{"id":54659,"date":"2025-08-18T00:22:21","date_gmt":"2025-08-18T00:22:21","guid":{"rendered":"https:\/\/www.europesays.com\/es\/54659\/"},"modified":"2025-08-18T00:22:21","modified_gmt":"2025-08-18T00:22:21","slug":"la-rastra-una-novela-de-joy-williams","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.europesays.com\/es\/54659\/","title":{"rendered":"\u00abLa rastra\u00bb, una novela de Joy Williams"},"content":{"rendered":"<p>La mayor\u00eda de las fotos que circulan de Joy Williams la muestran con anteojos negros. Es curioso. Uno podr\u00eda pensar que se trata de una estrategia de la autora, un objeto elegido entre muchos otros para distinguirse. Pero no parece ser el caso. Otra posibilidad es que, para una mujer acostumbrada a repartirse la vida entre Florida y el desierto de Tucson, Arizona (a vivir en un tr\u00e1iler rodeada de perros), los anteojos de sol sean una necesidad b\u00e1sica, un filtro para aplacar los rayos solares. Un tema que, por cierto, es muy sensible a la narrativa de Williams y a su inter\u00e9s por el medio ambiente. O quiz\u00e1s simplemente le gusta andar con lentes de sol.<\/p>\n<p>Pero la leyenda -escrita en la mism\u00edsima The Paris Review, en esas entrevistas ic\u00f3nicas y consagratorias- cuenta que, en verdad, Williams ten\u00eda que dar una conferencia. El d\u00eda previo perdi\u00f3 sus anteojos y termin\u00f3 usando unos de sol. Cuando entr\u00f3 al aula, escuch\u00f3 a uno de los alumnos decir que hab\u00eda llegado la escritora \u201cciega\u201d y luego, tras la lectura, otra persona le agradeci\u00f3 que hubiera estudiado el texto de memoria. Williams ten\u00eda que hablar sobre \u201ct\u00e9cnica\u201d y sobre lo que los norteamericanos llaman craft, que en criollo podr\u00edamos traducir como \u201cproceso de trabajo\u201d. Ella dijo: \u201cNo hay tal cosa. Solo hay deseo\u201d.<\/p>\n<p>Su \u00faltima novela, La rastra, publicada el a\u00f1o pasado y merecedora de varias nominaciones y premios, se puede leer bajo la luz del deseo. <b>Toda la obra de Williams, desde Estado de gracia, su primera novela, publicada por George Plimpton y nominada al National Book Award en 1973 (le gan\u00f3 El arco iris de la gravedad, de Thomas Pynchon), hasta sus cuentos, todos ellos prodigiosos, puede leerse desde ese lugar err\u00e1tico y vol\u00e1til del deseo<\/b>. Pero no un deseo definido, como el que los analistas nos empujan a seguir cuando pagamos sus sesiones; el deseo que marca nuestro rumbo a pesar de su falta de rumbo, que nos ordena, en cierto modo, hacia una decisi\u00f3n de vida. <b>El deseo asim\u00e9trico en las novelas de Williams es escurridizo; exasperante.<\/b><\/p>\n<p>La rastra es una novela de fugas y de b\u00fasquedas. En un presente futurista, m\u00e1s o menos cercano, bastante dist\u00f3pico (aunque no tanto como el que vivimos), una adolescente llamada Khristen (s\u00ed, con K) sale en busca de su madre. Khristen habita una suerte de escuela-pupila para ni\u00f1os prodigio en donde hablan socr\u00e1ticamente de muchas cosas. All\u00ed conoce a Jeffrey, un chico de diez a\u00f1os con el que entabla otras conversaciones, sobre distintos aspectos del presente dist\u00f3pico que les toca habitar; un mundo levemente referenciado, en donde los cambios clim\u00e1ticos apenas est\u00e1n sugeridos con un lenguaje po\u00e9tico que trata de escapar a los eufemismos. Se habla de ruinas sin entender qu\u00e9 son las ruinas, se habla de nubes o de cielos sin entender del todo bien qu\u00e9 ha pasado con el paisaje. Se habla de un presente flotante, de despojos y fantasmas.<\/p>\n<p><b>Como en la tradici\u00f3n de la novela del western postapocal\u00edptico (pensemos en La carretera, de Cormac McCarthy), Khristen y Jeffrey se lanzan, promediando la tercera parte del libro, tras los pasos de la madre de Khristen. La b\u00fasqueda asociada al viaje es uno de los temas m\u00e1s importantes de la novela norteamericana: el viaje como deseo de generar territorio pero tambi\u00e9n como b\u00fasqueda espiritual<\/b>. Desde Del tiempo y el r\u00edo de Thomas Wolfe, hasta Submundo de Don DeLillo (y Kerouac y tantos otros y otras), los narradores se mueven, se desplazan y ejercitan la memoria. En el caso de La rastra, el viaje est\u00e1 vinculado con su t\u00edtulo: lo que labra la tierra, el surco en la tierra para sembrar. Williams es una escritora militante que lucha contra el cambio clim\u00e1tico, e incluso public\u00f3 un libro sobre la problem\u00e1tica. La pol\u00edtica sobre el medio ambiente se mezcla con las intenciones de los personajes en La Rastra, una combinaci\u00f3n que no siempre sale airosa, pero que, en esas grietas que se forman en una tierra seca y devastada, aflora un lenguaje salvaje y novedoso. <\/p>\n<p>Joy Williams es lo que sol\u00eda decirse de ciertos escritores de cierta \u00e9poca: una escritora de escritores. Sus novelas y cuentos no son aptos para tiempos de redes y de atenci\u00f3n flotante. Demanda tiempo y concentraci\u00f3n; las cosas suceden y muchas de ellas carecen de l\u00f3gica. Hay un humor que subyace a todas las oraciones de La rastra que muchas veces escapa al primer entendimiento. La literatura de Williams escapa a la literalidad del presente y elude cualquier clase de met\u00e1fora. En aquella conferencia, Williams dijo que el calor del deseo para poder escribir deb\u00eda crecer en el infierno. Despu\u00e9s de dar su lectura, un chico levant\u00f3 la mano y pregunt\u00f3 si esa conferencia sobre el proceso de escritura pretend\u00eda destruir cualquier clase dogm\u00e1tica sobre c\u00f3mo escribir. Williams, escritora reverenciada por otros grandes nombres de la literatura norteamericana como Raymond Carver y Richard Yates, se sent\u00f3 y, con aire cansado, respondi\u00f3: \u201cEso espero\u201d.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"La mayor\u00eda de las fotos que circulan de Joy Williams la muestran con anteojos negros. Es curioso. 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