La enfermedad celíaca (EC) es una afección inmunomediada causada por el gluten de la dieta, que provoca inflamación y daño en la mucosa del intestino delgado, junto con otra  variedad de síntomas. En la actualidad, el único tratamiento es una dieta sin gluten (DSG) de por vida y, aunque la …

La enfermedad celíaca (EC) es una afección inmunomediada causada por el gluten de la dieta, que provoca inflamación y daño en la mucosa del intestino delgado, junto con otra  variedad de síntomas. En la actualidad, el único tratamiento es una dieta sin gluten (DSG) de por vida y, aunque la mayoría de los pacientes mejoran, la restricción puede provocar deficiencias nutricionales, incluida la fibra. Se sabe que la microbiota duodenal se altera en la EC, pero se desconoce si el metabolismo de la fibra microbiana se ve afectado y de qué manera. Igualmente, hay evidencia de que eliminar el gluten por sí solo no restaura completamente la capacidad funcional de la microbiota intestinal. 

Precisamente, en ello se ha centrado un estudio realizado por investigadores de la Universidad McMaster (Canadá) que demuestra que los beneficios de la fibra pueden acabar dependiendo de la presencia de las bacterias adecuadas en el intestino para su correcta digestión. 

Los autores del trabajo, publicado en ‘Nature Communications’ pudieron constatar que la capacidad significativamente reducida para metabolizar la fibra dietética en el intestino delgado de los afectados por EC se debe, por lo general, a la ausencia de una familia bacteriana clave para la degradación de la fibra, denominada Prevotellaceae, organismos que contribuyen a la recuperación intestinal y a la regulación de la inflamación.  

El hallazgo se observó tanto en personas recién diagnosticadas como en aquellas que han estado controlando la enfermedad celíaca durante años con una dieta sin gluten, y sugiere que la falta de bacterias del intestino delgado, como  las Prevotellaceae , se debe a alteraciones persistentes del microbioma vinculadas a la propia enfermedad, y no solo a la dieta. «Al principio, pensábamos que el problema radicaba en que la gente no consumía suficiente fibra. Luego descubrimos que quizás no tenían las bacterias adecuadas para aprovechar la fibra que ya ingerían. Añadir más fibra no será la solución a menos que se corrijan los problemas subyacentes relacionados con su utilización», explicó Mark Wulczynski, primer autor del estudio e investigador postdoctoral en la Universidad McMaster.

Los resultados del estudio apuntan, además, una actividad reducida en el procesamiento de la fibra en la parte superior del intestino, la zona afectada en la enfermedad celíaca, «lo cual resulta sorprendente, ya que tradicionalmente esta parte del intestino no se ha considerado un lugar importante para el metabolismo de la fibra», afirmó la autora principal,  Elena Verdu , profesora del Departamento de Medicina de McMaster y directora del Instituto de Investigación en Salud para Enfermedades Digestivas de la Familia Farncombe.

Tipos de fibra beneficiosos

A partir de modelos preclínicos, los investigadores identificaron qué tipos de fibra son realmente beneficiosos para la salud intestinal. Descubrieron que la inulina, una fibra presente en alimentos cotidianos como los plátanos, la raíz de achicoria, el ajo y las cebollas, aceleraba la curación de las lesiones intestinales inducidas por el gluten al alimentar la microbiota del intestino delgado.

Sin embargo, otra fuente de fibra, Hylon VII, un tipo de almidón resistente derivado del maíz que se usa comúnmente en la industria alimentaria, no afectó al microbioma ni promovió la curación de la misma manera que la inulina. De ahí su conclusión de que el tipo de fibra, y no solo la cantidad, puede ser importante para las personas con enfermedad celíaca.

Para su investigación, los científicos recolectaron líquido del intestino delgado de tres grupos: personas recién diagnosticadas con enfermedad celíaca, personas que habían seguido una dieta sin gluten durante más de dos años y controles sanos. Analizaron el microbioma de estas muestras para determinar qué bacterias estaban presentes y si portaban los genes necesarios para descomponer diferentes tipos de fibra. También compararon estos hallazgos con la ingesta estimada de fibra dietética de los participantes y con mediciones de ADN vegetal en las heces, lo que proporcionó un marcador objetivo de las fuentes de fibra en la dieta. 

Los resultados mostraron que la mayoría de las personas, incluyendo tanto a los controles sanos como a los pacientes celíacos, consumieron menos fibra de la recomendada (entre 25 y 38 g de fibra al día para mujeres y hombres sanos). Mientras, en los pacientes celíacos, tanto los recién diagnosticados como los tratados con una dieta sin gluten, se observó una combinación distintiva de baja ingesta de fibra y deficiencia de bacterias que descomponen la fibra en el intestino delgado.

Esto sugiere, según los autores del trabajo, que para favorecer la salud intestinal en la enfermedad celíaca se requiere tanto una fibra como las bacterias adecuadas en el intestino delgado, lo que se conoce como un ‘enfoque simbiótico’. 

«Nuestro estudio revela que los pacientes con EC activa y tratada muestran un metabolismo de la fibra microbiana alterado en el intestino delgado, independientemente de las diferencias en la ingesta de fibra y respalda la intervención con fibras dietéticas, como la inulina junto con la dieta sin gluten, para mejorar la cicatrización de la mucosa, siempre que los pacientes mantengan la función microbiana necesaria», concluyeron estos investigadores.