Uno entra al cine en Washington con la misma sensación con la que atraviesa los pasillos alfombrados de la Casa Blanca en una noche de recepción, sabiendo que todo está calculado, que cada gesto tiene un destinatario y que, incluso cuando se apagan las … luces, nada ocurre del todo en la oscuridad. Esta semana, además, hay una presión visible en la capital para verla cuanto antes, entre rumores de boicot y una curiosidad casi obligatoria en el entorno trumpista: «¿Ya has visto ‘Melania’?».
‘Melania’, el documental que lleva el nombre de la primera dama, llega con un despliegue que no suele reservarse a películas pequeñas. Más de 1.400 salas en Estados Unidos, estreno internacional en decenas de países, una campaña de marketing diseñada para competir con un taquillazo y un título que no necesita subtítulo porque pretende ser, en sí mismo, una marca. Melania aspira a ser Madonna, Aretha o Shakira, artista monónima. La duda, antes de ver el film, es artista exactamente de qué.
La película se presenta como un acceso «sin precedentes» a los veinte días previos a la segunda investidura de Donald Trump. Veinte días, el tiempo justo para que una transición sea todavía un teatro de cajas sin abrir, llamadas discretas, nervios y coreografías. Melania no intenta abarcarlo todo. Intenta fijar una imagen: la primera dama como figura central de un regreso.
Hay una frase que funciona como declaración de intenciones. Melania se coloca un sombrero de ala ancha, mira a cámara y dice ‘Here we go again’. ‘Aquí vamos otra vez’. No es una queja. Es una constatación. El trumpismo, en su segundo advenimiento, ha aprendido que el poder no solo se ejerce, también se produce. Y esta película es, sobre todo, producción.
El estreno mundial se celebró antes incluso de que llegara a los cines. Hubo un pase privado en la Casa Blanca, en la Sala Este, con invitados seleccionados como si se tratara de una gala de Hollywood: Mike Tyson, la reina Rania de Jordania, directivos de Silicon Valley. Palomitas en cajas personalizadas, entradas conmemorativas, galletas con el nombre de la primera dama. Todo muy americano para la modelo nacida en Eslovenia. Todo muy consciente de sí mismo.
La fecha añadía una capa incómoda. Aquella noche, mientras en Washington se proyectaba Melania en privado, el país seguía conmocionado por la muerte de Alex Pretti en Minneapolis, abatido durante las protestas en un clima de tensión creciente por la operación migratoria federal. La Casa Blanca, como suele hacer, compartimentó la realidad. Fuera, el rugir de la protesta. Dentro, la alfombra roja. Es difícil no pensar en eso mientras uno ve el film.



Algunas de las imágenes del documental que llega este viernes a los cines
Melania aparece como una figura que observa, que administra silencios, que organiza, que sugiere. En una escena se la ve aconsejando al presidente sobre su discurso inaugural, animándolo a enfatizar la idea de «pacificador y unificador». La cámara insiste en su rol de asesora íntima, como si el documental quisiera corregir una percepción antigua: la de una primera dama distante, ornamental, casi ausente.
Aquí no. Aquí está. Aquí vuelve. Y en eso hay algo interesante. Melania no es un florero. Toma decisiones. Influye. Incluso se proyecta su deseo de lograr la excarcelación de niños ucranianos retenidos en reformatorios rusos, como gesto de ambición política propia.
Melania es también el primer proyecto de Muse Films, la productora que la primera dama lanza como quien inaugura una nueva etapa. Amazon MGM Studios pagó 40 millones de dólares por los derechos. Cuarenta millones por un documental. La cifra no es solo un dato financiero. Es un mensaje. En el Washington de hoy, la cultura también es un contrato.
El director es Brett Ratner, conocido por Rush Hour y por haber desaparecido de la industria tras acusaciones de acoso sexual en 2017. Su regreso añade un matiz extraño. No hace falta subrayarlo demasiado. El simbolismo se escribe solo.
Amazon ha invertido además unos 35 millones en promoción. Anuncios durante partidos de la NFL, campañas en grandes espacios publicitarios, una maquinaria diseñada para que Melania compita no con otros documentales, sino con el ruido general de la cartelera. Llega, además, en un calendario saturado: la temporada de premios todavía ocupa salas con películas nominadas al Oscar, circulan otros estrenos mediáticos como el documental de Paris Hilton, y en el horizonte asoman los grandes monstruos comerciales, de Avatar 3 en adelante.
Sentado en la butaca, uno se acaba preguntando qué tipo de película es esta. No es un retrato íntimo al estilo clásico. Tampoco es una pieza de campaña explícita. Es algo más propio de esta era: un producto de acceso controlado. A quienes se obsesionan por saberlo todo de los Trump, el film les resultará entretenido. Los que detestan a Trump seguramente lleguen a los títulos de crédito incendiados.
Hay algo fascinante en la forma en que el trumpismo ha entendido la cultura como un brazo más del Estado. La primera dama tocó esta semana la campana de apertura de la Bolsa de Nueva York para promocionar la película. Melania habló allí del cine como tradición nacional: «no solo verán mi filme, participarán en nuestra historia».
La taquilla, por ahora, no acompaña del todo el entusiasmo presidencial. Trump ha escrito en redes que las entradas se están agotando «rápido», pero en varias ciudades los mapas de butacas muestran salas semivacías. El trumpismo siempre ha tenido una relación creativa con las cifras y este caso no es una excepción.
Pero incluso si la película no arrasa, su existencia ya es significativa. Nunca antes una primera dama había estrenado en salas comerciales un documental producido con esta escala. Es un gesto de época. La Casa Blanca como estudio, el poder como contenido, la transición como género cinematográfico.
Al final queda claro. Melania, monónima, aspira a ser artista de su tiempo, no tanto por lo que revela, sino por la forma en que el poder, ahora, también se filma. Es convertir la Casa Blanca en una pasarela, un escenario. Ha logrado un estreno por todo lo alto de un producto que en cualquier otra circunstancia sería un largo publirreportaje. Pero en el Washington de hoy, eso ya no es un defecto: es el género.