{"id":144006,"date":"2025-09-28T10:09:13","date_gmt":"2025-09-28T10:09:13","guid":{"rendered":"https:\/\/www.europesays.com\/es\/144006\/"},"modified":"2025-09-28T10:09:13","modified_gmt":"2025-09-28T10:09:13","slug":"la-eternidad-por-fin-comienza-un-lunes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.europesays.com\/es\/144006\/","title":{"rendered":"La eternidad por fin comienza un lunes"},"content":{"rendered":"<p>El mundo ha enloquecido y ahora mismo es peor, por ejemplo, que en 1972. A veces los d\u00edas, los a\u00f1os, el tiempo, parecen quedarse quietos en un sitio solo, en una fecha. A m\u00ed me entr\u00f3 hace alg\u00fan tiempo la sensaci\u00f3n de haberme quedado en 1972, como si all\u00ed estuviera el principio, el fin o la duda quieta del mundo.<\/p>\n<p>Viv\u00ed so\u00f1ando en que el porvenir me iba a ense\u00f1ar, en el periodismo, en la literatura, en la vida, elementos para saber m\u00e1s, en mi oficio, en los amores, en la vida, que lo que ya supe, y ahora encuentro que casi todo lo que s\u00e9 de nuevo no vale tanto como aquellas noches y aquellos d\u00edas del a\u00f1o que ahora me parece tan grato, o por lo menos tan inesperado.<\/p>\n<p>Viajar a ese a\u00f1o, escucharlo, hacerlo revivir, no ayuda a nada, pero la evocaci\u00f3n a veces devuelve nombres propios, hechos, que ayudan a entender para qu\u00e9 sirve la memoria: para romper el espacio de tiempo en el que vamos navegando, y quedarnos, si nos da la gana, en un sitio concreto que ya no existe m\u00e1s, pero en el que vivimos todav\u00eda como si fu\u00e9ramos j\u00f3venes llegando al lugar donde nos esperan el amor o la duda, u otro tiempo.<\/p>\n<p>Esto era en Par\u00eds y yo estaba en un coche ajeno, yendo de un lado al otro de la noche oscura de aquel verano. Escuch\u00e1bamos por la radio la cr\u00f3nica de la rendici\u00f3n de Richard Nixon, agotado de decir mentiras sobre el Watergate.<\/p>\n<p>Aquel suceso marc\u00f3 el mundo, aquel mundo tan norteamericano. Era la explicaci\u00f3n de una falacia de la que hicieron historia dos periodistas, Bob Woodward y Carl Bernstein, encarnados luego para el cine por Dustin Hoffman y el reci\u00e9n fallecido Robert Redford. Era una pel\u00edcula en la que quer\u00edamos estar todos los periodistas, como para cumplir la ilusi\u00f3n de un oficio que todav\u00eda se hac\u00eda con bol\u00edgrafo y preguntando, como si no supi\u00e9ramos nada y todo tuvi\u00e9ramos que preguntarlo en una libreta de apuntes.<\/p>\n<p>Era, no lo olviden, 1972. Muchos a\u00f1os despu\u00e9s de aquella noche en Par\u00eds conoc\u00ed en Washington, y ya no era director del Washington Post, a Ben Bradlee\u2026 Me recibi\u00f3 en una habitaci\u00f3n en la que s\u00f3lo hab\u00eda retratos de otros, y \u00e9l hab\u00eda sido el hombre del Watergate, el que le dijo a aquellos chicos c\u00f3mo ten\u00edan que buscar, si eran profesionales, lo que de veras pas\u00f3 con Nixon. Ten\u00edan que buscar y callarse la informaci\u00f3n hasta que estuvieran seguros de que unas cosas y las otras eran, al fin y al cabo, un retrato de la verdad.<\/p>\n<p>Esa noche en Par\u00eds escuch\u00e1bamos los detalles del suceso del Watergate y la dimisi\u00f3n de Nixon como si esa cr\u00f3nica fuera nuestra. Entonces nosotros viv\u00edamos sintiendo que de Norteam\u00e9rica ven\u00eda todo, tambi\u00e9n el periodismo, y tan s\u00f3lo ten\u00edamos que transcribirlo. De Am\u00e9rica tambi\u00e9n ven\u00eda la ruindad, era obvio, y la mentira tambi\u00e9n ven\u00eda del mismo sitio. Y la belleza, y el cine, y el Oeste, y Nixon.<\/p>\n<p>El Watergate fue un desastre para los Estados Unidos y una lecci\u00f3n, al menos, para el periodismo mundial, que entonces debi\u00f3 pararse para salir del sue\u00f1o del que nos reclamaba el oficio: mira libro de Estilo para saber qu\u00e9 dices y c\u00f3mo explicas lo que sabes.<\/p>\n<p>De Am\u00e9rica hab\u00eda venido, pues, el Watergate, una exigencia a la que deb\u00edamos referirnos los periodistas, y el nombre de un hotel que despu\u00e9s fue la se\u00f1al que se le dio a cualquier f\u00e1brica de mentiras que naciera en cualquier parte, tambi\u00e9n donde viv\u00edamos.<\/p>\n<p>Yo viv\u00eda entonces en Tenerife, y hab\u00eda estado en Londres tras un amor y en busca del extranjero. El extranjero era entonces, adem\u00e1s del t\u00edtulo m\u00e1s entra\u00f1able y cercano de Albert Camus, algo inasible, como el amor nada m\u00e1s salir de la adolescencia y est\u00e1 a punto de esfumarse el primer gesto de abrazo o de escapada.<\/p>\n<p>El amor sigue siendo mi mujer, Pilar, y conoc\u00ed en Londres a mucha gente ese verano de 1972, la primera vez que hac\u00eda un viaje m\u00e1s all\u00e1 de las islas y de la Pen\u00ednsula. Me dieron cobijo en un lugar para m\u00e9dicos, hasta que se dieron cuenta que yo era tan solo un joven periodista. Fui por barrios y por cines, y vi, por ejemplo, La naranja mec\u00e1nica, de Stanley Kubrick, basada en la impar escritura de Anthony Burgess, al que entrevist\u00e9 una vez por tel\u00e9fono, estando \u00e9l en su casa inglesa y yo en una cabina de El Pa\u00eds, en Madrid. Crueldad y genio, cineastas de gran calado. Futuro. El mundo estaba cargado de futuro y eso se ve\u00eda en los cines.<\/p>\n<p>Me pareci\u00f3 haber llegado a la modernidad desde la taberna pobre del \u00fanico territorio, con Portugal, que ten\u00eda dictador en Europa, si descontamos la Uni\u00f3n Sovi\u00e9tica. Caminar por Londres, y luego por Par\u00eds, por Neuchatel, por Mil\u00e1n o por Florencia, o por Amsterdam, era como beber agua de un manantial diverso, en el que no s\u00f3lo hab\u00eda agua sino tambi\u00e9n gente nueva.<\/p>\n<p>En \u00c1msterdam esper\u00e9 paciente en la plaza del Bolsa a que no pasara nada, y de pronto vi llegar a mi altura, desde lejos, a Julio Cort\u00e1zar. Cuando lo vi cerca, y era la primera vez que lo ve\u00eda, med\u00eda a mi lado como dos metros, y yo sigo midiendo como la mitad. De aquello me acuerdo cada d\u00eda, y cada d\u00eda lo cuento de una manera distinta, como ya saben los que me leen, as\u00ed que ah\u00ed dejo aquel momento que tambi\u00e9n dio lustre a mi vida en 1972.<\/p>\n<p>En nuestro propio pa\u00eds era tan cutre todo, tan dif\u00edcil. El mundo terrible de la dictadura de Franco era una c\u00e1rcel intermitente. La polic\u00eda nacional me impidi\u00f3 en principio el viaje al extranjero, porque yo hab\u00eda escrito en mi peri\u00f3dico isle\u00f1o de entonces, El D\u00eda, un art\u00edculo que no le pareci\u00f3 patri\u00f3tico al gobernador civil de la provincia. Luego me dieron un pasaporte para un solo viaje, y ah\u00ed empec\u00e9 a saber qu\u00e9 mundo hab\u00eda por fuera.<\/p>\n<p>Aquella experiencia tiene ese a\u00f1o, 1972, y de todo eso me ven\u00eda acordando este \u00faltimo domingo viniendo de Biarritz, en un tren que tard\u00f3 diez horas en hacer el trayecto que no requiere ni la mitad de ese tiempo. En 1972 no hab\u00eda esas tardanzas, pens\u00e9 yo. De hecho, cuando fui a Par\u00eds desde Mil\u00e1n me pareci\u00f3 que iba de un celaje. Y por eso, por las distancias y por los a\u00f1os, me puse a pensar en aquel a\u00f1o en concreto, mientras la gente bostezaba la tardanza como si estuviera presa en un buque sin gasolina del pasado.<\/p>\n<p>Ah\u00ed me puse a leer un libro bell\u00edsimo, del que les hablar\u00e9 m\u00e1s otro d\u00eda, Una mujer a quien amar (Galaxia Gutenberg) de Theodor Kallifatides, inmenso narrador, impresionante poeta, el autor griego, y despu\u00e9s sueco, de Otra vida por vivir, que fue lo primero suyo que le\u00ed y que me cautiv\u00f3 para siempre como si el autor estuviera mezclando la m\u00fasica con el llanto y con un redescubrimiento: su idioma.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de a\u00f1os de exilio en Suecia un d\u00eda recobr\u00f3 la pasi\u00f3n de escribir en su lengua, la de su madre. Sent\u00ed que ese, Otra vida por vivir, era un libro suyo insuperable. Ahora este que le\u00ed en el tren infinito me parece a\u00fan mejor, si cabe. Escribir\u00e9 m\u00e1s de \u00e9l, de este libro emocionante en el que me encontr\u00e9 con una especie de hermano gemelo que naci\u00f3 en Grecia y pod\u00eda haber sido canario como cualquiera de los muchachos que me acompa\u00f1aban en el barranco del que vengo.<\/p>\n<p>En fin, 1972. En uno de esos momentos en que subraya lo que \u00e9l iba recordando, de su vida, de sus padres, de sus amigos, de sus amores, de su gente, escrib\u00ed algunas se\u00f1ales de mis recuerdos. Ah\u00ed se qued\u00f3 el t\u00edtulo de esta cr\u00f3nica (La eternidad por fin comienza un lunes, un t\u00edtulo que Eliseo Alberto tom\u00f3 para una novela suya de un poema de su padre, Eliseo Diego) y algunas consideraciones actuales que se quedaron en las p\u00e1ginas en blanco que tiene el hermoso relato del gran escritor griego: \u201cTrump quiere la inmunidad total y un d\u00eda dictar\u00e1 que \u00e9l no es reo de morir. Alguna vez se habr\u00e1 de resignar, pero querr\u00e1 morir matando\u201d. <\/p>\n<p>Eso escrib\u00ed, consciente de que, en efecto, 1972 fue mejor, otro tiempo, pero no s\u00e9 hasta qu\u00e9 punto aquel hombre, Richard Nixon, tan golfo, tan mentiroso, no le habr\u00e1 regalado desde el m\u00e1s all\u00e1 (es decir, desde 1972) algunas mentiras o algunas a\u00f1agazas de aquel tiempo en que Estados Unidos le daba lecciones al mundo y el mundo se las cre\u00eda. <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"El mundo ha enloquecido y ahora mismo es peor, por ejemplo, que en 1972. 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