con un monstruo que habita en las profundidades del lago. Ambas mujeres se adentran en un mundo empapado de sangre, deseo, miedo y delirio. Gillian Anderson y Hannah Einbinder son las dos protagonistas, que se entregan con entusiasmo al drama y al exceso de una propuesta donde los límites entre ficción, memoria y cuerpo se disuelven.
Desconcertante, inquietante y absorbente, Schoenbrun repite algunas de las constantes ya presentes en su anterior filme, ese que alabó hasta Martin Scorsese, I Saw the TV Glow, e insiste en una defensa del cine de terror con poso autoral, donde la identidad queer es el sustrato de la historia, sin renunciar a las referencias constantes a la cultura pop. Una mezcla extravagante que, sin embargo, acaba funcionando a la perfección.
Entre esas referencias destaca el VHS, símbolo de una generación que conoció el mundo —y también el sexo y el deseo— a través de las cintas alquiladas en los videoclubs. El cine ha configurado las fantasías sexuales de hombres y mujeres, y la película aborda de manera explícita el aprendizaje del placer sexual femenino, un tema poco tratado en el cine de género. La directora se atreve incluso a plantear qué ocurre cuando una mujer feminista, queer e inteligente alberga una fantasía erótica de raíz patriarcal. Es lo que le pasa a este personaje de la directora lesbiana, que reconoce que su fantasía es verse corriendo semidesnuda, perseguida en mitad de la noche por un monstruo, como una final girl del slasher clásico. La propia directora ha reconocido que detrás de esta historia estaba la voluntad de mostrar cómo aprender a dejar de disociarse durante el sexo, algo que han sufrido muchas mujeres y que el cine pocas veces ha contado.
Schoenbrun vuelve a configurar los códigos del slasher, con claras alusiones al título de culto Sleepaway Camp (1983), donde el personaje trans era presentado como el villano. En un ejercicio metacinematográfico, el propio guion señala lo tránsfobo de aquella decisión, sin dejar de subrayar la complejidad de la representatividad, incluso cuando esta es negativa. En Camp Miasma, el monstruo de la franquicia se llama “Pequeña Muerte”, cuya leyenda llega a consumir a Kris y desencadenar su despertar sexual. El papel lo interpreta Jack Haven, la estrella trans revelación de la serie de televisión Glow.

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Imágenes nocturnas, luces de neón, pantallas brillando en la oscuridad y una puesta en escena deliberadamente extraña, como si Wes Anderson se hubiera fusionado con el surrealismo de David Lynch, la oscuridad corporal de Cronenberg y hasta con ecos de Arrebato de Iván Zulueta, donde el cine y las cintas vampirizan a sus protagonistas. Todo ello atravesado por una nostalgia melancólica que sirve de telón de fondo a una historia hipnótica, divertida y sangrienta, donde el cine se convierte en el lugar que nos da el valor para experimentar aquello que nos da miedo y a lo que no nos atrevemos.
Teenage Sex and Death at Camp Miasma supone un salto de escala para Schoenbrun sin abandonar su radicalidad: más reparto conocido, más presupuesto, pero la misma obsesión por cómo el cine y el terror moldean el deseo, el miedo y la identidad.