Me da mucha envidia la gente que, como Laura Sánchez, ha cumplido el sueño que Voltaire deseaba para su madurez: cultivar su propio jardín. En el caso de la modelo y actriz, la huerta que ha heredado de su padre en la sierra de … Huelva, un lugar lleno de recuerdos donde honrar la figura del hombre al que más ha querido: «Hay de todo, tomates, cebollas, pimientos, patatas… La primera vez que mi madre y yo recogimos la cosecha, nos dimos cuenta que se nos daba bien, así que seguimos plantando. Hemos hecho cambios, como poner riego automático. La gente del pueblo dice que está mejor ahora, según mi madre ‘porque no somos entendidas, pero somos listas’. Es un lugar muy especial para mí porque me ha ayudado a guardar el luto mientras le hablo, uso sus herramientas y trabajo su tierra».
Su padre, fallecido hace tres años, la convenció para dejar los estudios, la llevaba a Sevilla para acudir al curso de modelo, firmó el consentimiento para aprobar la primera foto en la que se le veía un pecho («Enseñas una teta, ¿Y? Es preciosa. ¡No la vas a enseñar a los 80!», le dijo) y autorizó su emancipación legal a los 17: «Apostó por mí. Él, un emigrante en Alemania que regresó para poner una tienda en Huelva, confió en que yo tenía futuro en ese mundo. Mi madre ejercía de contrapeso. Le daba pánico que me secuestraran y me obligaba a llamar a casa todos los días. Es curioso, porque esa norma se la he inculcado a mi hija, Naia. Al final, todas las madres compartimos los mismos miedos».
Para Laura, la gran experiencia de este verano ha sido el desfile de Eduardo Navarrete en la Torrevieja Weekend 5: «La energía de esa pasarela en el paseo marítimo no la sientes ni en París ni en Milán. Aquí la gente es cercana, está volcadísima con el evento y te gritan guapa desde que pisas la alfombra. Además, cuando Eduardo me llamó, con esa colección tan preciosa, yo tenía muy claro el ‘look’ que quería para cerrar el desfile. Y, para rematar, ese maravilloso regalo que me hizo Asier Etxeandía al cantarme ‘Lilith’. Me encantó. Pero es que yo, por Eduardo, haría cualquier cosa porque sé que él haría lo mismo por mí».
Se confiesa positiva «porque siempre quiero estar siempre del lado lleno de la botella. También me adapto a todo, a las personas, a las circunstancias. Mi filosofía de vida se resume en una frase: ‘con los ingredientes que te da la vida debes hacer el mejor guiso’. La base está en mi genética, pero todo se ha desarrollado con mi carrera». También es soñadora, «pero práctica y factible. Proyecto y lo cumplo. En nada empiezo un nuevo proyecto empresarial que se me ocurrió así, al levantarme. Pero soy muy alemana, muy racional, no tomo decisiones por impulso, antes analizo los pros y los contras». De ese mismo rincón debe nacer su rechazo a «la mala educación, la falta de respeto o que me hagan perder el tiempo, que es algo muy importante para mí. Todas esas cosas me sacan de quicio».
«Fui madre a los 25 y tuve que aprender a gestionar el sentimiento de amar incondicionalmente a alguien para toda la vida»
En el amor, Laura se declara romántica, «pero no en plan San Valentín. Me gustan los detalles. Por ejemplo, Manuel y yo, que hemos cumplido dos años juntos, nos dejamos mensajes escritos antes de cada viaje: sobre la almohada, en el neceser… Es un gesto que revela que han invertido tiempo en prepararle un mensaje que además puede tocar». Laura, que transmite una serenidad que va más allá de su relación, habita en ella, no esconde que el amor suma: «Me da paz dormir en el pecho de mi Manuel».
En cuanto a su hija, Naia, la modelo no puede evitar sentir orgullo tras todo lo que ha supuesto la maternidad: «fui madre a los 25 y tuve que aprender a gestionar el sentimiento de amar incondicionalmente a alguien para toda la vida. Ahora la miro y veo a un mujer de 20 años, deportista, segura, que no da problemas, que estudia y es una cachonda mental. Somos compañeras de vida y de fatigas. Ella es libre para compartir conmigo las intimidades que quiera y yo puedo decirle las cosas que no me gustan, pero como una opinión, no como una imposición». Laura tiene muy claro que es su madre, no su amiga, un matiz muy importante.

Laura Sánchez en su niñez.
(Cedida)
MUY PERSONAL
El emoji que más usa: El corazón azul, el color que representa la diabetes (enfermedad que ella padece) y transmite ternura. El emoticono de la flamenca también me gusta.
Se haría un selfi con: Clint Eastwood.
Un lugar para perderse: En mi huerta.
Un propósito que nunca cumple: Dejar de fumar, me queda la manía de poner todas las alarmas para despertarme, que soy incapaz de hacerlo a la primera.
Algo que no puede faltar en su día a día: Llamar a los míos, que están dispersos por el mundo.
Tiene miedo a: Al dolor y a lo soledad.
Un momento ‘tierra, trágame’: Nunca he vuelto a preguntar a una mujer de cuánto está embarazada. Prefiero callarme y quedar mal por eso.
Su primer beso: A mí me gustó, fue muy tierno. Yo tendría unos 15 años.
Un sacrificio por la fama: Dejar el toples, aunque estoy por seguir a Lolita y volver a hacerlo. A mi edad ya no me importa.
Dentro de diez años se ve: Espero verme fuerte para seguir entrenando, con el mismo nivel laboral y la misma paz interior. Los 55 es una edad para estar estupenda. Y seguir viajando, porque mi hija y yo hemos prometido conocer las siete maravillas del mundo. Ya hemos estado en el Coliseo, nos quedan seis.
La pequeña Laura: Era cabezota, impaciente, con mal genio; vamos, todo lo que no soy ahora. También era muy simpática y un poco payasa, por eso era un loco líder, a las demás les gustaba porque era divertida. En el colegio era asquerosamente empollona, aunque es verdad que era de prestar atención en clase para dar el empujón final la víspera. Como iba para veterinaria, necesita buenas notas. El primer examen que suspendí fue en 3º de BUP, porque vivía en París, me tenían que mandar los apuntes por correo y tenia poco tiempo para estudiar. Me agobié mucho.
