{"id":258807,"date":"2025-11-27T16:38:11","date_gmt":"2025-11-27T16:38:11","guid":{"rendered":"https:\/\/www.europesays.com\/es\/258807\/"},"modified":"2025-11-27T16:38:11","modified_gmt":"2025-11-27T16:38:11","slug":"la-melancolia-monumental-de-anselm-kiefer","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.europesays.com\/es\/258807\/","title":{"rendered":"La melancol\u00eda monumental de Anselm Kiefer"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-277552\" src=\"data:image\/svg+xml,%3Csvg%20xmlns=\" http:=\"\" alt=\"Sala 3 Anselm Kiefer 1low\" width=\"1800\" height=\"1050\" title=\"La melancol\u00eda monumental de Anselm Kiefer 1\" data-lazy- data-lazy- data-lazy-src=\"https:\/\/www.europesays.com\/es\/wp-content\/uploads\/2025\/11\/Sala-3-Anselm-Kiefer-1low.jpg\"\/><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>1.<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Una visita deseada, planificada y, finalmente, perdida es una vivencia suspendida en la memoria que uno siente como una peque\u00f1a herida que no termina de cerrarse. A\u00fan tengo en el correo la confirmaci\u00f3n del vuelo a Nueva York, aquel noviembre en que me promet\u00ed caminar entre el plomo y la ceniza con las que <strong>Anselm Kiefer<\/strong> hab\u00eda levantado su exposici\u00f3n en la Gagosian. Con el sugerente nombre de Exodus abr\u00eda el d\u00eda 12 en la 24th Street, y yo, tan ingenua, pensaba que nada pod\u00eda torcerse. Luego vino el trabajo, una enfermedad, un retraso que se convirti\u00f3 en cancelaci\u00f3n definitiva, y aquella oportunidad se esfum\u00f3. Hoy releo mi cuaderno de notas en las que preparaba el futuro no-viaje y me quedo absorta en las im\u00e1genes mentales que sustituyeron al viaje real. Dec\u00eda la galer\u00eda que las obras estaban hechas de pintura, tela, cuerda, metal, tierra, objetos encontrados, y a veces sedimento de electr\u00f3lisis, como si Kiefer necesitara que sus cuadros llevaran adheridas las capas de la historia, la mugre del tiempo, la memoria convertida en costra. Yo miraba las fotograf\u00edas del interior del aeropuerto de Tempelhof, reproducido con una mezcla de devastaci\u00f3n y resplandor, y pensaba en esa frase del \u00c9xodo que abr\u00eda el texto: \u00abHe sido extranjero en tierra extra\u00f1a\u00bb. Nunca he pisado Tempelhof, pero sent\u00ed que de pronto yo tambi\u00e9n recorr\u00eda aquel hangar inmenso, bajo la lluvia dorada que Zeus dej\u00f3 caer sobre D\u00e1nae.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Hubo un momento, mientras hojeaba el cat\u00e1logo digital, en el que imagin\u00e9 que entraba en la sala y el aire ten\u00eda un peso distinto. En Nueva York, la muestra inclu\u00eda edificios monumentales, ruinas cargadas de s\u00edmbolos, y me pregunto si una no tiene que prepararse, casi f\u00edsicamente, para enfrentarse a esa escala. Me imagin\u00e9 avanzando entre estructuras derruidas, con un silencio espeso, como si dentro del cuadro a\u00fan vibrara la historia. Kiefer tiende a mezclar lo que se eleva con lo que se arrastra por el suelo: paja, barro, plomo, pigmentos que parecen haber sido quemados antes de posarse sobre el lienzo. Cuando vi la reproducci\u00f3n de F\u00fcr E.T.A. Hoffmann con esa ropa vac\u00eda, suspendida en la superficie, sent\u00ed una punzada. Esos cuerpos ausentes me recordaron que recorrer una sala de Kiefer es como pasar la mano por una cicatriz que no es tuya y, sin embargo, te la imaginas abriendo tu piel. En mi fantas\u00eda de visitante frustrada, iba tomando notas sobre la textura, los objetos adheridos a las superficies, los carros de la compra llenos de bultos que aparecen en varias obras, esos veh\u00edculos improvisados que evocan huidas contempor\u00e1neas, \u00e9xodos sin nombre. Me imaginaba deteni\u00e9ndome ante ellos con la respiraci\u00f3n encogida, consciente de que cada carro era tambi\u00e9n un paisaje humano, un retrato del desarraigo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En mi cabeza, la exposici\u00f3n crec\u00eda todav\u00eda m\u00e1s: ve\u00eda la columna de nubes, el barco suspendido que evocaba el ej\u00e9rcito del fara\u00f3n hundi\u00e9ndose bajo el mar. En Los \u00c1ngeles, dec\u00edan, hab\u00eda incluso una paleta alada hecha de acero y plomo, y yo, en mi casa de Valencia, abr\u00eda la imagen en la pantalla y pensaba que esa paleta era como un animal m\u00edtico escapado de una civilizaci\u00f3n extinguida. La frustraci\u00f3n fue convirti\u00e9ndose en una forma de deseo persistente: quer\u00eda caminar entre esas piezas para entender qu\u00e9 significa que un cuadro funcione como un campo de batalla emocional, como un testimonio y tambi\u00e9n como una pregunta que se abre paso entre los escombros.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Con esa ausencia en el cuerpo, me puse a escribir sobre Kiefer intentando no idealizarlo. La obra de Anselm Kiefer siempre obliga a mirar de frente lo que muchos preferir\u00edan dejar bajo la alfombra. Hay artistas que trabajan con la belleza, otros con la cr\u00edtica, pero \u00e9l trabaja con la herida. Lleva m\u00e1s de cinco d\u00e9cadas desafiando la idea de una historia limpia, c\u00f3moda, redimida. Cada vez que veo un cuadro suyo siento que la pintura est\u00e1 hecha de ruinas, no representadas, sino incorporadas. El plomo, la ceniza, la paja chamuscada, el vidrio roto no son s\u00edmbolos: son la materia misma del derrumbe, una especie de geolog\u00eda moral.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En 1969, cuando se fotografi\u00f3 a s\u00ed mismo haciendo el saludo nazi en distintos paisajes europeos, muchos se escandalizaron y a\u00fan siguen discutiendo si aquello era cr\u00edtica, iron\u00eda, inconsciencia o temeridad. Para m\u00ed, lo conmovedor del gesto es precisamente su ambig\u00fcedad. Kiefer no ofrece respuestas f\u00e1ciles; simplemente abre la compuerta del pasado para que salga a borbotones todo lo que todav\u00eda huele a peligro. En Shulamite, por ejemplo, toma una sala del Tercer Reich y la transforma en un espacio de duelo. No se limita a mostrar lo terrible: altera la arquitectura, la vuelve mausoleo, memoria, aviso. Lo mismo ocurre en Your Golden Hair, Margarete, donde cita el poema de <strong>Paul Celan<\/strong> no solo como referencia literaria, sino como detonante de un choque emocional. Kiefer no explica: confronta. No explica: incomoda.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Recuerdo un d\u00eda en que, revisando algunas de sus obras m\u00e1s recientes, pens\u00e9 que su pintura es tambi\u00e9n una forma de levantar mapas afectivos de Europa. Sus paisajes incendiados, sus horizontes borrosos, sus estructuras que parecen a punto de desmoronarse hablan de un continente que todav\u00eda no ha terminado de entender su propio trauma. Algunos cr\u00edticos le reprochan una cierta fascinaci\u00f3n por lo monstruoso, un coqueteo con los s\u00edmbolos del horror. Otros lo defienden como alguien que se adentra donde nadie quiere entrar para impedir que el pasado se oxide. A m\u00ed me interesa que su obra no permite la neutralidad: te empuja, te mueve, te obliga a elegir. Sus cuadros no consuelan, solo dejan claro que la historia no es un relato terminado, sino una fractura abierta.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>2.<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cuando hace unas semanas me lleg\u00f3 la noticia de que el <a href=\"https:\/\/www.cahh.es\/?utm_medium=referal&amp;utm_source=branded&amp;utm_campaign=revistas_q4_2025&amp;utm_content=jotdown_branded\" target=\"_blank\" rel=\"noopener nofollow\">Centro de Arte Hortensia Herrero<\/a> traer\u00eda a Kiefer a Valencia, sent\u00ed una punzada en el est\u00f3mago y supe que algo en mi biograf\u00eda sentimental iba a quedarse redimido. No en Nueva York, sino en la ciudad de la que parten mis ra\u00edces biol\u00f3gicas y sentimentales. El CAHH ha logrado en poco tiempo algo que parec\u00eda improbable: convertirse en un destino internacional, en un lugar donde la contemporaneidad tiene espacio para respirar belleza y salitre. Entrar en el Palacio de Valeriola es cambiar de dimensi\u00f3n para dejarse llevar por una vibraci\u00f3n antigua y, al mismo tiempo, reci\u00e9n estrenada, como si cada sala abriera un pliegue secreto de la ciudad y te invitara a caminar dentro de su memoria. All\u00ed, entre muros que conservan cicatrices de siglos, una siente que el arte no se contempla: se atraviesa. El edificio, con el circo romano latente bajo el suelo y la antigua juder\u00eda col\u00e1ndose por los muros, parece un organismo vivo que no deja de revelar sus capas. All\u00ed conviven obras de m\u00e1s de cincuenta artistas, desde <strong>Anish Kapoor<\/strong> a <strong>Olafur Eliasson<\/strong>, pasando por <strong>Plensa<\/strong>, <strong>Baselitz<\/strong> o David Hockney, y lo hacen sin estridencias, como si hubieran encontrado un hogar natural.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Me conmueve pensar que Hortensia Herrero, que ha hecho de su colecci\u00f3n una forma de devolver algo a la ciudad, lleva casi diez a\u00f1os dialogando con la obra de Kiefer. La primera pieza, Las flores del mal, la adquiri\u00f3 en 2016, y ahora el Palacio de Valeriola la acoge entre sus salas El anuncio de que en 2026 seis galer\u00edas del centro se vaciar\u00e1n para recibir una exposici\u00f3n dise\u00f1ada espec\u00edficamente para este lugar me produce una mezcla de ilusi\u00f3n y v\u00e9rtigo. Imagino la llegada de las obras desde el estudio del artista, el montaje silencioso, los t\u00e9cnicos sosteniendo estructuras inmensas, la sala respirando de otro modo. Y en el centro de todo, Dana\u00eb, ese cuadro de m\u00e1s de trece metros que solo se ha visto en Nueva York y que ahora aterrizar\u00e1 aqu\u00ed, en mi propio barrio, con su Tempelhof espectral y su lluvia dorada.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pienso en las palabras del propio Kiefer: \u00abYo pienso en im\u00e1genes. Los poemas me ayudan. Son como boyas en el mar. Nado hacia ellas\u00bb. Quiz\u00e1 por eso me siento tan cerca de su obra: porque tambi\u00e9n yo escribo como quien nada hac\u00eda algo que no termina de ver del todo. La exposici\u00f3n profundizar\u00e1 en el paisaje, en esa geograf\u00eda emocional que ha acompa\u00f1ado al artista desde sus inicios. Ser\u00e1, dicen, un recorrido por lo que nos constituye: la historia, la mitolog\u00eda, la literatura, los lugares que hemos habitado y los que nos habitan sin que lo sepamos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A veces, cuando paseo por Valencia, imagino ya esas salas abiertas, preparadas para recibir el peso de esa pintura que parece hecha con los restos del mundo. Pienso en la multitud que entrar\u00e1 sin saber muy bien qu\u00e9 va a encontrarse y saldr\u00e1 de all\u00ed un poco m\u00e1s tocada, un poco m\u00e1s consciente. Y me sonr\u00edo: aquella visita perdida a Nueva York se convierte ahora en una visita ganada. No tendr\u00e9 que fantasear con caminar entre las obras de Kiefer: podr\u00e9 hacerlo de verdad, aqu\u00ed, en la ciudad que tantas veces me ha acogido, donde escribo mi primer poemario que alguna vez ver\u00e1 luz \u2014y el mar \u2014, donde siento que cuando llegue la primavera, al fin, algunas im\u00e1genes dejar\u00e1n de ser deseo para convertirse en n\u00e9ctar mental. Y entonces s\u00ed, por fin, podr\u00e9 decir que la extra\u00f1eza de aquella ausencia se ha transformado en presencia.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"1. 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