Los fármacos adelgazantes han cambiado la forma en la que hablamos de la obesidad. Durante décadas, esta se presentó como un fracaso personal. Pero Ozempic, Wegovy, Mounjaro y similares ayudaron a millones de personas a perder peso y cambiaron el relato. Si la obesidad se podía corregir con un medicamento, era lógico pensar que se trataba de una enfermedad. Parece un cambio bonito, pero el envés de esta afirmación tiene sus sombras. Y supone un enorme negocio.

Un editorial publicado esta semana en la revista Science alerta de los riesgos que supone entrar en “la era Ozempic”, un momento cultural en el que esta familia de medicamentos condiciona la forma en la que entendemos la alimentación. Su preocupación no es que los medicamentos no funcionen. Lo hacen. “El problema es que pueden terminar convirtiéndose en un parche sanitario individual para una enfermedad compleja con una importante vertiente social”, explica en videollamada Luc Hagenaars, investigador de políticas sanitarias de la Universidad de Ámsterdam y coautor del escrito.

“La industria farmacéutica tiende a presentar la obesidad casi como una epidemia caída del cielo que requiere tratamiento médico”, denuncia Hagenaars. Pero hay culpables concretos y no se está haciendo nada para ponerles freno. Los ultraprocesados no son comida, son preparaciones industriales comestibles que estimulan el apetito de manera artificial. Son baratos, hiperpalatables y rápidos de preparar. Un producto comercialmente perfecto y sanitariamente desastroso. Una serie de revisiones científicas publicada en la revista The Lancet el año pasado señalaba cómo están colonizando las dietas tradicionales de todo el mundo y erosionando la salud pública. Los científicos pedían a los gobiernos que pasaran a la acción. “La alimentación y la salud se deben priorizar por encima del beneficio corporativo”, alertaban.

Pero estos productos siguen aumentando su presencia en los supermercados. De 2007 a 2022, las ventas anuales per cápita de ultraprocesados aumentaron en casi un 20% (de 104 kilos a 121,6) en los países de ingresos medios-altos. No se está haciendo lo suficiente para revertir esta tendencia. Pero si una persona engorda mucho (y puede permitírselo), podrá pincharse un fármaco adelgazante para volver a un peso saludable. Para este nuevo segmento poblacional, los grandes conglomerados están creando comidas funcionales, batidos sustitutivos de comida, nutritivamente equilibrados y muy prácticos, pues no se tienen que cocinar. Es una nueva oportunidad de negocio.

“El uso de estos fármacos puede ser beneficioso para ayudar a aquellos pacientes con más dificultades para perder peso”, opina Maira Bes Rastrollo, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra. “Pero es muy peligroso que en una sociedad hedonista como la actual se piense que uno se puede atiborrar de ultraprocesados sin consecuencia alguna para la salud, pensando que después ya tendrá disponible un fármaco que le solucionará el problema”. Es un modelo problemático, pero es el que parece estar consolidándose.

La era Ozempic ya está aquí. Y para entender sus consecuencias, lo mejor es atender a lo que está sucediendo en Estados Unidos. El porcentaje de estadounidenses con obesidad ha bajado del 39,9% al 37% en los dos últimos años, coincidiendo con la expansión de estos tratamientos. Parece una buena noticia, pero hay que ponerla en contexto. En España, donde su uso es mucho menor, la obesidad afecta a poco más del 15% de la población. La solución no pasa por la farmacia, sino por el supermercado.

Pero las políticas sanitarias y las decisiones médicas no parecen ir en esa dirección, lamenta Hagenaars. En su editorial (que también firma la experta en salud pública Laura A. Schmidt) critica ciertas tendencias médicas recientes. Por ejemplo, el concepto de “preobesidad clínica” que propuso hace un año un comité de expertos en la revista The Lancet. Hagenaars y Schmidt no creen que sea tanto un debate médico como una estrategia de mercado. “Es lo que se conoce como ampliación del diagnóstico”, denuncian. “Cuantas más personas entren dentro de las categorías médicas relacionadas con la obesidad, mayor será el mercado potencial para los nuevos tratamientos”. Hagenaars no solo es contrario a la idea de medicalizar el sobrepeso. También señala las condiciones en las que se llegó a esa conclusión. “La sección de conflictos de intereses en ese artículo ocupaba dos páginas completas en dos columnas con letra pequeña. Esto ilustra la magnitud de lo que estamos hablando”, opina.

Las empresas farmacéuticas subvencionan muchos de los trabajos de investigación de los científicos en este campo, algo que debe quedar reflejado en los papers. No significa que los estudios estén viciados, pero Hagenaars cree que los condiciona. “El ecosistema científico ha perdido capacidad para pensar críticamente”, opina el experto. “Se centra en un análisis a nivel celular y sanitario, en lugar de fijarse en ese panorama más amplio del estilo de vida, el poder y los intereses financieros”. También lo ha hecho la prensa, a la que acusa de haber sido demasiado elogiosa con estos medicamentos. Hagenaars recuerda casos como los que se han dado en su país, Holanda, donde la justicia ha multado a varios medios por promocionar Ozempic y similares con artículos excesivamente lisonjeros.

La tendencia es global, pero hay países que están mejor preparados para hacerle frente. España es uno de ellos, opina Cecilia Díaz Méndez, catedrática de Sociología en la Universidad de Oviedo y directora del Grupo de Investigación en Sociología de la Alimentación Socialimen. “Las culturas alimentarias son una vía de resistencia frente a estas tendencias homogeneizadoras del ámbito empresarial”, explica en conversación telefónica. Y en los países mediterráneos, esta cultura está más arraigada que en los anglosajones. Con el término cultura, la experta no se refiere a la dieta en sí, sino a las recetas familiares, que se transmiten como legado y herencia. A la idea de cocinar para otros y hacerlo en compañía. A la cultura de los mercados de abastos, donde preguntas al pescadero por el pescado más fresco o al carnicero por qué pieza va bien para un asado. Hay palabras, como gulusmear, tapear o sobremesa, que no tienen traducción a otros idiomas, porque nombran conceptos que les son ajenos. La dieta mediterránea también es eso.

Los agonistas del GLP1 eliminan todos estos aspectos sociales y lúdicos relacionados con la alimentación. Suprimen no solo el hambre, sino el placer asociado a la comida. Y esto puede ser una tabla de salvación para quien lleva años intentando adelgazar sin éxito; es una solución eficaz a nivel individual, pero los firmantes del editorial de Science se plantean qué efectos sociales puede tener si se extiende como único método para acabar con la pandemia de obesidad.

“Hay que preguntarse si queremos un futuro en el que la alimentación se resuelva con pastillas”, reflexiona Díaz Méndez. Porque es un futuro cada vez más posible. Productos hiperpalatables que nos enferman, fármacos adelgazantes que nos quitan el placer de comer, batidos sustitutivos de una cena; más que un alimento, un simple combustible. Es el escenario más extremo, pero cada día estamos más cerca de convertirlo en realidad. El año pasado, Juan Roig, presidente ejecutivo y accionista mayoritario de Mercadona, aseguró que para la mitad del siglo XXI no habrá cocinas. No se trataba tanto de una predicción objetiva como del deseo de un actor interesado. Y dibujaba un futuro posible, en el que cocinar deja de ser una actividad cotidiana y compartida para convertirse en una molestia prescindible. En el que el problema de la alimentación ya no se resuelve en la cocina y el mercado, sino en las grandes superficies y en la farmacia. Él no le puso nombre, pero los autores del editorial de Science sí: es la era Ozempic.