Subieron al escenario, uno a uno y entre aplausos, en el orden de los dorsales que vestían hace 20 años, cuando fueron campeones del mundo de baloncesto: Pau Gasol (4), Rudy Fernández (5), Carlos Cabezas (6), Juan Carlos Navarro (7), José Manuel Calderón (8), Felipe Reyes (9), Carlos Jiménez (10), Sergio Rodríguez (11), Berni Rodríguez (12), Marc Gasol (13), Alex Mumbrú (14) y Jorge Garbajosa (15). Los 12 jugadores que el 3 de septiembre de 2006 se colgaron en Saitama el inolvidable oro del Mundial de Japón y el seleccionador que les condujo a la gloria, Pepu Hernández, fueron homenajeados este lunes en un emotivo acto organizado por la Federación Española en el hotel Melià Castilla en Madrid.
Los 12 campeones del mundo y Pepu Hernández, este lunes en Madrid.alberto nevado
La primera medalla internacional del baloncesto masculino marcó un antes y un después no solo en el mundo de la canasta, por inesperado y revolucionario, sino para todo un deporte español que explotaba entonces hacia la mejor época de su historia. Ese mismo año Rafa Nadal conquistaba su segundo Roland Garros, como Fernando Alonso otro campeonato del mundo de fórmula uno, y la selección española de fútbol se encaminaba hacia el glorioso ciclo de Eurocopa 2008, Mundial 2010 y Eurocopa 2012. Pau Gasol, el gran referente de aquella generación campeona, traza un camino paralelo entre ese grupo de jugadores que se fundieron como una familia y compitieron sin miedo ni complejos en Japón y sus colegas futbolistas que se vistieron con la estrella en Sudáfrica. “Creo que fuimos un espejo, una inspiración. Ese ambiente de ser una familia, la ambición, el respeto, la cohesión… hubo cosas positivas en ese equipo de baloncesto de cara a que la selección de fútbol ganara luego la Eurocopa y el Mundial. Eso se transmitió de generación en generación”, respondía Pau Gasol a EL PAÍS.
Aquel equipo resplandeciente de 2006 fue la semilla de la que brotaron luego cuatro oros europeos, otro oro mundial en 2019 y dos platas olímpicas, de la misma manera que la selección de Xavi y Casillas ejerce de motor para el equipo actual que busca la final mundialista en Estados Unidos. “No solo era ganar o perder, sino el cómo, lo que transmitíamos. La calidad humana de ese grupo fue determinante no solo para ganar ese Mundial, sino para dejar un legado para el deporte español. El mensaje que mandamos es que había que creer”, sentenciaba Pau Gasol.
Los campeones mundiales en 2006.
El equipo de Pepu Hernández fue primero de grupo con triunfos ante Alemania, Angola, Nueva Zelanda, Japón y Panamá antes de batir a Serbia en octavos (87-75), a Lituania en cuartos (89-67) y a Argentina en unas agónicas semifinales (74-75). “Ese fue el partido más duro de mi carrera”, recordaba Jorge Garbajosa. Pau dejó una de las imágenes de aquel campeonato cuando al final del encuentro se rompió el quinto metatarsiano del pie izquierdo y no pudo disputar la final. Aun así, España arrolló a Grecia en el choque por el oro (70-47) con una exhibición coral y con su hermano Marc asumiendo galones. “Yo había entrado en el equipo con el papel soñado, el de pegar a mi hermano mayor”, bromeaba Marc. “La final fue el partido que más he disfrutado en mi vida, y eso que no pude jugarlo”, resumía Pau.
El pívot español fue elegido el mejor jugador del torneo y parte del quinteto ideal junto a Papaloukas (Grecia), Ginóbili (Argentina), Carmelo Anthony (Estados Unidos; fueron medalla de bronce con LeBron James) y Garbajosa. “Era muy fácil jugar en ese equipo. ¡Qué bien jugábamos al baloncesto! Fue un oro que cambió todo para el deporte español. Mandamos un mensaje a la gente. Todos eran parte de nuestro equipo”, recordaba José Manuel Calderón. “El mejor equipo en el que he jugado en mi vida, por talento y por ganadores”, resumía Sergio Rodríguez, tan despreocupado entonces, tan ajeno a la presión, que antes de cada partido se escapaba a un 7-Eleven a comerse un helado.
Había nacido el club de la pocha. Los jugadores se reunían en una habitación, jugaban a las cartas y reían juntos. Marchaban a una tienda a mirar ordenadores y volvían con unas cintas para el pelo con la bandera nipona que vistieron en las celebraciones del título. Bromeaban con Pau Gasol cuando iba en silla de ruedas tras su lesión y le subían en ascensor a una planta alta del hotel y allí le dejaban. Y hasta fantaseaban con crear una empresa española para vender esos retretes japoneses con chorrito de agua que tanto les habían impresionado… ya hace 20 años. “Mis mejores recuerdos son fuera de la pista. Lo más importante era el nivel humano”, apuntaba Felipe Reyes. “Esos chicos tenían una relación especial. Eran amigos unidos por un compromiso”, analizaba Pepu Hernández.
El seleccionador ocultó a sus jugadores que su padre había fallecido antes de la final contra Grecia. “Él consiguió que cada uno se sintiera importante. Cada jugador estaba comprometido con su rol, que era muy diferente al de su equipo”, comentaba Mumbrú, hoy seleccionador de Alemania y entrenador de la Virtus de Bolonia. Como él, todos los integrantes de aquel equipo han seguido unidos de una manera u otra al ba-lon-ces-to, así, con las cuatro sílabas bien diferenciadas y en voz alta, como Pepu gritó de manera icónica en los festejos de la Plaza de Castilla. “Yo no sabía que nos iban a llevar a un escenario. Me dieron un micrófono y dije que el baloncesto es un buen sitio donde estar, un refugio especial que hay que proteger. Este grupo se ha dedicado al baloncesto después del baloncesto, y está en buenas manos”, explicaba este lunes el técnico.
“Cuando llegamos a España y vimos ese recibimiento nos dimos cuenta de la repercusión que tenía ese oro”, contó Pau Gasol. “Ya nada sería igual para los deportes de equipo”, apuntó Navarro sobre el oro fundacional que conquistó el baloncesto.