Siempre se ha dicho que ‘a quien madruga, Dios le ayuda‘. Históricamente ha sido un refrán para transmitir la idea de que con esfuerzo y organización se podían conseguir mejores resultados pero en los últimos tiempos, en los que muchos viven atosigados por el … estrés y los ‘timings’ y tareas del día a día, ha cogido fuerza llevar a la práctica esta idea, a veces de forma extrema, para conseguir ser más diligentes y trabajadores.

No es una situación para nada nueva que muchos se programen el despertador a las 6 o a las 7 para que, a pesar de que no empiecen la jornada laboral hasta un par de horas después, tengan tiempo para realizar algo de deporte, ordenar la casa y preparar comida o simplemente apuesten por arrancar antes a trabajar para sentirse más productivos y como ejercicio de disciplina personal. Menos frecuente, aunque cada vez más habitual, es adelantar por ello el reloj a las 5 de la madrugada.

‘Coaches’ y gurús de la productividad han alentado esta tendencia en los últimos tiempos, defendiendo este horario como el idóneo para mejorar la productividad, ir con menos estrés por la vida y tener tiempo para el cuidado personal, la planificación y el deporte. En definitiva, como un supuesto estándar de éxito. Es sabido, de hecho, que, por los ritmos circadianos, las primeras horas del día son ideales para estar bien concentrados y para tener la energía y el sueño bien regulado pero ahora la Sociedad Española de Neurología (SEN) acaba de lanzar un advertimiento sobre los riesgos de esta tendencia de levantarse cuando todavía es de noche.

Y es que los neurólogos recuerdan que no existe una base científica que acredite este beneficio y resaltan la importancia de respetar el cronotipo individual antes de obligarse a despertar a las 5 de la madrugada sin tener en cuenta las necesidades individuales de sueño. No hacerlo, recuerdan desde el SEN, puede acarrear consecuencias negativas para la salud de la mayoría de la población por el impacto negativo que puede suponer no dormir bien.

«Desde una perspectiva médica, imponer un horario de vigilia sin respetar las necesidades individuales de sueño puede generar un déficit crónico de sueño», destaca la doctora Celia García Malo, coordinadora del Grupo de Estudio de Trastornos de la Vigilia y Sueño de la SEN, que añade que «la privación de sueño no solo impacta en la energía diaria, sino que afecta de forma directa a la regulación metabólica, el sistema inmunológico, la estabilidad emocional y los procesos neurocognitivos». Por este mismo motivo se atreve a decir claramente que levantarse a las 5 horas «no es, por sí mismo, un hábito saludable en absoluto».

La experta recuerda, además, que en esto influye la hora en que uno se acuesta, cuánto duerme y, sobre todo, la cronobiología, es decir la predisposición genética de cada individuo a estar más activo en determinadas horas del día, algo que va más allá de los hábitos o la disciplina. Por este mismo motivo, forzarse a madrugar en contra del ritmo biológico puede generar insomnio, menor calidad del sueño y consecuencias sobre la salud mental y cognitiva, según la especialista.

Alondras o búhos

Se estima, según enfatizan desde la SEN, que la mitad de la población suele presentar un cronotipo estándar (que en España sería el de dormir de 23 a 7 horas o 00 a 8 horas) y el resto de la gente suele ser o muy matutina o muy vespertina. Son los conocidos como alondras, cuando son de adelantarse a las rutinas, o búhos, cuando van ‘retrasados’. Sean las horas que sean, cada uno tiene una predisposición natural e «intentar modificarla de forma agresiva es equivalente a ir constantemente en contra del propio reloj biológico».

«Esto puede actuar como desencadenante para sufrir insomnio o tener una peor eficiencia de sueño, y por lo tanto generar consecuencias sobre la salud, empeorando la función cognitiva, el estado de ánimo y reduciendo los niveles de energía», incide García Malo. Hacer lo contrario y adecuar trabajo, vida social o académica a las preferencias horarias en base a nuestro cronotipo puede tener claros beneficio.

La SEN recuerda que durante el descanso nocturno se consolidan procesos clave como la memoria, la regulación emocional y la eliminación de sustancias neurotóxicas en el cerebro. Por el contrario, la falta de sueño mantenida en el tiempo se ha asociado a un aumento del riesgo de patologías neurológicas y psiquiátricas. Además, diversos estudios apuntan a que dormir menos de seis horas diarias de forma habitual aumenta hasta en un 30 por ciento el riesgo de deterioro cognitivo y se asocia con un mayor riesgo de enfermedades neurológicas y neurodegenerativas como el Alzheimer, además de la depresión o trastornos de ansiedad.

El riesgo cardiovascular también puede aumentar y estos horarios forzados pueden favorecer la resistencia a la insulina y al aumento de peso, con las numerosas implicaciones que estos factores suponen para la salud. Por si esto fuera poco, estudios recientes fijan que más del 48 por ciento de la población adulta en España no tiene un sueño de calidad, y cerca de un 20 por ciento padece insomnio crónico, por lo que incitar o imponer rutinas de sueño restrictivas o inadecuadas puede «agravar aún más este problema de salud pública».

«La productividad no depende de la hora a la que nos levantamos, sino de la calidad del descanso y de su adecuación a nuestra biología. La tendencia de madrugar de forma extrema puede ser válida para algunos perfiles, pero generalizarla como modelo universal no solo es erróneo, sino potencialmente perjudicial», sentencia la neuróloga.