Durante unos instantes el cielo cambió de forma. En los segundos que precedieron a la fase total del eclipse la temperatura bajó y un … tono plúmbeo se adueñó de la atmósfera. Se podía ver reflejado en las caras de los asistentes a este fenómeno en el cerro de las Contiendas, vecinos y visitantes de todo el mundo que no quisieron perder la ocasión de admirarse con la cara que enseñaba la luna y su espectacular aureola.
Decenas de personas rompieron a aplaudir al cabo de un minuto y medio en el mirador, momento en que el satélite cedió ante los potentes rayos del sol al que hacía solo unos minutos, pedían, se fuera. Tras una tarde de expectación la gente descendió por la ladera del cerro sin apresurarse, satisfechos por haber podido capturar el momento. Algunos enfilaron el tramo de la Avenida del Mundial 82 que pasa por delante del Real de la Feria, casi desierto a pesar de que era uno de los puntos habilitados por el Ayuntamiento para observar este fenómeno.
El recinto ferial se eclipsó también en afluencia, comparado con la cifra nada desdeñable de asistentes que decidieron desplazarse hasta el cerro de las Contiendas, muchos llegados desde la parada provisional que había habilitado Auvasa en el aparcamiento del estadio. El Real de la Feria exhibía a plena luz, y durante 94 segundos a la sombra, restos de basura y desperdicios por doquier.
Una brisa ligera se abrió paso en el mirador del cerro acompañando a la bajada generalizada de temperaturas en toda la franja que quedaba en tinieblas, cosa que agradecieron asistentes como Jean Pierre, recién llegado desde el sur de París, que ha visto por primera vez un eclipse total y ha viajado a un país hasta ahora desconocido al que espera volver «el año que viene, cuando haya otro en el sur de España».
Turistas de todas partes del globo terráqueo se dieron cita en Valladolid. Antes de las 19:30, cuando la luna empezaba a ganarle terreno al sol, la multitud iba tomando posiciones en la ladera del cerro. Desde el Real de la Feria hasta allí se desplazó Gertrude, recién llegada de Suecia, para ver por segunda vez un eclipse. «El primero que vi fue en Francia, hace 27 años. Creía que sería la única vez, pero me enteré en enero del año pasado de que habría uno en España y no me lo pensé dos veces», relata.
Se ha quedado en Valladolid dos semanas y ha aprovechado su estancia para tomar clases de español. Otros visitantes, como Luke y Mandy, de Manchester, tienen que abandonar apurados el mirador del cerro de las Contiendas para tomar el tren de las 21:20 a Madrid. Durante un minuto y medio no han podido evitar emocionarse. Para ellos, se trataba de un acontecimiento «irrepetible».
Luke y Mandy se abrazan emocionados al concluir el eclipse, Marcus y Taylor enseñan el cuaderno en el que verán proyectado el sol y Jean Pierre enfoca con su cámara el fenómeno astronómico..
(Aida Barrio)
Algunos con telescopios, otros con cámaras, prismáticos, cajas de cartón, gafas… Cualquier instrumento servía, puesto que lo importante en una jornada como esta era poner los sentidos en apresar el recuerdo de un acontecimiento que trascendía al efecto de una superposición de astros. Quienes lo vieron con sus parejas, familias, amigos, solos o acompañados, guardarán en su memoria la estampa de aquellos instantes en que pudieron verse las caras casi en la penumbra, bajo un cielo de aspecto ceniciento.
La carambola astral se vivía en el cerro verde y a resguardo del sol, que había puesto los termómetros a 37 grados mientras a las siete de la tarde los allí presentes empezaban a sacar sus gafas buscando una luna que intercediera por ellos. Marcus y Taylor trataron de encontrar el punto en el que poder escudriñar el sol a través de una diminuta perforación en un cuaderno. A falta de gafas, artículo que les resultó «imposible de encontrar», quisieron ver proyectado el eclipse sobre un papel tirando de ingenio. La pareja de floridanos residentes en Salamanca desde hace siete meses con motivo de sus estudios ha aprovechado la ocasión para visitar la capital del Pisuerga, hoy crisol de lenguas y acentos, y sumarse a la algazara que prorrumpió en aplausos apostada en la cima del cerro al término de esta jornada estival marcada para siempre en los calendarios vallisoletanos.
